NO LE ROBES LA GLORIA A DIOS: HUMILDAD Y GRATITUD EN EL SERVICIO

Consultando visualizaciones…


Necesitamos creer en Dios con una profundidad real. A veces, en la iglesia, escuchamos verdades que no tomamos con la seriedad que merecen; las oímos, pero no calan en lo profundo del corazón. Recientemente se ha hablado de una «nueva etapa», y algunos podrían pensar que eso significa que ya no hay más camino por recorrer, pero eso no es cierto. En nuestro lenguaje popular, a veces inventamos títulos para ministros que no tienen una congregación a su cargo, pero debemos entender algo fundamental: el ministerio nunca se va. Lo que puede cambiar es la capacidad de administración o el tipo de gestión que uno realiza, pero el llamado es una esencia que permanece.

Cuando yo tenía unos quince años, Dios me llamó específicamente a España. Mi llamado no fue para ser misionero en «cualquier parte». Por eso, cuando me invitaron a ir a Argentina, no acepté; cuando me invitaron a Estados Unidos, tampoco acepté. Mi horizonte era España porque ese era el lugar que Dios me había señalado. Y tengo claro que, si Dios no me indica otra dirección, de allí no me muevo. Sin embargo, ¿quién iba a enviar de misionero a un muchacho de quince años? Yo no llenaba ni los requisitos del reglamento, era apenas un joven. Pero yo tomé ese llamado en serio.

Caminando sobre el piso que Dios pone

En mi formación, recibí una enseñanza del hermano Zúñiga que marcó mi vida: si Dios te llama, aunque sea lavando pisos, vas porque vas a donde tengas que llegar. Esa convicción gobernaba mi corazón. Al terminar mi bachillerato, tenía un amigo en París y ya habíamos organizado todo para ir allá, pero la puerta se cerró debido a una información que recibí en el último momento. Me quedé con el tiquete comprado.

Luego surgió la oportunidad de ir a Salamanca, España. Un amigo que estudiaba allí me ofreció su apartamento, me explicó que la universidad era gratuita y que no había examen de admisión; solo debía conseguir para la comida. Parecía la oportunidad perfecta, pero por una situación ajena, falleció el padre de este amigo y el plan se deshizo. Nuevamente, me quedé con el tiquete en la mano. Nunca he sido alguien dado a las aventuras; yo camino sobre el piso si Dios me pone allí, si no, me quedo quieto.

Estando en Armenia, el hermano Peña me propuso ir a Ecuador para pastorear en Guayaquil, dirigir la juventud y estudiar en la universidad. Era una propuesta atractiva: la iglesia más grande de la zona y todas las facilidades académicas. La propuesta me pareció buena y cambié mi tiquete otra vez para ir a Guayaquil.

La encerrona de Dios: el camino a Canadá

Mientras se concretaba el viaje a Guayaquil, el hermano Jorge Blanco salió de vacaciones y el hermano Alarcón me pidió que atendiera la congregación de El Bosque temporalmente. Al regreso del hermano Blanco, el hermano Alarcón me llamó para hacerme una pregunta extraña: «¿Usted conoce a alguien en el Canadá?». Le respondí que no. «¿Le escribió a alguien?». Mi respuesta fue la misma. Entonces me mostró una carta donde decían que, si yo quería ir a estudiar allá, debía ir por fe.

En ese instante, Dios me habló al corazón y me confirmó que era allá donde quería que fuera. Tuve que cambiar el tiquete otra vez, perdiendo el 25% de su valor, pero sabía que era un paso de fe. Partí con apenas treinta dólares que me regaló un hermano. Al llegar, el rector del instituto me sentó en su oficina y fue muy claro: «Álvaro, aquí tenemos mucha gente necesitada y no podemos regalarte nada porque sería discriminación. Tienes que pagar mensualidad, comida, libros y matrícula. Pero tienes un problema: tu visa es de estudiante y no puedes trabajar».

