LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LA VIDA DEL CREYENTE
En la vida de un creyente, la acción del Espíritu Santo es indispensable. No tendría sentido que una persona se considere cristiana y no experimente la plenitud del Espíritu Santo, pues por sus propias fuerzas no podrá alcanzar la gloria eterna. Se puede ser una persona de buenas costumbres, que no miente, no roba y ama al prójimo, pero la intervención del Espíritu Santo es crucial para la regeneración de nuestras vidas.
¿Por qué es indispensable el Espíritu Santo en la vida del cristiano?
Es fundamental recordar que la salvación no se obtiene por obras, sino por gracia. Los cristianos no se portan bien para ser salvos; más bien, son salvos y, como resultado de esa salvación, se conducen correctamente. El fruto de una vida transformada es consecuencia de la gracia recibida, no la causa de la salvación.
Aunque el ser humano puede esforzarse por alcanzar la vida eterna, la Biblia es clara al afirmar que "nadie puede añadir un codo a su estatura". Así como el crecimiento físico está determinado por el metabolismo y la genética, el crecimiento espiritual requiere una intervención divina. Dios nos ha llamado a su gloria eterna en Jesucristo.
De la temporalidad del pecado a la eternidad en Dios
Dios no habita en el tiempo; de hecho, la eternidad reside en Él. Mientras que debajo del cielo existe el tiempo, por encima del cielo se encuentra la eternidad. Dios, que es eterno, creó al ser humano como un alma viviente, reflejando su propia eternidad. Sin embargo, a causa del pecado, el hombre entró en el tiempo, porque el pecado trajo consigo la muerte, que es la cesación de vida.
La muerte entró en la humanidad por causa de Adán, y la paga del pecado es la muerte. No obstante, la dádiva de Dios, su regalo, es vida eterna en Cristo Jesús. Cuando el hombre pecó, se introdujo en la dimensión temporal, dando origen a los cronómetros, segundos, minutos, semanas, meses, años, décadas y siglos. A pesar de esto, Dios sigue siendo el Eterno, "el que habita en las alturas y en la eternidad", como lo describe Isaías.
Por consiguiente, Dios desea que el hombre regrese a ese estado eterno original. Pero, ¿cómo puede lograrse esto si el cuerpo humano es limitado? Todos nacemos de mujer; este cuerpo es una imagen visible y finita. Por mucho que se intente prolongar o modificar, este cuerpo, un día, volverá a la sepultura. Se nace sano y se muere con dolencias; es una ley natural. Cada día se aprende un dolor nuevo, y las medicinas se vuelven parte de la vida.
"La Biblia dice que no obstante el hombre interior se renueva."
¿Cómo se renueva el hombre interior? Dios concede al cristiano un sentido espiritual de las cosas. Con los cinco sentidos naturales —vista, tacto, oído, gusto y olfato— se percibe el mundo físico. Sin embargo, el cristiano recibe de Dios un sentido más profundo: el sentido espiritual de las cosas, porque "nadie conoce a Dios sino el Espíritu de Dios que habita dentro del hombre".
La ruptura del pecado y la restauración en Cristo
Dios anhela que volvamos a ese estado original eterno, a ese estado de alma viviente que poseía Adán. Pero el pecado provocó una ruptura, nos separó de Dios y nos alejó de su gloria. La Biblia afirma que "todos pecaron y fueron destituidos de la gloria de Dios", es decir, todos recibimos una "tarjeta roja" a causa del pecado.
Nadie podía presentarse ante Dios a causa del pecado de Adán, ni siquiera la ley. A pesar de la erudición de los judíos, la ley no salva. Los 613 mandamientos de la ley mosaica no podían ser cumplidos en su totalidad, y de hecho, la ley sin cumplimiento es muerte. Hebreos 12 enseña que quien violaba el pacto de Moisés moría irreversiblemente, sin posibilidad de retorno. Ni siquiera una bestia podía acercarse al Sinaí sin morir. ¡Cuánto más grave es pisotear la sangre de Jesús!
Ante la incapacidad de la ley para salvar y el rechazo a los profetas, Dios mismo se hizo presente. Se vistió de hombre, se hizo cuerpo y en Él habitó la gloria eterna. Colosenses declara que "en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de Dios", y Corintios añade que "Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo".
La acción de Jesús en la cruz del Calvario, al morir por nuestros pecados, nos libera de la culpabilidad de Adán. Ningún ser humano será acusado por el pecado de Adán, porque Cristo nos hizo libres. Nadie va al infierno por el pecado de Adán; las excusas de echar la culpa a otros se desvanecen. Sin embargo, sí necesitamos ser perfeccionados, porque aunque no se nos culpe por el pecado de Adán, sí somos responsables por nuestros propios pecados.
