EL MATRIMONIO EN LAS MANOS DE DIOS: PRINCIPIOS BÍBLICOS PARA SUPERAR LAS CRISIS Y RESTAURAR EL HOGAR
Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.
Colosenses 3:13-15
Recuerdo a una hermana que un día pasó a testificar y decía: «Hermanos, yo me caí, me rompí la cabeza, me partí la columna, se me partió un brazo, se me partió un pie, pero gracias al Señor no me pasó nada». A veces me siento un poco parecida. Estoy con dificultades en mis ojos, problemas en las rodillas, en las piernas, en el colon, pero gracias al Señor sigo en pie. Al cumplir 70 años, viajando en el avión, oraba y le decía: «Señor, regálame fuerzas y salud, porque después de ti, mi familia y el servicio a tu obra son lo que más valor tiene para mí». De pronto sentí en mi corazón aquellas palabras que Dios le dijo al apóstol Pablo: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad». Y es maravilloso, porque mientras tomo la palabra y enseño, no siento dolor alguno; aunque al regresar a casa, cuando mi esposo me recoge en el aeropuerto, le digo con sinceridad: «Papi, me duele hasta el pelo». Aun con el desgaste físico, el Señor renueva las fuerzas para impartir su consejo.
Para leer las Escrituras recurro al teléfono móvil por causa del tamaño de la letra. Mi Biblia de estudio con letra grande es casi más alta que yo y muy pesada para llevarla en los viajes, y con los problemas de vista aún no han acertado con unos lentes ideales. En cierta ocasión le comenté a una doctora en Cali sobre las dificultades de mi visión tras comprar tantos pares de anteojos, y me contestó: «Agradezca que ve algo». Aquella respuesta me dejó en silencio, pero agradecida. En su gracia nos apoyamos, reconociendo que mientras tengamos aliento, su verdad debe ser proclamada con fidelidad.
La diferencia entre una casa y un verdadero hogar cristiano
Una casa y un hogar no son lo mismo. Una casa está compuesta por elementos materiales: los muebles, la lavadora, el juego de sala, los electrodomésticos y las comodidades físicas que logramos adquirir. En cambio, un hogar es algo enteramente espiritual y relacional: es Dios en primer lugar, seguido del esposo, la esposa y los hijos; es amor, misericordia, principios y valores fundados en la verdad divina.
En los tiempos actuales, las familias enfrentan crisis sumamente profundas porque se confunde lo material con lo esencial. Para que un hogar se mantenga en pie, es indispensable someter la naturaleza humana. El ayuno y la oración continua no resuelven los problemas por sí mismos, pues quien los soluciona es el Señor; sin embargo, el ayuno es el medio indispensable para quebrantar la carne, renunciar al ego y decirle al orgullo: «Tú te sujetas, tú te bajas, porque el Espíritu se tiene que levantar». O la carne mata al Espíritu, o el Espíritu hace morir las obras de la carne; ambos no pueden reinar simultáneamente en la misma casa.
Casa son los muebles, la lavadora y las cosas que tenemos; pero hogar es Dios primero, esposo, esposa, hijos, amor, valores y misericordia.
El valor de edificar sobre la roca frente a la cultura de matrimonios desechables
Mi esposo y yo vamos a cumplir cincuenta y tres años de casados: el mismo con la misma. Fuimos pastores en la Iglesia Central de Bogotá en tiempos hermosos, compartiendo con familias que recordamos con profundo afecto. A lo largo de estas más de cinco décadas de matrimonio y ministerio, he visto cómo las relaciones se enfrentan a pruebas que solo la presencia de Dios permite superar.
Hace más de treinta años, mientras mi esposo se encontraba en un viaje misionero en Argentina, una señora se me acercó desesperada tras la escuela dominical diciendo que su marido le era constantemente infiel en secreto cada vez que salía de viaje. Al verme tan tranquila, me preguntó: «¿Y usted dónde tiene a su esposo?». Le respondí que estaba en Argentina. Ella insistió: «Con lo hermosas que son las mujeres allá, ¿usted cómo puede estar tan segura de que él le es fiel si viajó solo?». Le contesté con firmeza: «Estoy tan segura como el aire que respiro, porque lo que me da total seguridad es que Dios está verdaderamente en el corazón de mi esposo». Cuando Cristo gobierna el interior de un individuo, no se requiere vigilancia humana; la fidelidad brota del temor reverente al Señor.