Me encontré en lo que yo llamo una «encerrona» de Dios. A veces uno tiene cosas en el corazón y en la mente que nadie conoce, ni siquiera uno mismo, y Dios necesita prepararnos. Yo sabía que Dios me había enviado al Canadá, pero estaba en una situación donde la única opción era confiar totalmente en Su provisión. No había otra salida.

El trato con el orgullo y la autosuficiencia

Mi primera experiencia en aquel lugar fue confrontadora. Me llevaron al culto y me sentaron en la primera fila. Hasta ese momento de mi vida, yo nunca había recibido una ofrenda de nadie. En mi tiempo en El Bosque, nunca recibí apoyo económico personal; lo único que se compró fue un reloj para el culto. Al contrario, yo era quien repartía leche y realizaba diversas labores para ayudar a los compañeros que me acompañaban a evangelizar. Sin darme cuenta, eso había alimentado una especie de orgullo: el orgullo de ser siempre el que da y nunca el que necesita recibir.

Aprendiendo la dependencia en tierra extraña

En medio de aquella experiencia en el extranjero, un hermano anunció algo que me tomó por sorpresa: «Aquí tenemos un colombiano. Él cree que con esa ropa puede vivir aquí, pero hace mucho frío; esa chaquetica nueva es para Barranquilla. Vamos a recogerle una ofrenda para que se compre algo». En ese momento, yo me quería desaparecer. Jamás me habían recogido una ofrenda de esa manera, en público y de frente.

Pensaba en lo que Pablo dice de recoger la ofrenda antes, y aquello me parecía antibíblico, pero tenía que aprender. Para que creyeran que yo no había entendido, saqué mi billetera y puse una ofrenda en mi propia ofrenda. Yo había entendido todo: lo hice por vergüenza, para disimular. Así empezó Dios a enseñarme a depender de él, a entender que él provee. Dios nos lleva por la curva que sea.

La revelación del tiempo para España

A los dos años, el hermano Dross me dijo que un hermano tenía una reunión con él y había pedido que me llevara también. Fui sin saber de qué se trataba. Al llegar, aquel hermano le pidió a Dross que lo esperara en la casa mientras me llevaba a conocer a su mamá, una señora de noventa y tantos años. De regreso, dentro del carro, me preguntó: «El hermano Dross va para España este año, ¿qué piensa usted de España?».

Hasta ese momento, yo no le había contado a nadie mi experiencia, porque me daba pena; era joven, tímido y no me atrevía a decir esas cosas. Pero cuando él me hizo esa pregunta, entendí que era la hora de contar la verdad. Le compartí mi experiencia y el llamado que sentía. Su respuesta fue contundente: «Entonces el año entrante se va usted para España».

Dios te lleva donde Él quiere, como Él quiere. Deja que Dios haga su trabajo y no te metas en eso, porque Dios es soberano y hace sus cosas de forma rara a veces, pero las hace.

Me alegra participar en lo que Dios hace. Recuerdo el día en que impuse las manos a un hermano cuando salió a la obra y Dios me habló. Creo lo que Dios me dijo y no tengo temores de ninguna clase. Esto no es una religión; es un camino, una dimensión de vida en la que suceden cosas que no pensamos. Es Dios quien las hace.

El ministerio como esencia de vida

A veces bromeo con los hermanos diciendo que ya estoy retirado y que deberían mandar a callar al viejito que habla mucho, pero lo cierto es que hace más de veinte años alguien me preguntó cuándo pensaba retirarme. Le respondí que nadie se había dado cuenta de que ya lo estaba, pues hace más de treinta años que no tengo una congregación bajo mi administración directa.

Tenemos una visión al revés de las cosas. El ministerio no es una determinada manera de hacer, es una manera de ser. Lo que sucede con los años es que aplicamos esa fórmula de dar un «uso de buen retiro» para que el ministro pueda sostenerse, pero él sigue entre nosotros. Si mañana ese hermano pide reintegrarse, lo reintegramos. Eso no tiene importancia jerárquica; lo que realmente necesitamos es vivir para Dios. Créanlo: Dios hace cosas extraordinarias.

