EL HILO HISTÓRICO DE LA UNICIDAD DE DIOS A TRAVÉS DE LOS SIGLOS

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El hilo histórico de la unicidad: Una fe que no se apagó

Cuando empecé a preguntarme por la historia de la unicidad, había algo que no me parecía claro: ¿cómo podía haber desaparecido de la tierra la doctrina de Dios para reaparecer solamente en el siglo XX? Si conocemos al Señor y creemos que no ha dejado al mundo sin testimonio, tenemos que examinar esa manera de contar la historia. No podemos aceptar, sin preguntarnos nada, que durante tantos siglos nadie conoció esta verdad y que Dios no se manifestó a nadie.

Al buscar nuestras raíces encontramos personas, movimientos, persecuciones, diferencias y errores. Algunas cosas nos alegran y otras nos incomodan; sin embargo, la historia tiene una verdad que no depende de que nos guste. Reconocerla no significa aprobar todo lo que hicieron quienes nos antecedieron, sino que significa que no vamos a borrarlos para fabricar una historia más agradable.

¿Desde qué mirada nos han contado la historia de la Iglesia?

Crecimos en un país católico y recibimos la historia con una interpretación católica, y eso hay que tenerlo presente, pues sucede algo parecido con la política: cuando escribe un conservador, los liberales resultan malos; cuando escribe un liberal, los conservadores aparecen como diabólicos. Cada uno cuenta lo ocurrido desde el lugar en que lo mira. No podemos seguir recibiendo la historia como si nos la hubiera contado Dios: él no nos engaña, pero los seres humanos sí podemos acomodar las cosas. El que escribe selecciona, interpreta y le da un matiz a lo que narra. Por eso tenemos que leer con cuidado.

Los evangélicos cometieron también el error de los católicos. Nosotros hemos quedado en medio: no nos aceptan unos ni otros, y al buscar nuestra historia parece que no apareciéramos por ninguna parte. Casi nos enseñaron que el mundo cristiano comenzó con Lutero y la Reforma. Y, si hablamos del pentecostalismo, algunos quieren poner todo el punto de partida en la calle Azusa. El avivamiento de Azusa, en 1906, tiene su lugar. Pero una cosa es reconocer lo que ocurrió allí y otra pensar que todo lo que Dios ha hecho empieza en ese momento. Incluso hay quienes quieren parecerse en todo a aquellas manifestaciones: si allá hubo personas que se revolcaban, entonces creen que aquí también tenemos que revolcarnos. No podemos reducir nuestra comprensión de la obra de Dios a repetir una manifestación externa.

Cuando yo era muchacho, esa explicación me producía una dificultad. ¿La doctrina desapareció y volvió en el año 1900? ¿Durante todo ese tiempo nadie recibió el Espíritu Santo y nadie creyó en la unicidad? No me sonaba claro. En aquella época no tenía a mano los recursos que existen después: más libros, investigaciones e incluso Internet. Al ir encontrando información, descubrí que aquella supuesta desaparición total era una mentira monumental.

El peligro de borrar a quien no coincide con nosotros en todo

Somos dogmáticos y creemos que estamos en la verdad y a veces queremos que todo sea blanco o negro, sin admitir ningún gris. Si una persona tiene una práctica distinta, ya decimos que no es del nombre. Si usa velo de una forma que no compartimos, la sacamos; si usa pantalones, también la sacamos. Así terminamos borrando del mapa a todo el mundo. Eso mismo hicieron con nosotros: nos borraron y nos quitaron la posibilidad de conocer lo que había pasado con quienes creían antes. No debemos repetir el procedimiento. «Una persona puede haber sostenido la verdad del Dios único y, al mismo tiempo, haberse equivocado en otro asunto.» Su error no hace que desaparezca de la historia.

En la biblioteca de nuestra sede hay un rincón histórico con los retratos de quienes fueron presidentes de la Iglesia. Allí aparecen Campo Elías y Ospina. Alguno puede preguntar por qué está uno si después se apartó doctrinalmente, o por qué está otro si cayó en pecado. La respuesta es sencilla: fueron nuestros presidentes. No estamos haciendo una lista de santos; estamos diciendo quiénes ocuparon esa responsabilidad. No podemos borrarlos ni tratar de tapar el cielo con las manos. Sería bueno que también se conservara cuáles fueron las doctrinas que sostuvieron y por qué se apartaron. Así nuestros nietos podrían saber lo que pasó. Si ocultamos esas cosas, alguien vuelve con la misma idea, la presenta como una revelación y nadie sabe que ya se había enseñado y examinado antes.

Al entrar en nuestras raíces nos encontramos precisamente con esa dificultad: muchos antecesores no reunieron todo lo que nosotros quisiéramos. Creían una cosa y no otra; tenían razón en un punto y estaban equivocados en otro. Pero no por eso vamos a borrarlos. Compré en España un libro sobre las herejías. Allí estaban los grupos que la Iglesia católica consideraba apartados de la verdad, y entre ellos estábamos nosotros. Cuando una institución domina la educación y la cultura, también tiene una gran influencia sobre la manera en que se conserva y se divulga la historia. Hay cosas que quedaron ocultas por esa razón; otras ni siquiera nos gusta conocerlas. Sin embargo, tenemos que conocerlas.

La Iglesia primitiva tuvo fe, milagros y conflictos reales

Eso no comienza con los libros de historia. También ocurre al leer la Biblia: encontramos dificultades que a veces preferimos pasar por alto. Pensemos en el gran conflicto doctrinal interno que enfrentó el cristianismo apostólico, el asunto del judaísmo y de quienes querían imponer sus preceptos. Allí estuvieron Pablo, Pedro y Santiago; no estamos hablando de personas ajenas a la Iglesia. Pablo tuvo que preguntar por qué se sometían a mandamientos como no tocar o no usar, cosas que se destruyen con el uso. Esas discusiones están escritas. No podemos decir que la Iglesia primitiva estaba llena de fuego y usar esa afirmación para negar sus problemas. Tenía fe y veía cosas grandes, pero también tenía conflictos.

Cuando Pablo dice que todos lo habían dejado, no está hablando simplemente de los impíos. Cuando pide que le lleven a Marcos o se lamenta de que otros buscan su propio bien, nos deja ver dificultades entre quienes estaban cerca de la obra. También tuvo que enfrentar oposición. No hay razón para taparlo: está en el testimonio que recibimos.