Jesús instruyó a sus seguidores: "Si ustedes me van a seguir, sean obedientes, bautícense en mi nombre y el pecado que cometan antes o después, ustedes están libres del pecado. Sean fieles, honren y guárdense, porque el que persevera hasta el fin, este será salvo".
El proceso de Dios para el creyente: Perfeccionamiento a través del sufrimiento
La palabra "llamar" se traduce del hebreo "cará" o "cara", y la gloria es "cabot" en lo eterno. Cuando el Señor nos llama, es como cuando Dios llamó y escogió a Abraham. Dios nos escoge en su gloria para darnos eternidad.
Sin embargo, la Biblia también dice: "después que hayáis padecido un poco de tiempo". Este pasaje a menudo causa dolor de cabeza a los cristianos: ¿cómo es que Dios permite el sufrimiento? Es común preguntar: "Pastor, ¿y si Dios es bueno, por qué sufrimos? ¿Por qué mueren tantos niños? ¿Por qué pasa aquello y pasa lo otro?". El hombre tiende a culpar a Dios por lo malo.
"El problema es que la ausencia de Dios es presencia de mal."
Los cristianos tenemos un trato especial, pues el Señor permite que el sufrimiento sea para la gloria de su nombre. Todos los cristianos, lamentable o afortunadamente, sufriremos. Jesús dijo: "En el mundo tendréis aflicciones, pero confiad, yo he vencido al mundo". La perspectiva con la que se mira el sufrimiento es clave, porque se es perfeccionado a través del dolor y las lágrimas. Muchas de las cosas que Dios quiere lograr en una persona se dan a través del sufrimiento.
A menudo, queremos que Dios haga algo *para* nosotros, pero antes de eso, Él hará algo *en* nosotros. Lo que Dios hace para nosotros es temporal, pero lo que hace en nosotros es eterno. ¿Qué se prefiere, cosas temporales o cosas eternas? Los ojos ven cosas temporales, pero lo que Dios da es eterno.
Dios desea perfeccionar nuestras vidas, ya que lamentablemente estamos inmersos en el pecado. No basta con bautizarse, hablar en lenguas en cada culto, o leer la Biblia de principio a fin, memorizando versículos. Se necesita ser perfeccionado cada día, aprendiendo más del Señor.
El Señor le dijo a Pedro que Satanás había pedido permiso para zarandearlo. A veces, uno evitaría decir algo para no preocupar a alguien, pero Jesús se lo dijo a Pedro. La respuesta de Pedro fue implícitamente: "¿Señor, me imagino que dijiste que no, verdad?". Pero Jesús le respondió: "Viejo Pedro, yo le dije que sí, que tiene permiso de zarandearte". Y añadió: "Tranquilo, que ya yo te vi en el futuro y tú venciste".
¿Por qué Dios permite esto? Una analogía impactante es la de una pelota. Si eres una bola de bolos, no rebotas, te quedas abajo. Si eres una pelota de ping-pong, puedes rebotar, pero si te golpean fuerte, te quiebras. Sin embargo, si eres una pelota de tenis, ¿qué pasaría? La pelota de tenis está hecha para rebotar, para soportar raquetazos. Dependiendo de la contextura, se rebotará, y cuanto más abajo se lanza, más alto se sube. Si se es una pelota de cristal, uno se quiebra en pedacitos.
Dios quiere perfeccionar nuestras vidas. Hay cristianos tan débiles y descuidados que Dios necesita enviar un millón de ángeles para cuidarlos, porque son muy frágiles. Pero hay otros a quienes el Señor dice: "Ese, con uno o dos ángeles, soporta".
La Biblia dice que somos afligidos y que esa aflicción produce perfeccionamiento. ¿Se hablaría de José si se hubiera resentido con sus hermanos? Sus propios hermanos lo vendieron, y en el pozo, José clamó a Dios. En casa de Potifar, su esposa lo acusó falsamente de violador, y en la cárcel, José clamó a Dios. Si José hubiera sido de "generación de cristal", se habría quebrado, quejándose y culpando a los demás. Pero él sabía que estaba en un proceso, porque el lugar al que Dios lo llevaría era muy alto, y para llegar allí, necesitaba ser perfeccionado. Gloria al Señor.
La primera acción divina: Él mismo nos perfeccionará
La Biblia, en 1 Pedro 5:10, dice: "Después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo [...] nos perfeccionará". Es maravilloso que Dios mismo sea quien perfeccione, que Él ponga su firma en cada vida. Pedro habla mucho del perfeccionamiento porque era un hombre de carácter impulsivo.