La libertad frente a las estructuras y traslados

Recuerdo cuando me nombraron pastor de una iglesia específica. Se dio mi nueva dirección y mi teléfono, pero al llegar, el pastor anterior decía que lo enviaban a Las Nieves y que prefería que me mandaran a mí a otro distrito porque se necesitaba gente con experiencia. Hubo una confusión de traslados y me preguntaron cuál era el problema.

Yo respondí con sencillez: «Si el problema es que él no quiere irse, yo me voy a Las Nieves». Y así lo hice, aunque oficialmente me habían nombrado en otro lugar. Nunca he creído en esos cuentos de «me la hicieron» o «me mandaron por maldad». Yo creo que Dios me lleva.

Dios me lleva: la experiencia de Las Nieves

Si yo creyera que otro hombre puede dañar la vida que manejo con Dios, ¿cómo podría vivir como cristiano? Yo creo que Dios me lleva. Aquel día me paré en el púlpito de Las Nieves, miré y le pregunté: «Señor, ¿para qué me trajiste aquí?». Y me dijo: «Constrúyeme un templo». Aquella casa se estaba cayendo y casi nos cae encima. Se le dio un golpetazo a la pared de enfrente y cayó toda la fachada, enterita. Casi nos morimos.

Esto no es humano. No hablo simplemente de algo que he oído. Dios es quien tiene poder incluso sobre la muerte. Dejemos que él haga. Ojalá vivamos en esa dimensión, porque de otra manera estaremos echándole la culpa a todo el mundo. Mi vida está escondida con Cristo en Dios. Dios me lleva. Es posible que personas intervengan en las acciones: a José lo vendieron, lo echaron al pozo, lo calumniaron y lo pusieron en la cárcel, pero Jehová iba con José.

La naturaleza humana y el deseo de tener éxito

El hombre tiene unas características que no podemos ignorar. Todos tenemos una naturaleza humana. Estando en una asamblea, alguien me dijo: «Hermano, es que a usted no le gusta perder». Pregunté quién quería perder y nadie levantó la mano. Entonces, ¿de qué me estaban acusando? Yo tampoco quiero perder. Nadie quiere perder. Pero sí tenemos que ser conscientes de ello: todos queremos que las cosas sean como nosotros creemos que deben ser, y ese es un elemento peligroso.

Hablamos de dejar huella. «Yo quiero dejar huella». ¿A qué te refieres? Una vez me preguntaron cómo quería que me recordaran. Yo no quiero que me recuerden de una forma que no fui. Me recordarán como soy, aunque yo quisiera que fuera de otra manera. No van a recordar al hermano Álvaro que no fue; recordarán al que fue, me guste a mí o no.

Dejar huella y tener éxito no son palabras impropias, pero son peligrosas. Hay un elemento que debemos vigilar: el hombre quiere atribuirse los resultados.

El primer edificio de El Bosque

Podría decir que construí en El Bosque mi primera iglesia a los diecisiete años. Pero yo no hice ni una zanja allí; estaba como obrero. Recuerdo a quien había sido mi maestro de escuela dominical, el padre del hermano Blanco. Lo invité a tomar un vaso de leche cortada frente a la Colechera, que era lo que se brindaba en aquella época. Le mostré los planos y le pregunté cuánto valdría el edificio.

Me dijo: «Si los maestros te ayudan y no te cobran mucho, por ahí unos veintidós mil pesos». Le pregunté por ese cálculo y me aclaró que era el edificio levantado, sin terminar; la obra sin terminar representaba casi la mitad del valor total. Entonces quiso saber cuánto tenía yo. Le respondí: «Doscientos pesos».