Había prejuicios raciales, pues los gentiles no eran considerados dignos de estar al mismo nivel. Y nosotros somos una Iglesia gentil; no debemos olvidar cómo se veía a los gentiles desde aquella separación. Esas tensiones ayudan a entender los problemas que aparecen en Gálatas y en Corintios. También está Filemón: Onésimo era un esclavo que se había escapado, y Pablo tuvo que interceder para que fuera recibido de nuevo, ahora como hermano. No era una dificultad pequeña, porque la fe tenía que abrirse camino en una relación marcada por la esclavitud. Allí vemos cuánto había todavía por aprender y por transformar.

A veces nos han hecho pensar que, por ser la primera, aquella Iglesia tenía que ser más madura en todo. Pero la Iglesia ha pasado por dos mil años de crecimiento. Un cristiano de un año de convertido no tiene, por ese solo hecho, más madurez que uno de cuarenta. Puede tener fe, puede ver grandes cosas, y aun así le queda un camino por recorrer. Entre nosotros hay asuntos que ya no tendrían que advertirse de la misma forma que en aquellas cartas: comportamientos escandalosos en las relaciones o personas que se embriagaban. Nosotros ni siquiera tomamos cerveza. Eso no significa que no tengamos errores; significa que no debemos ignorar lo que hemos superado para fabricar una condenación contra nosotros mismos.

Los Evangelios no cuentan cada día de la vida de Jesús

Se produce una especie de condenación interior: que ya no somos cristianos como aquellos, que no buscamos a Dios, que la Iglesia no ve milagros. Pero hay que considerar cómo está contada la historia. Cuando hago la comparación con los Evangelios, hablo de treinta y dos o treinta y tres días narrados de un ministerio de tres años y medio. Si escogemos los treinta y tres días más sobresalientes del ministerio de un hermano y contamos solamente esos días, parecerá que ese hombre no dormía, no comía y no se bañaba; pero ¿acaso porque la Biblia no cuenta una vez que Cristo se bañó vamos a concluir que nunca lo hizo? «No podemos convertir el silencio de una narración en una afirmación sobre todo lo que ocurrió.»

Algo parecido hacemos con el humor o con la manera de hablar. Como no encontramos cada conversación de Jesús, nos construimos una imagen en la que nada puede salirse de nuestras ideas de solemnidad. Sin embargo, él mandó decir a Herodes que era una zorra. ¿Qué hacemos con esa expresión? No podemos tener un concepto de piedad tan adornado que ya no sepamos qué hacer con lo que está escrito.

Muchas veces queremos parecernos a lo que imaginamos que fue la historia, porque no conocemos la historia completa. Por eso aclaro desde el principio que no todos los hombres y movimientos que sostuvieron la unicidad tuvieron la integridad o el perfil que nosotros hubiéramos deseado. Algunos tuvieron prácticas que no compartimos. Pero tuvieron la doctrina. Entre quienes hoy llevamos el nombre también se encuentran cosas raras; recuerdo el caso de quienes, para sacar un demonio, bañaban a la persona y le echaban agua. No voy a aprobar todo lo que haga alguien solamente porque sea pentecostal. Reconocerlo nos ayuda a mirar con la misma honestidad a quienes vivieron antes.

Una conversación en Benidorm: no acomodemos la Biblia para que resulte agradable

En Benidorm, en España, conocí a un hombre con quien fui haciendo amistad. Nos encontrábamos y conversábamos; él hacía preguntas. En uno de esos encuentros me preguntó si leería una revista si me la regalaba. Le dije que sí, y me entregó una Atalaya. La leí y entendí por qué me la había dado, pues contenía un artículo sobre los pentecostales. Cuando volvimos a encontrarnos, me preguntó si había leído el artículo y qué me había parecido. Le pregunté si quería que le dijera la verdad y me dijo que sí; entonces le presenté tres posibilidades: el que escribió el artículo no había leído la Biblia; creyó que quienes íbamos a leerlo no la habíamos leído; o la había leído y, maliciosamente, la estaba explicando al revés.

¿Por qué le respondí así? Porque el artículo reprochaba a los pentecostales sus cosas raras y sostenía que Cristo nunca había hecho nada extraño. Yo no iba a defender cualquier práctica pentecostal, pero tampoco podía aceptar aquella afirmación sobre Jesús. Le dije que yo no tomaría a una persona para meterle los dedos en los oídos ni hacerle algo en la boca. Tampoco escupiría en tierra para hacer aquello que nos parece tan desagradable. Sin embargo, Cristo hizo cosas que, miradas desde esa clase de juicio, también se considerarían raras. No se puede usar esa medida y luego decir que Jesús nunca hizo nada parecido. El hombre se quedó callado.

Queremos hacer bonito todo lo que aparece en la Biblia, pero hay cosas que no son bonitas a nuestro gusto. Están escritas para nuestra enseñanza. No tenemos derecho a cambiarlas porque nos incomoden. Pensemos en la expresión de que nuestras buenas obras son como trapo de inmundicia. Si alguien sube al púlpito y explica la imagen con toda su crudeza, comparándola con toallas higiénicas llenas de sangre, de inmediato nos parece ordinario. Algunas personas hasta podrían sentirse insultadas. Preferimos una expresión más amable, aunque la imagen siga siendo fuerte. Con la historia hacemos lo mismo: queremos suavizar lo que no nos gusta.

Conocer nuestras raíces no significa justificar sus errores

Investigar nuestra historia se parece a averiguar quiénes fueron nuestro padre, nuestro abuelo y nuestro bisabuelo. Puede aparecer un antepasado cuya conducta nos dé vergüenza. ¿Qué hacemos? Sigue siendo nuestro antepasado. No vamos a inventarnos otra familia. Una vez conté que un abuelo mío había tenido sesenta y ocho hijos. Un pastor me dijo que no volviera a decir eso, porque la gente iba a pensar mal. Le respondí que estaba mal; yo no estaba diciendo que aquello fuera bueno. Nosotros somos cristianos, y yo no tengo sesenta y ocho hijos: tengo cinco. «Contar lo que ocurrió no es aprobarlo ni decir que yo vivo de la misma manera.»