Pedro era un pescador al que el Señor llamó y que, dejando todo, le siguió al instante. Su carácter se manifestaba en situaciones como cuando Jesús caminó sobre las aguas y, ante el temor de los discípulos, Pedro dijo: "Cálmense, soy yo, Jesús". Luego le pidió a Jesús que le mandara caminar sobre las aguas, y lo hizo. Caminó sobre las aguas, pero al dudar, comenzó a hundirse, y Jesús le reprendió: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?".
En otra ocasión, cuando Jesús preguntó quién decía la gente que era Él, Pedro confesó: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente". Esta era una confesión poderosa, el reconocimiento de que Dios se manifestaría en carne, cumpliendo la profecía de Isaías 9:6-7. Jesús lo felicitó, diciendo: "No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos".
Sin embargo, poco después, cuando Jesús habló de su muerte, Pedro le dijo: "Señor, esto no te acontezca. Yo estoy aquí para protegerte". Jesús, que un día lo llamó bienaventurado, al otro lo llamó "Satanás", diciéndole: "Apártate de mí, Satanás, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres". Y le advirtió que lo negaría tres veces.
Pedro negó a Jesús. Cuando el gallo cantó, Pedro recordó las palabras de Jesús. La Biblia en Malaquías 3:3 dice: "Dios mismo se sentará para afinar y limpiar la plata". La plata se afina en el horno hasta que el platero ve su propio rostro reflejado. ¿Cuántos desean que Dios vea su rostro en ellos? Él se sentará a afinar a los hijos de Leví, a los sacerdotes, a los servidores, para que traigan ofrenda en justicia. Isaías 66:10 lo confirma: "Porque tú nos probaste, oh Dios".
Filipenses 1:6 asegura: "Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo". Todos queremos llegar al cielo, y para ello, queremos que Dios nos perfeccione. La perfección es un sello de calidad de Dios en nuestras vidas. Esto implica santidad y morir a las cosas que Dios aborrece. 1 Tesalonicenses 5:23 dice: "Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo".
La vida cristiana no se limita a cantar coros, asistir a la iglesia o vestirse de cierta manera. Implica una entrega completa a nuestro Señor Jesús. El corazón no puede estar dividido; no se puede dar la mitad al Señor y la otra mitad reservarla para sí mismo, porque Él nos ha llamado y escogido.
Hebreos 2:10 dice: "Porque convenía a aquel por cuya causa existen todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por medio de aflicciones al autor de la salvación de ellos". Los primeros cristianos soportaron leones y burlas públicas en el Coliseo. Se les ofrecía el perdón si negaban a Jesús.
Una historia famosa relata cómo 40 cristianos fueron expuestos al hielo, con ropas íntimas, casi desnudos. El emperador les prometió calor y casa si negaban a Jesús. Uno de ellos renunció. Quedaron 39. Pero un soldado, al ver la fe de los 39, se desvistió y se unió a ellos, diciendo: "Si esos 39 soportan por un Dios que no han visto, yo también soy capaz de creer". Es crucial saber el precio de servir a Dios. No es fácil, pero la aflicción que causa seguir a Cristo se convierte en gloria.
La segunda acción divina: Él mismo nos afirmará
La segunda palabra que encontramos es "afirmar". ¿Qué significa afirmar? Significa contextualizar en firmeza, en fortaleza. Afirmar quiere decir que Él nos haga fuertes, nos sostenga, nos cimente. Santiago 5:8 dice: "Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca".
¿Qué le ocurrió al hombre que construyó su casa sobre la arena? El que construyó sobre la roca también pensó en la tormenta. "Viene una tormenta, voy a poner mi casa sobre la roca". Recientemente, con el huracán Milton en Estados Unidos, se vieron imágenes terribles de cómo levantaba las olas y derrumbaba edificios. Fue uno de los episodios naturales más fatídicos de los últimos tiempos.
Sin embargo, en la orilla del mar, unos manglares, que parecían muy débiles, resistieron. Los edificios no aguantaron, pero los manglares, aunque las aguas los cubrían, se mantuvieron firmes. ¿Por qué? Porque su raíz no está en la arena de la playa, que se la llevaría. Busca lo más profundo y se amarra a una roca. Es vital tener firmeza. Si se ha decidido ser cristiano, hay que ser un cristiano firme, no una gelatina, no un "merengue". Hay cristianos "merengue", que se mueven con cualquier cosa. Hay que ser un cristiano firme, que nada ni nadie lo mueva.
El enemigo puede venir por agua, por tierra, en helicóptero, como sea, pero "del nombre de Jehová nosotros haremos memoria". Si llega una prueba, se puede levantar la cabeza y decir: "En Jehová se gloriará mi alma; lo oirán los mansos, y se alegrarán". Hebreos 6:18 dice: "para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza propuesta, la cual tenemos como ancla del alma, segura y firme, y que penetra hasta dentro del velo".