Se rio con una carcajada que se oyó por toda la cafetería. Pero cuando terminó de reírse, yo seguía serio. Le pregunté: «¿Para qué me sirven doscientos pesos?». «Para el primer día», me dijo. Entonces respondí: «Arranquemos. Tenemos para el primer día».

Después, cuando uno crece, reconoce que fue una locura. Pero aquel hombre me miró y apoyó mi locura. Al otro día, a las seis de la mañana, estaba en El Bosque marcando el terreno. Empezaron a hacer las zanjas y no paramos hasta que se terminó el edificio.

Estar al frente no significa apropiarse de la obra

¿Puedo decir «yo lo construí»? No. Yo no construí nada; sería mentira decirlo así. También podría señalar una puerta nueva, las ventanas, el bautisterio y todo lo que se hizo mientras yo estaba de pastor y atribuírmelo. Pero la iglesia puso el dinero, no lo puse yo. El piso lo puso el hermano Félix; yo ni me atrevía a cambiarlo.

«Ese bautisterio lo hice yo, y esa puerta también». ¿La hizo usted? No: yo estaba aquí como pastor. Nos atribuimos las cosas como si nosotros las hubiéramos hecho.

Y no las hemos hecho nosotros. Yo puedo decir que estuve y construí, pero la verdad es que no construiste nada. A veces pensamos: «Es que me entregaron veinte personas y llegué a doscientas». ¿Y quién dio el crecimiento? ¿Fuiste tú? Si la Biblia dice que uno siembra y otro riega, ¿quién da el crecimiento?

Entonces, ¿de qué te estás gloriando? De nada. Aquí no somos sino instrumentos en las manos de Dios. Y eso es lo que será nuestro éxito, realmente: ser un buen instrumento en las manos de Dios. Solo entonces seremos bendecidos.

El afán humano por la perpetuidad: Babel y Absalón

El ser humano tiene esa tendencia. Si vemos la Biblia desde el principio, lo primero que encontramos sobresaliente es que hicieron un edificio, un rascacielos para aquella época. ¿Y para qué lo hicieron? ¿Por qué lo hicieron? Su razonamiento fue: «Para que si somos esparcidos, no se olviden de nosotros». Lo hicieron para que sepan que estuvieron allí; el hombre no quiere desaparecer.

Nadie se quiere morir de verdad, porque se desea que, incluso en el cementerio, lo recuerden. Algunos dicen: «El día que yo me muera, canten tal himno». ¿Y a mí qué me interesa qué himno me van a cantar si yo no los voy a oír? Canten el que quieran, al fin y al cabo, es para ustedes; yo no lo voy a escuchar. Pero la gente quiere eso: perpetuarse inconscientemente. Sin embargo, ese es un ingrediente peligroso.

Absalón, hijo de David, erigió una columna para que su nombre fuera recordado. Decía que no tenía un hijo que conservara su memoria, como se lee en 2 Samuel 18:18. No quería que lo olvidaran. Ahí veo ese deseo humano de atribuirse la gloria y perpetuar el propio nombre.

La soberbia de Nabucodonosor

Al pensar en la grandeza de Babilonia, recuerdo sus famosos jardines y al rey que se jactaba de lo que había construido. Nabucodonosor se paseaba y decía: «¿No es esta la gran ciudad que yo he construido con mi poder?». Aquel hombre terminó perdiendo la razón y viviendo como un animal. Mandó que se hicieran grandes obras, pero él no las hizo con sus propias manos. Y aun así se jactaba. Dios le quitó hasta la mente.

Esa actitud está metida entre nosotros: el maestro de escuela dominical, el que dirige la música, el que trabaja con los niños... todos quieren atribuirse méritos diciendo: «Cuando yo estuve...», «cuando yo estaba ahí, entonces sí...». ¿Y tú quién eres? Nadie. Necesitamos tener mucho cuidado con esa tendencia a atribuirnos las cosas. El mundo cristiano no funciona así.