Nos gustaría que toda nuestra familia hubiera estado compuesta por santos, pero no fue así; lo mismo pasa al estudiar la historia de la Iglesia. Que nos dé vergüenza algún detalle no nos autoriza a quitarlo.

«Según el camino que llaman herejía, sirvo al Dios de mis padres».

Expresión bíblica citada en el mensaje

No me avergüenza servir al Señor por ese camino; podemos levantar la cara y decirlo. Tenemos antecesores de quienes el mundo no fue digno; recibieron una revelación que otros no quisieron recibir. La palabra con que sus adversarios los señalaron no decide por sí sola cuál fue la verdad que sostuvieron.

La fe apostólica y la confesión de Jesucristo venido en carne

Después de Cristo encontramos lo que llamamos la época apostólica, la Iglesia primitiva. Fue una gran Iglesia y, aunque tuvo defectos, no nos avergonzamos de ella, como tampoco necesitamos tapar sus problemas. Al leer a los apóstoles encontramos una posición definida sobre la unicidad de Dios y sobre Dios manifestado en carne. En este recorrido sitúo el cierre de la época apostólica hacia el año 100, con la muerte de Juan, hijo de Zebedeo. Pero ya al final de ese período se muestran controversias doctrinales. Por eso hay que leer las advertencias dentro de su contexto.

Cuando encontramos que no debemos recibir a quien no trae esta doctrina, no podemos sacar la frase de allí y aplicársela a cualquier hermano que se enredó en un asunto. Debemos preguntar de qué doctrina se está hablando. En ese contexto aparece la negación de Jesucristo venido en carne. El gnosticismo comenzó a presentar a Cristo como una apariencia, como si Dios no se hubiera manifestado verdaderamente en humanidad. Ahí está el problema de fondo, porque no es cualquier diferencia la que nos permite negar a otro el reconocimiento de hermano, sino aquello que niega la confesión que nos hace hermanos: Jesucristo es Dios manifestado en carne. Hasta con los trinitarios hay que ser precisos, pues ellos también creen que Jesucristo es Dios venido en carne, aunque nosotros señalamos el enredo de la segunda persona. No podemos confundir todas las diferencias con aquella negación que se estaba combatiendo.

Una humanidad verdadera, no una apariencia

Es una discusión que vuelve a aparecer. A alguno le parece que Cristo no podía ser tan humano, porque entonces tendría que ser otra persona. Y, por temor a reconocer su humanidad, termina acercándose a la idea de una apariencia. En una discusión entre hermanos, uno quería llevar a Cristo al extremo de tratarlo como a cualquier hombre, incluso introduciendo la condición pecaminosa; el otro quería afirmar que hasta sus uñas y sus vellos eran divinos. No tenemos que irnos a ninguno de esos extremos. Creemos que Jesucristo fue hombre, pero hombre como manifestación de Dios, no un hombre cualquiera por ahí.

También recuerdo aquella explicación de Campo Elías: que Jesucristo no era Dios, sino que se le decía Dios porque Dios estaba en él. Parece una diferencia sutil, pero cambia lo que estamos afirmando, porque una cosa es Dios manifestado en carne y otra un hombre al que Dios acompaña.

Después de la época apostólica, al pasar del año 100, empezaron a surgir diversas explicaciones acerca de Cristo. Creer en Dios como Padre no les producía el mismo problema. Reconocer que Dios es Espíritu tampoco. La dificultad aparecía al decir que ese Dios santo e infinito se hizo hombre. Entonces comenzaban a buscar un truco: que parecía hombre, que había venido de una manera que no era una humanidad completa. Pero se hizo hombre, un hombre completo; por eso no podemos construir un ser humano con cuerpo solamente y negar lo que corresponde a un ser humano completo. Tampoco tenemos que convertir esa humanidad en otro Dios. Muchas de las teorías que fueron apareciendo nacieron del intento de explicar cómo Cristo es Dios. Yo he insistido en que estamos ante un milagro. Si no aceptamos que aquí hay un milagro y pretendemos desarmarlo hasta que quepa en nuestra explicación, tendríamos que hacer lo mismo con todos los milagros.

La encarnación y los milagros: no decir más de lo que está escrito

¿Cómo se detuvo el Jordán?

¿Qué explicación tenemos para que el río Jordán se detuviera y dejara pasar a los israelitas? Pensemos en las toneladas de agua que bajaban, en la velocidad que traían, en que se frenaran y quedara paso. ¿Por qué no se desbordó todo? ¿Cómo no se produjo una inundación? Yo no sé cómo lo hizo Dios, pero sé que lo hizo, y eso es precisamente lo que no podemos eliminar del relato solamente porque no sepamos explicarlo. «No tenemos que inventar un mecanismo para sentir que ya entendimos a Dios.»

El agua de la peña no se resuelve quitando el milagro

Algo parecido ocurre con la peña que les seguía en el desierto. Recuerdo haber leído Y la Biblia tenía razón. Al encontrar un título así, uno se alegra y empieza a leer. Pero allí aparecía una explicación según la cual Dios había escogido a Moisés porque, después de cuarenta años en el desierto, lo conocía bien y sabía cuáles rocas contenían agua. Es verdad que hay rocas que pueden contener agua, pero eso no resuelve lo que está contado. No se trata de que Moisés anduviera rompiendo muchas rocas para encontrar un poco de agua. ¿Cuánta agua tendría que contener una roca para dar de beber a un millón de personas?

Y, si pudiera contener tanta, ¿qué grosor tendrían que tener sus paredes para soportar aquel peso sin romperse? Si fueran tan gruesas y resistentes, ¿con qué fuerza tendría que golpear Moisés con una vara para abrirlas? Y, si lograra abrirlas, ¿con qué presión saldría el agua? ¿Cómo no arrasaría a quienes estaban delante? Supongamos que esa explicación alcanzara para un día. ¿Qué ocurriría al día siguiente? Entonces habría que añadir un río subterráneo u otra explicación, y luego otra. Al final estamos amontonando suposiciones para evitar reconocer un milagro.