Hoy observo con dolor la fragilidad con la que muchos asumen el pacto matrimonial. En mi teléfono recibo constantemente mensajes de parejas jóvenes con apenas dos o tres años de casados diciendo: «Ya no quiero a mi esposa, estoy aburrido, ya no nos amamos, nos vamos a separar». Tratan la unión conyugal como si fuera un objeto desechable. Vemos también a muchas muchachas que se preparan profesionalmente pensando de antemano: «Estudio para tener lo mío por si me va mal en el matrimonio y tengo que divorciarme». Ese enfoque proviene de una corriente mundana que confunde la verdadera femineidad con un feminismo autosuficiente que proclama no necesitar del varón. En lugar de edificar con fe, entran a la relación esperando el fracaso, y la Escritura bien enseña que lo que el hombre teme, eso le sobreviene.
Nuestros cuatro hijos se casaron jóvenes. Cuando les aconsejaba que esperaran un poco más, una de mis hijas me respondió: «Mami, si decidimos casarnos es porque vimos en ustedes un matrimonio que vale la pena replicar». Esa respuesta me dejó reflexionando. Los hijos necesitan ver en sus padres un modelo coherente de estabilidad. En la vida matrimonial hay que desaprender muchas conductas erradas para aprender el diseño bíblico. Quien piense que ya se lo sabe todo en materia de pareja, revela su propia ignorancia, pues mientras estemos en este mundo, seguimos siendo alumnos en la escuela de Dios.
La realidad de los temperamentos y la necesidad de madurar en pareja
No existen los matrimonios perfectos; lo que tenemos es un Dios perfecto que va perfeccionando su obra en nosotros a través de los años. Yo me convertí al Evangelio a los trece años, procedente de un entorno familiar sumamente complejo, con un padre alcohólico, mujeriego y sumamente duro en el castigo físico, aunque responsable económicamente. Aquella dureza forjó un carácter firme, pero también dejó temores y complejos. Sin embargo, al conocer al Señor nació en mí una profunda pasión por su obra, anhelando de todo corazón servirle con el alma, la mente y el espíritu.
A los diecisiete años y seis meses me casé con un misionero. Mi esposo, el hermano Reinel, me llevaba diez años de diferencia y ya contaba con una trayectoria ministerial. Nuestro noviazgo se desarrolló por correspondencia; nos enviábamos cartas que todavía conservo intactas, y apenas nos vimos en tres ocasiones durante dos meses antes de que la junta de la iglesia le pidiera casarse para continuar en el campo misionero. Yo no tenía preparación técnica ni liderazgo previo en comités; solo tenía en claro la oración y la evangelización. La gente le advertía a él sobre el riesgo de casarse con una jovencita tan menor, pero Dios en su misericordia comenzó a procesarnos.
Llegar a la convivencia real es confrontante. Recién casados en La Paz, Bolivia, a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, tuvimos un desacuerdo por algo que mi esposo me dijo y que no me agradó. Reaccioné como una jovencita inmadura: tomé la cobija y me fui a dormir a otra habitación, esperando que él fuera a buscarme y a rogarme. Pasaron las horas: las once de la noche, la una, las dos de la mañana, y nadie apareció. Con aquel frío penetrante del altiplano, las mantas ni me calentaban. Miraba una maleta en el armario y pensaba: «Si tuviera dinero para un pasaje, me regresaría a Colombia ahora mismo». Ahí sentí arrepentimiento de haberme casado.
A la mañana siguiente preparé el desayuno con el corazón en silencio. Al terminar de comer, mi esposo me miró con calma, pero con firmeza de carácter, y me dijo: «Siéntate, vamos a dialogar. ¿Por qué te fuiste al otro cuarto? ¿Por qué tuviste esa reacción? Yo siento de parte de Dios que tú y yo tenemos un futuro ministerial en sus manos, pero no podremos llegar a servir eficazmente en su obra si primero no trabajamos nuestra relación de pareja. Espero que esto no vuelva a suceder jamás». Jamás volví a irme a otra pieza. Aquella lección me enseñó que los conflictos se resuelven hablando con madurez, no con berrinches emocionales ni caprichos infantiles.
Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican.
Salmos 127:1
El matrimonio no funciona como un horno microondas donde se presiona un botón y todo sale al instante. Es un proceso de paciencia, sabiduría y continuo pulimiento. Nadie se casa con un ángel ni con un ser fabricado en serie. Dios nos hizo con personalidades, culturas y trasfondos distintos. El error radica en pretender que el cónyuge sea una copia exacta de uno mismo; la estabilidad se alcanza reconociendo esas diferencias y sometiéndolas al señorío de Cristo.