Juan el Bautista: una voz, no un personaje

A Juan el Bautista le preguntaron si era el profeta y dijo que no; también negó ser el Mesías. Jesús, por su parte, habló de Juan como profeta y más que profeta. Me llama la atención la actitud de Juan: cuando le preguntaron quién era, no se presentó como alguien importante. Se definió como una voz que clama en el desierto.

Él se definió como una voz, un eco, un desconocido. Qué actitud tan profunda; a veces leemos las cosas y no tenemos la capacidad de ver lo que nos están diciendo. Recuerdo que un domingo una hermana invitó a un pastor trinitario al culto y yo prediqué sobre ese versículo, mencionando cómo Juan estaba vestido con piel de camello y un cinto de cuero. Mientras estaba sentado escuchando, el pastor le dijo a la hermana: «Tu pastor se metió en un callejón sin salida; de ahí no sale un sermón nunca».

Él no conocía a los pentecostales. Pero es que aquello no era una pasarela. Dios no estaba diciendo: «Aquí viene Juan el Bautista caminando elegantemente con piel de camello». La Biblia es un libro muy serio y Dios no gasta tiempo en detalles superficiales. Si nos dice eso, nos está dando un mensaje en clave. Nos lo dice para que sepamos que, mientras los de vestiduras elegantes están en los palacios, este hombre es de otra estirpe. Su vestido dice que es distinto.

El reconocimiento de la fuente del éxito

Juan estaba en el momento culminante de su ministerio. Yo he predicado en convenciones con miles de personas, pero yo no las llevé ahí; la iglesia las reunió. A mí simplemente me pusieron a predicar. Si yo lo hiciera solo, no irían cuarenta mil personas. Tengo que entender eso, porque si no, diría: «Aquí está el predicador de las multitudes». Y no es así.

Eso mismo me duele con algunos cantantes. A veces ponemos a un muchacho a cantar ante quince mil personas y él se siente «el cantante de las quince mil». No. Lo pusimos ahí, pero él no hubiera reunido a esa cantidad de gente nunca. Quitémonos esa idea, por favor. Salgamos a servirle a Dios, a cantarle a Dios, a predicarle a Dios, y dejemos que la gloria sea exclusivamente para Él.

Servir para su gloria y no para la nuestra

Jesucristo se fue y los apóstoles quedaron continuando la obra. Cuando subían al templo a orar, un hombre pedía limosna: «Una moneda, por amor de Dios». Yo lo cuento con el lenguaje que usamos entre nosotros: Pedro, como pastor pentecostal, no tenía ni un peso, como si dijera que la tesorera le había avisado que no había entrado dinero. Es una comparación nuestra; lo que Pedro dijo fue que no tenía plata ni oro, pero sí tenía algo para darle en el nombre de Jesucristo.

No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.

Todavía le quedaba algo, algo que no eran billetes ni dólares. El hombre se sanó y la noticia corrió como pólvora. El cojo que todos conocían estaba caminando. Ante el alboroto, la gente quería rendirles culto a los apóstoles, pero la respuesta de Pedro fue contundente. Es una lección que debemos repetir constantemente, porque el ser humano tiende a rendirle culto a la gente.

Ni por nuestro poder ni por nuestra piedad

Las palabras escogidas por el Espíritu Santo en aquel momento son fundamentales para entender nuestro lugar ante Dios. Pedro cuestionó a la multitud sobre por qué fijaban su atención en ellos.

En Hechos 3:12, Pedro pregunta por qué miran a los apóstoles como si por su propio poder o piedad hubieran hecho caminar a aquel hombre.

No fue porque fueran poderosos ni porque fueran personas excepcionalmente buenas. Fue por la fe en el nombre de Jesús de Nazaret. Nuestra oración debe ser siempre: «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria». El agradecimiento nace precisamente cuando recibimos un favor que no podíamos resolver por nuestros propios medios. Cuando uno se reconoce incapaz, entonces agradece de verdad.