No puedo tratar de explicar de ese modo todo lo que Dios hace. El fundamento cristiano incluye que Cristo nació por virtud del Espíritu Santo: es un milagro; si nos ponemos a resolverlo hablando de gametos, espermatozoides y óvulos, podemos terminar diciendo cosas que la Escritura nunca dijo. En España, cuando yo era joven, un amigo me propuso que Dios había guardado la simiente de David y luego la había puesto en el vientre de María. Como Jesús era de la simiente de David, le parecía que así se explicaba. Pero otra vez estábamos ante el mismo intento: completar con una construcción nuestra lo que Dios no explicó.

¿Tenemos que responder todas las preguntas sobre Dios?

La Biblia afirma lo que afirma acerca de Jesucristo, pero no siempre nos dice cómo. Recuerdo un principio de la Iglesia de Cristo que no me parece malo: donde la Biblia habla, hablamos; donde la Biblia calla, callamos. Nosotros metemos las patas cuando comenzamos a hablar de aquello sobre lo que Dios no habló. Pablo enseña a no ir más allá de lo que está escrito. Lo que diga la Biblia, dígalo; lo que no diga, déjelo así y no se preocupe si alguien pregunta algo para lo que no tenemos respuesta. Jesucristo tampoco respondió todas las preguntas, de modo que no tenemos que meternos en una camisa de once varas para dar una explicación que Dios no dio.

Las cosas secretas pertenecen a Dios.

Principio bíblico recordado en el mensaje

Hay un límite que debemos respetar, porque afirmar lo que creemos no exige fingir que conocemos todos los procedimientos de Dios.

Moisés, las espaldas y la soberanía de la misericordia

También hay que detenerse a leer los textos. Moisés pide ver al Señor y recibe la respuesta de que ningún hombre puede ver su rostro y vivir. Se le indica un lugar y se le habla de mostrarle las espaldas. Pero junto con eso aparece la declaración de que tendrá misericordia de quien tendrá misericordia y se compadecerá de quien se compadecerá. Yo me pregunto por qué habría que hacer esa advertencia si lo único que se fuera a mostrar fuera una espalda. Si yo voy a mostrarle a alguien mi espalda, podría advertirle que tengo una cicatriz, o explicarle algo de lo que va a ver. Pero ¿por qué tendría que decirle que me voy a compadecer de quien yo quiera?

Entiendo que allí no se trata de una espalda física, pues Dios no tiene espalda como la nuestra; lo que yo veo en ese pasaje es que le estaba mostrando algo de su plan, algo que Moisés no iba a comprender con facilidad. Al pensar en los gentiles y en personas como nosotros recibiendo la salvación, surge la pregunta de hasta dónde puede llegar esa misericordia. Por eso relaciono aquella advertencia con lo que iba a ver: no le correspondía decirle a Dios que se estaba pasando de la raya al compadecerse. Dios es soberano y tendrá misericordia de quien quiera tener misericordia. Esa es la lectura que estoy haciendo al unir lo que se muestra con lo que se declara; no necesito imaginar una anatomía de Dios para leer el pasaje.

Las explicaciones sobre Cristo que reaparecen como si fueran nuevas

En la época posterior a los apóstoles se plantearon distintas posiciones. Una era la confesión de Jesucristo como manifestación del único Dios. Otras lo presentaban como un hombre acompañado por Dios, como un dios subordinado y más pequeño, o como un ángel con apariencia humana. Cuando alguien vuelve con una de esas ideas y anuncia que ha recibido una revelación, conviene conocer la historia. No son ideas nuevas, pues ya se discutían por aquellos siglos. El problema de querer saber más de lo que está escrito no empezó con nosotros.

Al hablar de las diferencias entre enseñanzas, también mencioné la idea que atribuyo a los mormones de que Jesucristo y el diablo serían hermanos, incluso gemelos. Cuando uno se encuentra con afirmaciones así, entiende por qué no puede recibir cualquier explicación solamente porque use nombres conocidos o parezca una revelación.

Otra posición fue el adopcionismo: un hombre perfecto al que Dios adopta como hijo y al que comparte su naturaleza. De ese modo se trataba de explicar por qué se le llamaba Hijo de Dios. No es lo mismo que confesar que Dios se manifestó en carne. Al repasar esas variantes hay que tener cuidado. Una afirmación puede sonar nueva y tener detrás una discusión muy vieja; por eso hace falta memoria doctrinal, para no volver a empezar cada vez que alguien cambia unas palabras.

Los apologistas: la defensa de la doctrina frente a las variantes

Cuando aparecieron las variantes, aparecieron también quienes se dedicaron a defender la doctrina. Mientras todos afirman lo mismo no se plantea esa necesidad de la misma manera. Pero al comenzar las distorsiones hubo hombres que se especializaron en responder y defender lo que creían. A esos defensores los llamamos apologistas. En el recorrido distingo la época apostólica, la postapostólica y la de los apologistas. Desde el siglo siguiente al apostólico, y al hablar de los años 125 y 150, encontramos esa labor de defensa. Siempre hubo alguien que sostuvo la doctrina del único Dios verdadero.

Entre los nombres de aquella defensa aparecen varios que solemos mencionar al estudiar este asunto. Pero debemos reconocer una dificultad con las fuentes: muchas veces no conservamos sus escritos directamente, sino textos de quienes hablaron en contra de ellos. Por esos adversarios sabemos algo de lo que enseñaban. Hubo persecución, murieron personas y también se quemaron sus obras. Eso explica por qué no basta con buscar una historia cómoda y ya organizada a nuestro favor. A veces hay que encontrar el rastro de una enseñanza en lo que sus opositores escribieron sobre ella. La ausencia de una biblioteca completa no significa que no hubiera personas defendiendo aquella fe.

Sabelio, modalismo y monarquianismo

Hacia el año 215 sitúo a Sabelio, uno de los exponentes más destacados de esta doctrina. Siguió enseñando que Jesucristo era la manifestación del Dios todopoderoso. Fue un hombre hábil y fuerte en la explicación de lo que creía; por eso la doctrina llegó a ser identificada con su nombre. En la exposición también aparece Arrio y aquella línea que presenta a Cristo como un ser subordinado, una criatura perfecta. De allí vienen las referencias a arrianos y sabelianistas. Lo que quiero mostrar es que ya estaban sobre la mesa las diferencias acerca de quién es Jesucristo.