El verdadero enemigo en el matrimonio: la lucha contra la propia carne
El mayor adversario de tu matrimonio no es tu cónyuge, ni tus suegros, ni las circunstancias externas; el enemigo más grande con el que batallas a diario es tu propia carne, tu propio ego y el orgullo que se niega a menguar. Cuando una persona aprende a vencer su propio «yo», tiene la victoria asegurada sobre el mundo y sobre las asechanzas del adversario.
El apóstol Pablo, con toda la altura de su ministerio, azotes, vigilias y naufragios, reconoció abiertamente esta tensión espiritual al declarar que el bien que deseaba hacer no lo hacía, y el mal que no quería, ese terminaba haciendo, exclamando: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?». Para la psicología moderna que solo busca elevar el ego humano, esa expresión suena destructiva, pero en el reino de Dios representa el principio de la liberación: admitir la propia debilidad e incapacidad humana para depender absolutamente de la gracia.
Muchas dificultades conyugales no se manifiestan necesariamente a través de gritos estruendosos. La ira en el hogar puede operar de dos maneras: como una tormenta con rayos, vientos y truenos devastadores, o como una llovizna suave, constante y silenciosa que, con palabras sarcásticas, frías o despectivas, empapa y destruye el corazón del cónyuge con la misma fuerza destructiva. Decirle al esposo o a la esposa con tono calmado: «Tú no sirves para nada, con razón me decían que no me casara contigo», hiere tan profundamente como el peor alarido. Y la Escritura es tajante:
La ira del hombre no obra la justicia de Dios.
El cónyuge que tienes a tu lado no es una equivocación; es la persona que Dios te entregó. Sin embargo, ambos llegaron al altar como piedras en bruto, como esmeraldas u oro recién extraído de la mina: ásperos, cubiertos de impurezas y opacos. Para que adquieran brillo, valor y belleza, es necesario someterse a las herramientas del orfebre divino. El proceso de pulimiento suele ser doloroso, pero es el único camino para que el matrimonio refleje el testimonio de Cristo en una sociedad corrompida.
El esposo como sacerdote del hogar y restaurador de la familia
El orden bíblico coloca al varón como cabeza de la esposa, así como Cristo es la cabeza de la iglesia. Esta posición no constituye un permiso para la tiranía ni para el autoritarismo, sino un llamado sagrado al sacerdocio y al cuidado espiritual de la casa. En la cabeza se encuentran los ojos, los oídos, la boca y la mente; de allí brota la dirección y el discernimiento para proteger el entorno familiar.
Conocí el testimonio de un destacado predicador y autor que, al inicio de su matrimonio, notó que su esposa manifestaba severos cuadros de inestabilidad emocional, cambios bruscos de humor y tendencias depresivas que no habían aparecido durante el noviazgo. Ante esa realidad dolorosa, aquel hombre entendió que tenía dos caminos: cansarse y dejar que el hogar se fuera a la ruina, o asumir su papel sacerdotal delante del Señor. Decidió apartarse varios días en oración y ayuno, suplicando: «Señor, revélame qué le ocurre a mi esposa y dame de tu unción para ayudarla, porque no quiero ser un predicador que enseñe a multitudes mientras mi primera oveja se desmorona en casa».
Cuando regresó renovado por el Espíritu, se sentó con ella con paciencia, sin reclamos ni gritos, y le dijo: «Mi amor, aquí tienes a tu sacerdote. He estado ayunando por ti; abre tu corazón, cuéntame tus heridas, porque vamos a salir juntos de esto con la ayuda de Dios». Aquella mujer rompió en llanto y pudo desahogar traumas profundos de su niñez que mantenía reprimidos. Él no la criticó; la cubrió con paciencia y oración diaria hasta verla completamente sana y restaurada en una sierva fructífera para el reino. ¡Cuánto escasea esa actitud en muchos varones hoy en día! Se ve con frecuencia a las mujeres de rodillas en los templos rogando por la conversión o la tibieza de sus maridos, pero son contados los esposos que claman, gimen y ayunan con insistencia para que sus esposas sean sanadas de sus dolores internos.
La paz interior que sostiene a un hogar no depende de la ausencia de aflicciones, sino de la confianza depositada en Dios. Hace dos años atravesé una de las pruebas más desgarradoras de mi existencia: me encontraba en Houston despidiendo en su sepultura a mi hijo de cuarenta y cinco años, quien partió a causa de un cáncer de colon, mientras simultáneamente mi hija de cuarenta y siete años permanecía aislada en una clínica de Bucaramanga recibiendo yodoterapia para combatir