Que el llamado en la vida cristiana sea un llamado verdadero. Que el Señor diga: "Ese es mi hijo". Como le dijo Dios a Satanás sobre Job: "Mira a mi siervo Job". Que Dios hable bien de nosotros. A Job le quitaron todo: sus hijos murieron, perdió camellos, bueyes, posesiones. Incluso su mujer era "tremenda". Y Job, a pesar de todo, seguía cantando, levantando las manos. "Yo sé que mi Redentor vive", decía. "Esto lo voy a pasar. Veré tu rostro en justicia cuando despierte a tu semejanza".
La tercera acción divina: Él mismo nos fortalecerá
Fortalecer, robustecer, es llenarse de fuerzas. Isaías 41:10 dice: "No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia". Dios fortalece nuestras vidas, nos llena de su gracia y de su poder. La Biblia dice que nos fortalece "con todo poder".
A veces, uno se levanta sin ganas de seguir adelante, sin ganas de vivir. Pero se arrodilla y no dice nada, solo se arrodilla. A veces, Dios no quiere que se hable tanto, sino que se escuche. Al arrodillarse a escuchar a Dios, sin nada que decir, llega un versículo o una canción que es como "espinaca para el alma". Como Popeye, que sin espinacas le robaban a Olivia, pero con un poco de espinacas, se fortalecía. Así es la oración, así es la palabra, así es congregarse; la palabra llega como un bálsamo refrigerante a nuestras vidas.
Colosenses 1:11 dice: "Fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad". Efesios 6:10 nos insta: "Fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza".
En la película "El Rey León", en la versión más reciente, hay una escena maravillosa. Simba está rodeado de hienas, y su aullido es como el maullido de un gatito. Las hienas se burlan. Simba cree que su aullido es un rugido, pero es un "miau, miau". Las hienas se acercan burlándose, pero detrás de Simba aparece su padre. Simba no lo ve y sigue "maullando", pero esta vez las hienas comienzan a huir temerosas. Simba sigue creyendo que su aullido las ahuyentó, sin darse cuenta de que detrás de él, el rugido de su padre es lo que atemoriza a los enemigos.
Los enemigos pueden ver a un creyente débil, pueden burlarse, pero hay Uno que guarda la retaguardia, hay Uno que está detrás, y su rugido es poderoso, haciendo huir a los enemigos. No se está solo. Los leoncillos tienen hambre, pero "los que buscan a Jehová nuestro Dios no tendrán falta de ningún bien".
La cuarta acción divina: Él mismo nos establecerá
La última palabra es "establecer". ¿Dónde se quiere que Dios establezca a uno? Hay personas inestables en todo: en el trabajo, en relaciones sentimentales, en negocios. Si se siembra, se espera recoger. Pero hay quienes, antes de que llegue la cosecha, ya están en otro lugar. Para tener garantía, es necesario establecerse. Que Dios mismo nos afirme, nos fortalezca, nos perfeccione y nos establezca. Esto es glorioso: que el Señor nos ponga donde Él quiere ponernos.
Abraham se dirigió a la montaña, mientras Lot escogió el valle de Sodoma, que la Biblia describe como verde, fértil y apacible a los ojos. Desde el aire, el valle de Sodoma hoy parece un desierto con caudales de agua secos, descendiendo al Mar Muerto. A causa del pecado de los hombres, cayó fuego del cielo, y ese lugar apacible se volvió desértico y amarillo.
Abraham, que fue a la montaña donde nadie lo visitaba, fue visitado por Dios mismo. ¿Quién es Abraham hoy? El padre de las naciones. Si Dios te pone en una montaña, solo, allí te bendecirá. Si Dios no te puso en la llanura, no te bendecirá allí. Se debe pedir: "Señor, establéceme. Ponme en el lugar donde tú quieres ponerme. Afirma mis pies sobre roca".
El Salmo 40 dice: "Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos". ¿Cuántos quieren que Dios ponga sus pies sobre una roca, no sobre arenas movedizas? Que el Señor fortalezca y establezca.
Conclusión: Raíces profundas para la gloria eterna
Cuando todo este proceso haya ocurrido en la vida del creyente, "a Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos".
¿Qué se quiere ser, una maceta o una planta en tierra? Las raíces de una planta en maceta están determinadas por el tamaño de la maceta. Pero si esa planta se siembra directamente en la tierra, no hay límites para su crecimiento. La invitación es a echar raíces profundas, a clamar: "Señor, yo quiero echar raíces, oh Dios".