A la explicación asociada con Sabelio se le llamó modalismo: Padre, Hijo y Espíritu Santo como modos de manifestarse el único Dios, y no como personas distintas en el sentido de seres completos. También aparece el nombre monarquianismo, relacionado con la monarquía, con la soberanía. La afirmación que se estaba defendiendo era que Dios se había manifestado como hombre y que no había otro Dios.

La palabra «persona» y los cambios de significado

Aquí vuelve el problema de las palabras. Al explicar el uso de «persona», recurro a las máscaras del teatro. Un mismo actor podía representar distintos papeles: se ponía la máscara de un viejo, luego otra para representar a alguien que reía, y así hacía varios personajes. Al mencionar a Tertuliano, señalo ese sentido de la palabra y la diferencia con lo que muchos entienden después. Si alguien usa «persona» como personaje o representación, no está diciendo necesariamente lo mismo que quien habla de tres seres completos, de modo que tenemos que preguntar qué está diciendo con la palabra.

No se resuelve todo tachando un término, pues las palabras evolucionan, y si pasamos de una máscara o un personaje a un ser humano completo, el contenido de la afirmación cambia. Y ahí podemos discutir por el término sin haber aclarado primero su significado. La fuerza que tuvo Sabelio explica que se hablara de sabelianismo. Pero el punto de este recorrido no es quedarnos en una etiqueta. Es ver si la lámpara se apagó o si hubo personas que siguieron enseñando que Dios es uno y uno su nombre.

Los patripasianos y la continuidad de una confesión

Al pasar por los años 240 y 270, menciono el patripasianismo como continuación de aquella corriente. Cambia el nombre con que se identifica a sus seguidores, pero seguimos buscando la misma afirmación fundamental. Nosotros tenemos un nombre institucional en Colombia, y al mirar hacia atrás podemos reconocer parentesco con lo que se ha llamado sabelianismo o patripasianismo. Eso no exige decir que compartimos cada explicación de cada persona. Ya he insistido en que pudieron tener otras ideas y otros errores. Lo que estoy siguiendo es la afirmación del único Dios.

La tierra nunca se quedó sin testimonio. Siempre hubo personas predicando que Dios es uno y uno su nombre.

Prisciliano y los movimientos que no caben en unas pocas líneas

Entre los años 350 y 400 aparece en este recorrido Prisciliano, que dio origen a un movimiento poderoso. Al leer sobre él me alegraba encontrar que no se trataba de dos o tres personas aisladas. Había regiones enteras involucradas. Al mirar el mapa aparecen Lusitania, lo que hoy llamamos Portugal —de ahí que a los portugueses se les llame lusitanos—, Galicia, el pueblo gallego, y regiones hacia el norte, hasta Alemania. La presencia de aquella corriente en Europa no puede despacharse como si hubiera sido una cosa insignificante.

Para los católicos eran herejes. Por eso, si buscamos solamente el relato de quienes los rechazaron, no vamos a encontrarlos presentados como nosotros quisiéramos, de modo que hay que rebuscar. Después se han hecho investigaciones más amplias y se puede conseguir más material, pero antes uno tenía apenas un libro de bolsillo que dedicaba quince o veinte líneas a todo el asunto. En quince líneas no se dice lo que hay que decir de un movimiento como ese. Si sólo leemos ese pequeño espacio, terminamos imaginando a unos cuantos desconocidos cuando estamos hablando de una corriente que tuvo una presencia mucho mayor.

El recuerdo de Sagunto y la dimensión de aquellas regiones

Recuerdo una lectura de la historia de Alejandro Magno en la que aparecía el nombre de Sagunto. Aquello me llamó la atención porque yo vivía a unos dieciocho o veinte kilómetros de allí, cerca de Valencia, y había ido muchas veces. Una cosa es encontrarse un nombre en un libro y otra conocer el lugar. Allí hay una fortaleza. En lo que estaba leyendo se relacionaba su historia con Alejandro y luego con las ampliaciones de los romanos. Al pensar en aquellos territorios y en las provincias romanas, se entiende mejor por qué no debemos reducir todo a unos cuantos individuos. En el aspecto religioso, lo que estaba considerando era la extensión que había tenido el movimiento priscilianista en esas regiones.

En este hilo histórico sigo la presencia de los priscilianistas desde aquellos siglos hasta el período que llega al año 900. Después menciono a los euquitas, llamados también orantes, porque dedicaban mucho tiempo a la oración. Al seguir esos nombres y esas corrientes, lo que encuentro es continuidad, no un mundo que se hubiera quedado sin ninguna voz.

La obra misionera antes de nuestro propio avivamiento

Este recorrido también cambia nuestra manera de pensar en las misiones. A veces suponemos que un país que ahora no conoce el mensaje del nombre nunca lo tuvo. Pero hay lugares que lo recibieron antes que nosotros y después lo perdieron. El último gran movimiento que estamos mirando es el de América; antes hubo obra en Asia Menor, en Europa y en África. Al mirar lugares donde después encontramos prácticas animistas, hechicerías y otras creencias, podemos olvidar que también tuvieron un pasado relacionado con la doctrina del nombre. No podemos tomar la situación que vemos y convertirla en la historia completa de un continente.

Incluso al hablar de movimientos misioneros de los siglos XVIII y XIX tenemos que mirar hacia Europa y Asia. En la India hay una obra inmensa, con millones. Recuerdo también la referencia a un hermano cuyo padre fue uno de los fundadores de la obra en Asia. No empezó todo cuando nosotros llegamos a conocerlo. Cuando yo era muchacho, un hermano en Barranquilla me contaba de aquella obra porque recibía cartas de allá. Tenía también discos relacionados con ella. Incluso en Libia había misioneros de la Iglesia y bastante gente antes del período de Gadafi. Son recuerdos que me ayudaron a comprender que el movimiento era mucho más amplio de lo que yo conocía.

En este recorrido también señalo que muchas regiones que después quedaron bajo el islam habían tenido una presencia fuerte de la doctrina del nombre. Al hablar de la conquista, explico que a algunos creyentes la afirmación de un solo Dios les hizo parecer más fácil aquel cambio. Es parte de la pérdida que estoy señalando, no una razón para pensar que nunca hubo allí testimonio. Los orantes, por su parte, aparecen como gente piadosa, entregada a la doctrina y a la oración. Esa dedicación también forma parte de la historia que estamos tratando de recuperar.