La arrogancia impide que seamos agradecidos. Nosotros sabemos decir: «Ese es un desagradecido. Cuando tenía hambre le di comida y ahora no es capaz de darme un vaso de agua». Esa persona cree que merecía lo que recibió, como si fuera un privilegio para el otro haberla ayudado. Cuando uno se reconoce incapaz, entonces agradece. Esa arrogancia innata en el ser humano hay que doblegarla con humildad, reconociendo que el que está delante es más grande que uno.

La visión que doblega el orgullo

Considero que Isaías habría ido muchas veces al templo, pero en una ocasión específica tuvo una experiencia transformadora. Él no solo entró al edificio; él vio al Señor. La profundidad de tu humildad depende de la visión que tengas del Dios Todopoderoso.

Isaías 6:1 sitúa aquella visión en el año en que murió el rey Uzías: vio al Señor alto y sublime, y el templo lleno de su gloria. No fue simplemente entrar en un edificio. ¿Cómo hemos visto nosotros al Dios Todopoderoso?

Los serafines lo glorifican, cantan y lo honran como santo. Ante esa grandeza se comprende lo que es doblegarse. Nadie tiene que decirte que te humilles o te arrodilles cuando reconoces de verdad que estás en la presencia de Dios: las rodillas se doblan ante el Señor. Es una lección que tenemos que aprender.

El origen de la caída humana

Ser desagradecido es el pecado más grave que la humanidad puede cometer. A menudo hacemos listas de pecados terribles, pero todos ellos son hijos de uno mayor que se describe en las Escrituras: el rechazo a reconocer la soberanía de Dios.

Romanos 1:21 muestra esa raíz: habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias.

Nuestro gran problema es que queremos robarnos la gloria de Dios, y eso es imposible. El Señor es claro al respecto: «Mi gloria no daré a otro ni mi alabanza a escultura». Cuando finalmente reconoces que Él te lo ha dado todo, el agradecimiento fluye de manera natural.

He llegado a los ochenta y un años de edad y me siento sorprendido. A veces miro hacia atrás y me pregunto cómo he vivido, de dónde salieron mis recursos. A pesar de las incertidumbres, durante todo este tiempo nunca he sido otra cosa sino pastor, dependiendo totalmente de Su provisión.

La provisión de Dios a lo largo de una vida

Yo nunca he tenido un contrato de trabajo con nadie, ni con la iglesia, pero Dios me ha provisto todo. Como bien, visto bien y vivo bien. Dios ha sido bueno. Cuando cantamos que en nuestra vida Él ha sido bueno, quizá los que tienen veinte o treinta años todavía no han vivido lo suficiente para dimensionarlo, pero yo, que tengo ochenta y un años y siento que mi tiempo se va agotando, puedo decir con certeza: Él ha sido bueno. No importa lo que pase en los años que me queden; Él se ganó ese título en mi vida y estoy profundamente agradecido.

Si no hubiera sido por Él, no tendría nada. Y lo sé de verdad, no es retórica, ni poesía, ni romanticismo: es la realidad. Cuando murió mi papá, nos dejó literalmente en la calle, sin nada. Dios nos ha dado todo lo que somos y tenemos. Por eso, debemos ser agradecidos, porque del agradecimiento nace la adoración. Uno adora cuando reconoce que Dios es Dios, y que hace todas las cosas según su perfecta voluntad y con su poder. Es ahí cuando uno realmente lo aprecia.

El peligro de ignorar a Dios en lo cotidiano

Lamentablemente, nos hemos vuelto expertos en quitarle a Dios la gloria en todo. Si conseguimos un préstamo, decimos: «Gracias a Dios que tengo un amigo», y Dios se queda fuera de la ecuación. Si estábamos enfermos y alguien nos recomendó un remedio que funcionó, decimos: «Me encontré a una señora, me dijo que tomara esto y se me quitó», y Dios vuelve a quedar fuera. Si compramos una casa, damos el crédito al contacto en el banco que nos facilitó el trámite. ¿Hasta cuándo lo vamos a ignorar?