Pedro Abelardo y los bogomilos: el recorrido continúa

Pedro Abelardo y una influencia desde dentro

Al pasar por los años 1079 a 1142 encuentro a Pedro Abelardo, a quien menciono como un gran paladín de la doctrina de la unicidad. Su presencia en Francia y la influencia que tuvo me llaman la atención. Una de las razones de esa influencia es que no fue sacado de inmediato de la Iglesia católica. Enseñó dentro y alcanzó a influir en obispos, arzobispos y reyes, hasta que lo quitaron. Ya estamos avanzando hacia el año 1140 y seguimos encontrando una voz en este recorrido. La doctrina no aparece como algo muerto que hubiera que volver a inventar.

Los bogomilos, Bosnia y el apoyo del rey Stefanos

Después llego a los bogomilos, en el período que menciono entre 1292 y 1463. Al hablar de la región que conocemos como Yugoslavia y de Bosnia, vuelvo a insistir: no estoy pensando en dos personas ni en un movimiento pequeño. El rey Stefanos aparece como un apoyo importante. Relaciono a aquellos movimientos con la corriente anterior de los priscilianistas y los orantes, y veo una presencia que dominó poderosamente la escena de esas regiones. Además, al mencionar a los bogomilos señalo que imponían las manos y hablaban en lenguas.

Para entender la comparación, pensemos en Colombia. Tenemos una obra grande, pero frente al número de católicos todavía somos pocos. En aquellas regiones de las que estoy hablando no se trataba solamente de una minoría desconocida. Por eso no podemos imaginarnos una pequeña llama que apenas sobrevivía en una casa perdida. Al llegar a 1463 ya nos estamos acercando al período del descubrimiento de América. El propósito de ir siguiendo estas referencias es que no nos quede un vacío de siglos en el que supuestamente Dios no tuvo a nadie.

Miguel Servet, la Biblia del Oso y una historia que no podemos borrar

El recuerdo de una iglesia entre calles de científicos

Luego encontramos al científico Miguel Servet, un hombre conocido en Europa y perseguido por lo que creía. No era un desconocido pintado en una pared. En mi recorrido lo menciono como un exponente fuerte de la unicidad y también por su trabajo sobre la circulación de la sangre. Me produjo una alegría particular recordar dónde habíamos comprado un local para la iglesia en España. Estaba en una esquina, frente al hospital civil. Como las calles de ese sector llevaban nombres de científicos, una de las cercanas se llamaba Doctor Fleming, por el descubridor de la penicilina, y la que llegaba directamente a la iglesia se llamaba Miguel Servet.

Uno se encuentra así con el nombre de alguien de quien viene hablando y lo ve reconocido en un ámbito que no se limita a la discusión religiosa. Servet publicó una primera obra siendo muy joven, alrededor de los veinte años; lo menciono también por sus intereses en arquitectura y otros campos. Murió antes de los cincuenta y ya era famoso. No debemos quedarnos con la idea de que él era la única persona que creía aquello. Al mencionar un nombre conocido estamos mirando un exponente, pero el hilo que estamos siguiendo incluye una corriente de personas que creían en la doctrina del nombre.

Casiodoro y la memoria que queda fuera de los relatos más conocidos

Al hablar de quien tradujo la Biblia, menciono a Casiodoro y su relación con la unicidad, con el modalismo. También recuerdo la Biblia del Oso, llamada así por el oso que lleva en la portada. Son referencias que me alegran porque muestran que no estamos hablando sólo de personas desconocidas. Lo que recibimos no fue una idea escondida que apenas sostuvieron dos o tres. Hubo una corriente de pensamiento que quedó tapada porque se la consideró hereje. Por eso hay que aprender a buscar más allá de lo que ocupa los primeros lugares en los relatos habituales.

En Colombia conocemos algo de esa experiencia. Sostenemos una obra grande y, sin embargo, casi no nos mencionan. Vemos a otros grupos en la televisión y a veces nos entra complejo. Alguno pregunta cómo es posible que aparezca Enrique Gómez y nosotros no. Pero ¿quién dijo que salir en televisión significa estar haciendo más? «Si la Iglesia crece y no la reconocen, sigue creciendo», porque la falta de reconocimiento público no elimina lo que está pasando. De la misma manera, el poco espacio que una historia dedica a un movimiento no demuestra que aquel movimiento no haya existido o no haya tenido fuerza.

Azusa tiene su lugar, pero Dios no comenzó a obrar allí

Nadie está negando lo que pasó en Azusa. Reconozco que fue de Dios, pero no podemos permitir que se nos diga que fue lo único que Dios hizo, ni que toda nuestra historia empieza allí. También hay que reconocer que aquel movimiento llegó entre trinitarios; no nació como una obra de nuestra organización. ¿Cómo vamos a aceptar que desde los años 100 o 120 hasta 1900 Dios no derramó su Espíritu sobre nadie? ¿Que no se reveló, no se manifestó y no tuvo testimonio? Una historia así deja demasiado fuera de lo que estamos viendo. Primero nos presentan oscuridad hasta Lutero y después nos hacen creer que seguimos sin Espíritu Santo hasta Azusa. No podemos plegarnos a una narración tan acomodada. La obra de Dios no cabe en los límites de quienes escriben la historia ni en los de nuestras instituciones.

Dios busca a quien escuche su voz

Dios no tiene fronteras; lo comparo con el agua: si se suelta, busca y busca por dónde correr. Él busca a alguien que lo escuche. Llama, y si alguno oye y abre la puerta, entra. Puede encontrar una respuesta donde nosotros ni siquiera habíamos pensado mirar. A veces estamos tan acomplejados que queremos creer que Dios se casó con nosotros y que no va a salir de aquí, no importa lo que hagamos. Estamos equivocados: o andamos con él como debemos, o no podemos pretender que el nombre que llevamos nos asegure su aprobación.

Conocer la doctrina nos exige también portarnos bien, pues Dios quiere una vida consagrada y quiere ocupar el primer lugar. No podemos decir que tenemos la doctrina y usarlo para descuidar la obediencia. Bienaventurado el siervo que da el alimento a tiempo al rebaño del Señor. Dios nos puso para atender las ovejas, no para apacentarnos solamente a nosotros mismos. Eso no quiere decir que los pastores no tengamos derecho a comer; también lo tenemos. Pero no debemos olvidar para qué estamos allí: ese pueblo es de Dios y tenemos que cuidarlo.

Emanuel Swedenborg y el valor de una verdad por la que se entrega la vida

Más adelante aparece en este recorrido Emanuel Swedenborg. Al encontrar estas referencias me alegro de una manera profunda. Me bendice reconocer la verdad de Dios a través de la historia; hay momentos en que eso me mueve más que muchas otras cosas. A veces nos emocionamos cantando y, si examinamos lo que dice la canción, descubrimos que lo que nos mueve es el ritmo, porque las palabras ni siquiera tienen sentido. Por eso, cuando hablo de alguien que vio el cielo, me importa que sea el cielo de Dios, que haya contenido en lo que se está afirmando. No basta con la emoción.

Este es el Evangelio que tenemos que predicar con claridad. Hubo hombres que por la creencia en un solo Dios se dejaron quemar, matar y perseguir. Dejaron su fama, su carrera y su dinero. Tuvieron que huir, salir de su patria y perder lo que tenían. Amaron esta doctrina hasta morir.

«Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida».

Exhortación bíblica citada en el mensaje

Nos gusta entender esa expresión como ser fieles hasta que nos muramos. Pero también puede significar ser fieles aunque nos maten. Hay una diferencia: no sólo perseverar hasta una muerte natural, sino no abandonar la fe ante la amenaza de perder la vida.

Hubo tiempos de persecución y angustia, pero no se apagó la doctrina del Señor, y eso me da fuerza. Si dijéramos que durante mil seiscientos o mil setecientos años todo quedó en oscuridad, estaríamos hablando de la mayor parte de dos mil años de historia: un setenta o un setenta y cinco por ciento del tiempo sin luz. Nos quejamos si se va la luz durante un par de días. ¿Cómo recibimos con tanta tranquilidad la idea de mil quinientos años de oscuridad? No puedo aceptar eso, porque la promesa bíblica y el hilo que encuentro en la historia me llevan a afirmar que Dios no abandonó su testimonio.

«Jehová Jesús» y la responsabilidad de dejar la doctrina por escrito

Las lecciones de R. D. Weeks

Al llegar a 1876 menciono la obra Jehová Jesús, de R. D. Weeks, y tengo ese libro. De aquella época es la obra sobre la unicidad que conozco y destaco, en medio de la escasez de libros que nos han llegado. En realidad, no comenzó como un libro escrito de esa manera. Weeks enseñó unas lecciones y otro hermano las recopiló y las publicó. Al recordar esa recopilación, la relaciono con el padre de un hermano que fue misionero en Perú y Ecuador.

No es una obra grande en extensión, pero está presentada de forma académica, bien expuesta y bien explicada. También la menciono al hablar del temor que a veces nos da expresarnos: estamos tan prevenidos contra la idea de hablar de dos que podemos terminar teniendo miedo de decir lo que creemos. Debemos afirmar la verdad con claridad, sin que ese temor nos impida explicarla. El hecho de que aquellas lecciones terminaran en un libro nos deja una enseñanza. A los hermanos de la unicidad no nos ha gustado mucho escribir; y me incluyo, para meternos todos en la misma bolsa. Pero tenemos que conservar para la posteridad lo que Dios nos ha dado.

Que quede escrito para la generación venidera, para que los que están por nacer conozcan y adoren a Dios.

Idea bíblica recordada en el mensaje, expresada como paráfrasis

Así como Dios ha guardado la verdad a través de los siglos, tenemos una responsabilidad con quienes vienen después. No podemos dejarles sólo recuerdos vagos y esperar que entiendan lo que nosotros creíamos.

Por qué cambié de opinión sobre grabar mis sermones

Yo también he sido culpable, pues no siempre quise escribir y no me gustaba que quedaran grabados mis sermones. Después comprendí que estaba equivocado, y he escogido algunos y los he puesto a disposición, procurando que no sean caros. He recibido testimonios de personas que se han convertido al escucharlos, de otras que se han reconciliado y de quienes han recibido ánimo para seguir. Cuando veo eso, entiendo que vale la pena conservar lo que predicamos.

También debe quedar lo que hemos discutido, reflexionado y estudiado en nuestras reuniones. Si hablamos siete u ocho horas, podemos equivocarnos en algo. ¿Qué pasa con eso? Si de treinta y cinco cosas quedan treinta y dos o treinta y tres verdades y hay dos o tres mal dichas, se corrigen o se quitan. No podemos esperar que alguien hable tantas horas y no tenga que ajustar nada. Lo importante es que quede el alimento, porque la gente que viene después necesita dónde recibir la Palabra de Dios y conocer la doctrina. No podemos permitir que se vuelva a decir que pasaron siglos y no quedó nada que mostrara lo que creíamos.

Debemos dejar una exposición clara para que quien llegue después sepa que aquí hubo un pueblo que conoció al Señor. Si nos examinan, encontrarán errores. Nosotros mismos los hemos reconocido, nos hemos hecho autocrítica y hemos intentado corregirlos. Pero también encontrarán gente que creyó honestamente en un Dios todopoderoso que se manifestó como hombre y se llamó Jesucristo.

Que Dios nos guarde de nuestros errores. «La doctrina tenemos que conservarla, porque ha sido nuestra vida, el río del que hemos bebido y nos hemos nutrido por años.» No creo que haya un pastor que pueda decir con toda sinceridad que nunca se equivocó y que todo lo que predicó estuvo perfectamente dicho. A todos, en algún momento, se nos fue la liebre. Reconocerlo no nos obliga a soltar la verdad que recibimos. «Tenemos una verdad grande y no la vamos a perder.»

El movimiento del nombre desde 1913: una obra más amplia que nuestro entorno

Desde 1913 hasta nuestros días llegamos a los unitarios contemporáneos, al movimiento del nombre que conocemos más de cerca. Me regalaron en Estados Unidos un libro lleno de estadísticas sobre estos movimientos y también sobre los evangélicos en Colombia que no son del nombre. Al hablar de la historia me hubiera gustado tenerlo a mano. Pero, aun sin ese libro delante, hay algo que quiero dejar claro: no podemos seguir creyendo que donde no estamos nosotros no hay nombre ni unicidad. Eso no es verdad. Dios ha hecho una obra mucho más amplia que la que vemos desde nuestro propio lugar.

Las cartas desde Pakistán y el testimonio de un niño

Tenía un amigo, el hermano Hans, que fue a Pakistán. No me refiero al hermano del mismo nombre que estaba en Panamá, sino a otro. Mientras yo vivía en España, él me escribía y me contaba de lo que estaba ocurriendo con la predicación del nombre. Me decía que aquella gente era extraordinaria. Ver a un ciego sano o a alguien que no podía caminar levantarse no les producía el asombro que nos produciría a nosotros, porque encontraban milagros continuamente. Al hablar de Pakistán, de Bangladesh y de esa región, yo pensaba en personas que habían tenido fe puesta donde no correspondía y, al conocer a Cristo, la ponían en él y creían.

Su hijo estaba jugando y se cayó de una azotea. Se fracturó el cráneo y se abrió una fisura y salió masa encefálica. Lo llevaron al hospital y los médicos no les dieron esperanza. Según lo que le explicaron, aquel daño no se recuperaba y, aun si llegaba a sobrevivir, el pronóstico era muy grave. El padre estaba en una campaña y le avisaron. Mientras se ponía en camino, llegaron creyentes, entraron al cuarto y oraron por el niño. Cuando el papá llegó, encontró al hijo en la puerta, jugando fútbol. Ese es el testimonio que recibí. Por eso digo que la doctrina del nombre no está encerrada en Colombia. «No podemos medir toda la obra de Dios por lo que nosotros alcanzamos a ver.»

India, Rusia, Filipinas y el crecimiento en Colombia

La India tiene una Iglesia inmensa; también menciono la magnitud de la obra en Rusia. Y uno de los grandes avivamientos del movimiento de la unicidad que recuerdo ocurrió en Filipinas. Hay un libro sobre ese movimiento cuyo título, al recordarlo, relaciono con un viento. Conocí al hermano vinculado con aquella obra en una convención en Canadá; en el momento de contarlo no me venía su nombre. Lo que sí recuerdo es la fuerza de aquel avivamiento: fue una cosa arrasadora.

Lo comparo con lo que ha ocurrido en Colombia. Lo que ha pasado aquí no es común. Personas de otros países que conocen el mundo evangélico se asombran al enterarse del crecimiento de nuestra Iglesia. Hemos tenido años en que se fundaban tres o cuatro iglesias por semana. Y estamos hablando de iglesias, no de ventas de chorizos ni de puestos de arepas fritas que se pueden poner de un momento a otro. La gente no cambia de esa manera porque sí. Eso muestra la magnitud de lo que Dios ha hecho.

No es bueno que alguien nos venga a decir que ahora sí va a empezar a pasar algo, como si antes no hubiera pasado nada. Al contar esta historia hablo de setenta años de crecimiento. Eso también nos llena de cuidado y responsabilidad, pero nos recuerda que Dios lleva tiempo haciendo algo grande en nuestro país. Y lo ha hecho en otros países. El mundo no ha sido ajeno a su movimiento.

China: la obra que continuó en grupos pequeños

Recuerdo al misionero que estuvo en Cali y murió allí. Su esposa había sido viuda antes de casarse con él; su primer esposo había sido misionero en China. Allí habían trabajado ellos y otros misioneros, y Dios se había movido grandemente. Al hablar de aquellas dificultades menciono la revolución bóxer y luego la presión de un gobierno que quiso reunir a los distintos grupos bajo una sola dirección. En medio de la persecución, los hermanos tomaron una decisión: disolvieron las congregaciones visibles y se organizaron en células, grupos de veinte o treinta personas dirigidos por un hermano.

Si buscaban las iglesias como antes estaban organizadas, ya no las encontraban. La obra del nombre parecía haber desaparecido, pero los creyentes seguían reuniéndose en esos grupos; después, al morir Mao y abrirse un poco el espacio, apareció una Iglesia poderosa, con millones de creyentes. Al hablar de China y de Rusia menciono millones de pentecostales del nombre. Lo que quiero hacer notar es que Dios no se ha quedado quieto, mirando cómo se detiene su Iglesia. Ha hecho que esto corra y sigue corriendo.

Eso no nos exime de la responsabilidad de ir por todo el mundo. No podemos usar lo que Dios hace en otros lugares como excusa para dejar de trabajar. Pero sí nos anima saber que no se deja frenar por nadie.

¿Debemos esperar otro avivamiento para empezar a trabajar?

La antorcha del nombre de Jesucristo, de la unicidad de Dios, ha estado encendida a través de la historia. El movimiento que sigo desde 1913 no ha parado. Por eso llamo la atención cuando oigo que algunos están esperando el último avivamiento como si todavía no hubiera comenzado nada. Ese último ya pasó y está pasando. No estoy negando que Dios anunció una obra grande para los últimos tiempos; lo que señalo es dónde la estamos ubicando. Los últimos días comenzaron en Pentecostés, cuando Pedro explicó lo que estaba ocurriendo mediante la palabra profética sobre esos últimos días.

Si Cristo puede venir de repente, ¿cuándo sería ese último tiempo que seguimos colocando siempre más adelante? Tenemos que despertar y, lo que podamos hacer, hagámoslo. No podemos quedarnos esperando otra señal para empezar a trabajar. Esto es, como dice la expresión, «cayendo y corriendo como la iguana». No podemos pasar el tiempo diciendo que vamos a planificar y que vamos a planear, mientras dejamos para después lo que tenemos delante. «Lo que podamos recoger ahora, recojámoslo.» Lo que podamos alcanzar ahora, alcancémoslo.

Se acerca la noche, cuando nadie podrá trabajar.

Advertencia bíblica recordada en el mensaje

Llega la tarde y se acerca la noche, y esa conciencia nos llama a actuar. Y lo que nos sostiene al mirar hacia atrás es descubrir que Dios no nos dejó nunca. Hubo persecución, hubo errores y hubo angustia, pero esta fe siguió brillando. Tenemos en nuestras manos esta doctrina maravillosa y hemos recibido una historia que no comenzó con nosotros y una responsabilidad que no termina en nosotros. Demos gracias a Dios por lo que ha guardado y sigamos adelante en el nombre de Jesús.

Pastor: Alvaro Torres Forero

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