Cuando decimos que «por la gracia de Dios soy lo que soy», no deberían ser palabras repetidas solo porque las dijo el apóstol Pablo; debe ser porque de verdad creemos que es Su gracia la que nos sostiene. Estamos aquí para servirle donde Él nos ponga, sin importar el lugar, siempre con un corazón agradecido.

Reconócelo en todos tus caminos

La Escritura es clara al darnos una instrucción fundamental: reconocerlo a Él. Pero no dice que lo hagamos en algunos momentos, sino en todos.

Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.

Proverbios 3:6

A veces nos quejamos porque se nos tuercen los negocios, se nos tuerce la vida o se nos tuercen las relaciones. La respuesta es reconocerlo a Él. El agradecimiento es lo que necesitamos cultivar, porque agradecer es reconocer que alguien hizo algo por nosotros. Mi esposa citaba un pasaje que no podemos borrar de la Biblia, un versículo que debemos llevar grabado:

Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.

Salmo 103:2

Vencer la amnesia espiritual

No entiendo por qué nos olvidamos tan fácilmente. La amnesia es una enfermedad terrible, y utilizo esa imagen para hablar de nuestro olvido espiritual. El olvido nos afecta especialmente a quienes llevamos muchos años en el Evangelio. El recién convertido aún recuerda de dónde lo sacó el Señor, pero a nosotros, después de cuarenta o cincuenta años, se nos olvida que éramos esclavos de vicios o pecados; eso nos parece ya un sueño lejano y, aunque damos gracias por haberlo dejado atrás, es peligroso olvidar el estado en el que estábamos.

Cuando corriges a tu hijo, puedes decirle: «Mira a tu padre», como si por ti mismo fueras un modelo. Pero al hablar de la Pascua, el hijo pregunta: «Papi, ¿por qué comemos este cordero así, con hierbas amargas? ¿Qué pasó?». La respuesta no es que su padre consigue buenos corderos para comer. La respuesta es: «Hijo, fuimos esclavos en la tierra de Egipto y Jehová, con mano fuerte, brazo extendido, milagros y señales, nos sacó de la esclavitud y nos trajo a la libertad». No debemos olvidarlo.

El hijo tiene que saberlo para que también aprecie a Dios, reconociendo que el Padre celestial fue quien le dio un padre terrenal transformado por Su gracia.

Un rescate que solo Dios pudo realizar

Hay experiencias que, con el tiempo, adquieren un significado más profundo. En mi juventud, yo era un buen nadador, incluso tenía nivel de salvavidas. Recuerdo una ocasión en el río Sinú, en Tierralta, cuando el hermano Lázaro se estaba ahogando. En ese momento no lo pensé; simplemente salté al agua y lo saqué. Sin embargo, al reflexionar sobre ese incidente años después, me doy cuenta de la magnitud de lo ocurrido.

Yo no pesaba cincuenta kilos y el hermano Lázaro pesaba unos noventa. El río Sinú tiene una corriente impresionante en Tierralta y no había de dónde agarrarse. Nadar en esa corriente cargando a alguien que pesa más que uno: al pensar en aquello, reconozco que el Señor nos sacó a los dos.

De otro modo seguiría diciendo: «Yo soy salvavidas y lo saqué». Pero si el Señor no nos saca a los dos, estaríamos en el cementerio. Lo he pensado muchas veces: no era porque yo no supiera nadar; era el peso y la corriente. Ni que fuera Superman.

Cuando la gratitud brota del alma

Estamos agradecidos. El día que tú estés agradecido, nadie tendrá que decirte que adores a Dios: eso te brota del alma. Cantémosle al Señor con agradecimiento, con un himno de corazón.

Predicación:  Álvaro Torres. 

¡Comparte esta bendición!

Envía este artículo a alguien que lo necesite.

Facebook WhatsApp X Telegram LinkedIn Pinterest Reddit Correo

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente