LA FE QUE ROMPE LA ESTERILIDAD ESPIRITUAL
En el camino de la vida cristiana, a menudo nos encontramos con desafíos que ponen a prueba nuestra fe. Uno de los mayores es la denominada "esterilidad espiritual", un estado en el que, a pesar de seguir los ritos y las prácticas religiosas, no se experimentan las manifestaciones sobrenaturales de Dios. La historia bíblica de Elisabet, una mujer irreprensible junto a su esposo Zacarías, sirve como una poderosa analogía para aquellos creyentes que, viviendo una vida aparentemente correcta, no ven los milagros que anhelan. Elisabet, aunque justa, era estéril, una condición que representaba la ausencia de lo extraordinario en su vida.
Cuando la oración parece no traer resultados tangibles, cuando no se vislumbran los milagros, es posible que estemos ante una esterilidad espiritual. Un milagro, como se describe, es una intervención divina directa. Como se ha compartido, hay quienes han sido testigos de 365 milagros al día, una clara señal de la constante intervención de Dios en la vida de quienes creen. Si usted ora y no ve milagros, o si se considera un cristiano que no experimenta lo sobrenatural, la reflexión es pertinente: ¿hay esterilidad espiritual? Esta fue la realidad de Elisabet y Zacarías, personas íntegras que, sin embargo, carecían de la descendencia que tanto anhelaban, un símbolo de la ausencia de fruto visible en sus vidas.
¿Cómo la duda obstaculiza el camino hacia lo milagroso?
A pesar de su irreprensibilidad y su devoción, Zacarías y Elisabet nunca habían tenido la oportunidad de tener un hijo. Eran personas acostumbradas a cumplir el propósito religioso, no eran malas, y la Biblia testifica que andaban “irreprochables”. Sin embargo, el "sin embargo" de la vida se interponía. La intervención divina llegó cuando el ángel Gabriel se le apareció a Zacarías en el templo, anunciándole que su esposa daría a luz. Es en este punto donde se revela un factor crucial que impedía a Zacarías dar el paso a las "tierras milagrosas": la duda.
Zacarías, al escuchar la noticia del ángel, preguntó: "¿Y cómo conoceré que lo que tú me dices es verdad?". Esta pregunta, dirigida a un ser celestial, un ángel que no se ve pero se manifiesta, denotaba una incredulidad. La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Para acceder a la tierra de los milagros y ver cosas grandes con nuestros propios ojos, es imperativo erradicar todo pensamiento de duda.
"Para que usted pueda entrar en la tierra de los milagros, para que usted pueda ver con sus ojos cosas grandes, tiene que quitar todo pensamiento de duda."
La fe es el medio por el cual agradamos a Dios. Sin ella, es imposible complacerlo, porque "el que le cree a Dios tiene que acercarse a Dios, porque Dios galardona, Dios premia, Dios recompensa a quienes a los que creen". La fe no coexiste con la lógica humana; es una elección entre nuestra fe o nuestro pensamiento racional. La idea de ser un "buen cristiano" sin creer en lo sobrenatural es una contradicción, pues la fe trasciende la lógica.
Fe más allá de la lógica: ¿Puede un burro hablar?
La narrativa bíblica está repleta de eventos que desafían toda lógica. ¿Quién diría que un gallo puede cantar o un burro hablar? Los burros, por naturaleza, rebuznan. Sin embargo, la Biblia relata que un burro habló. ¿Cómo se abrió el mar para dar paso a un pueblo? Con una vara, el mar se abrió. ¿Cómo una zarza ardió y habló? ¿Cómo el agua se convirtió en vino? Donde Dios interviene, el milagro es una certeza. Si Dios interviene en la vida de alguien, algo milagroso sucederá.
La generación actual, a menudo, intenta encasillar a Dios dentro de su propia lógica. Se escuchan argumentos de filósofos y académicos que, desde su perspectiva intelectual, niegan la existencia de Dios, reduciéndolo a una mera "imagen religiosa" creada por el hombre. Sin embargo, para los creyentes, Dios es una realidad palpable. La ciencia misma, en su esencia, emana de Dios. Las cosas manifiestas de su eterno poder y deidad se hacen visibles a través de su creación. No hay excusas para no reconocerlo.
¿Qué significa la mudez espiritual de Zacarías?
Zacarías, al dudar del mensaje de Gabriel, quedó mudo. Esta mudez representa a aquellos cristianos que, aunque buenos, callan. La vida cristiana también se expresa a través de la palabra profética. La mente puede determinar quién es el hombre, pero la palabra que pronunciamos revela lo que creemos, pues "de la abundancia del corazón habla la boca". Pablo mismo afirmó: "Yo creí, por lo tanto hablé". No se puede hablar con convicción, certeza y seguridad de algo que no se ha vivido. Cuando alguien testifica: "Dios me sanó, Dios me libertó, Dios me habló, Dios me dijo", hay una seguridad inquebrantable.
La mudez de Zacarías simboliza una falta de testimonio, una incapacidad para declarar las maravillas de Dios. "El que calla otorga", y en el contexto espiritual, el silencio puede ser interpretado como incredulidad. Para muchos, especialmente los judíos, no basta solo con escuchar; necesitan ver. Jesús mismo afirmó que "los judíos buscan señales". Un judío, al encontrarse con la iglesia, no se conformará con una simple predicación; querrá ver la manifestación del poder de Dios.
¿Qué revelamos con nuestro estilo de vida?
Si se hiciera una "radiografía" de nuestra vida, ¿qué mostraría? ¿Miedo? ¿Temor? Un cristiano que muestra temor no puede predicar eficazmente a aquellos que buscan señales. Dios no nos ha dado "espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio". Lo que mostramos, lo que somos y cómo hablamos, tiene un impacto mucho mayor que solo las palabras que pronunciamos. Zacarías era un buen hombre, pero estaba acostumbrado a la rutina, a "lo mismo".
Es imperativo romper con la monotonía espiritual. Cada experiencia de adoración debe ser extraordinaria, de lo contrario, nos convertimos en un "religioso más". La religiosidad, con sus tradiciones y leyes humanas, a menudo distorsiona la esencia del evangelio. El apóstol Pablo, al visitar Atenas, observó altares a todos los dioses, incluyendo uno "al Dios no conocido". Él proclamó a ese Dios, aquel que no habita en templos hechos por manos humanas ni es honrado por hombres, pues Él es el dueño de todo conocimiento, inalcanzable por la sabiduría humana.
La gracia del evangelio frente a la religiosidad humana
Zacarías, aunque bueno, carecía de algo esencial. El ángel Gabriel, presentándose como el mensajero de Dios, le aseguró que había un milagro para él, aunque su momento no fuera el mejor y se hubiera acostumbrado a una vida estéril. Este mensaje es para salir de lo ordinario y entrar en lo extraordinario. Los cristianos no deben vivir por tradiciones o por un amor que solo se direcciona por mandatos externos, sino por un amor genuino a Dios que nos guía desde dentro.
Dios no nos pide que dejemos de hacer cosas por prohibiciones externas. Él nos convence desde el corazón. Imponer leyes adicionales a lo que Dios ya estableció, como hizo Israel con sus 613 leyes que nadie podía cumplir, es contrario a la gracia. Jesús vino para ofrecer un camino diferente: "Échame toda tu ansiedad y ámame. Si te equivocas, hay perdón, hay redención. Humíllate que yo te levanto." Esta es la esencia del evangelio. La Biblia promete que "el que ande por este camino, por muy torpe que sea, no se va a perder".
"El que ande por este camino, por muy torpe que sea, no se va a perder."
El nacimiento de Juan el Bautista: Un silencio roto por Dios
La aparición del ángel rompió el silencio que había en la vida de Zacarías y Elisabet. Cuando Elisabet cumplió el tiempo de su alumbramiento, quedó embarazada, un testimonio de que para Dios no hay edad que impida un milagro. Los vecinos y parientes se regocijaron. Al octavo día, cuando fueron a circuncidar al niño, preguntaron cómo se llamaría. La madre, Elisabet, afirmó: "Se llamará Juan". Ante la objeción de que no había nadie con ese nombre en la familia, preguntaron a Zacarías, quien aún estaba mudo.
Zacarías, a quien el ángel había dicho que quedaría mudo "por cuanto no has creído" hasta que viera el milagro, pidió una tablilla y escribió: "Juan es su nombre". En ese mismo instante, su boca fue abierta y su lengua suelta. Comenzó a hablar las maravillas de Dios y a bendecirlo. El temor se apoderó de los vecinos, y estas cosas se divulgaron por todas las montañas de Israel, haciendo que todos se preguntaran: "¿Quién es, pues, este niño?". La mano del Señor estaba con él.
Juan el Bautista: La voz que clama en el desierto
Juan el Bautista representa el propósito inquebrantable de Dios. Era necesario que una voz anunciara la venida del Señor, un pregonero, como lo profetizó Isaías 700 años antes en el capítulo 40: "Voz del que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios". Las palabras de Dios no quedan en el aire; Él las pone por obra. La profecía hablaba de un niño que nacería antes del "Niño" (Jesús), siendo Juan el precursor que prepararía el camino.
En el momento del nacimiento de Juan, el ángel Gabriel, en lugar de regresar al cielo, recibió otra misión: ir a una joven de catorce años, María, prima de Elisabet, para anunciarle el nacimiento del segundo Niño. María, al escuchar el plan divino, con humildad y fe, respondió: "Hágase conmigo conforme a tu palabra". Ella creyó sin conocer varón y quedó embarazada.
Cuando María visitó a Elisabet, quien ya tenía un embarazo más avanzado, ocurrió algo extraordinario. Al sentir la pisada de María, el niño en el vientre de Elisabet, Juan el Bautista, "saltó" o "brincó". Este salto fue una manifestación del Espíritu Santo, un reconocimiento del que estaba en el vientre de María, el Mesías. Juan, aun no nacido, sintió la presencia de Aquel que haría temblar las naciones, el "Deseado de las naciones", cuya gloria postrera sería mayor que la primera.
El desierto: Un lugar de intimidad y propósito
Juan el Bautista, hijo de un sacerdote, gozaba de privilegios inherentes a su linaje levítico. Los levitas vivían de lo que Dios les proveía, no tenían herencia de tierra, pues Jehová era su herencia. Sin embargo, la Biblia relata que cuando Juan nació, se fue a lugares desérticos. Este acto simboliza una renuncia a los privilegios y una búsqueda de intimidad con Dios. El desierto es un lugar donde Dios se revela más profundamente, donde muestra su amor de una manera que no se experimenta en los "palacios" de la comodidad.
El "vestido de piel de camellos" de Juan tiene un significado profundo: representa a aquellos que soportan la carga, que llevan el peso de la obra de Dios. En tiempos de grandes acontecimientos proféticos, se necesita gente con carga, con un propósito claro. No se trata de buscar beneficios personales o riquezas, sino de tener un compromiso inquebrantable con la misión divina. Muchos, como se ha visto en figuras públicas, comienzan con un propósito, pero el atractivo de la fama, la vanidad y las riquezas los desvía, haciendo que renuncien a su fe.
"Quítate el vestido de los privilegios y ponte un vestido de camello en esta noche. La carne vive, la carne viva sufre por servir. No es para cualquiera."
El servicio a Dios, especialmente en lugares desafiantes, requiere carga y sacrificio. No triunfará la persona superficial ni la que carece de fe. El propósito de Dios se cumple con aquellos que están dispuestos a ir al desierto, a renunciar a sus propios planes para abrazar los de Dios. El plan divino es siempre superior. Dios proveerá, pero la prioridad es vivir en su propósito. En el desierto, no se necesitan recomendaciones humanas, porque se tienen las divinas; no se buscan puertas terrenales, porque Dios ya ha abierto las del cielo.
La comida de Juan: Langostas y miel, un símbolo de fortaleza espiritual
Juan el Bautista, en el desierto, cambió la dieta tradicional de los sacerdotes por una "comida especial": langostas y miel. Ambos elementos poseen un simbolismo poderoso. Las langostas, en los tiempos del profeta Joel, representaban un ejército que devoraba las cosechas, una plaga devastadora. Juan, al comer langostas, estaba "devorando al devorador", transformando lo que era una amenaza en una fuente de fortaleza. Esto nos enseña que aquello que no nos mata, nos hace más fuertes. Como David frente a Goliat, Juan cambió la perspectiva del problema, enfrentándolo y venciéndolo.
La miel, por su parte, es un tipo de la Palabra de Dios, dulce y nutritiva para el espíritu. La combinación de langostas y miel en la dieta de Juan simboliza la capacidad de enfrentar los desafíos (devorar al devorador) y de nutrirse constantemente de la Palabra de Dios. Este asunto es con la Palabra de Dios, porque "no son sus dichos, es lo que Dios dice".
El mensaje de Juan y el encuentro con Jesús
En el capítulo 3 de Mateo, Juan el Bautista se manifestó públicamente, predicando un mensaje de bautismo para arrepentimiento. Proclamó con autoridad que Dios podía sacar hijos de Abraham de las piedras, y que "el hacha está puesta a la raíz de todo árbol, y el que no da fruto será cortado y echado en el fuego". Miles acudían al Jordán para ser bautizados por él.
Un día, Jesús, después de ser tentado en el desierto, llegó donde Juan estaba bautizando. Juan, sintiendo la misma gloria que experimentó en el vientre de su madre, lo reconoció. Dejó a quienes estaba bautizando y exclamó: "Este es el que yo digo. Yo os bautizo con agua para arrepentimiento, pero hay uno que viene, el cual no soy digno de desatar sus zapatos; él os bautizará con Espíritu Santo y con fuego." Y añadió: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo."
Esta declaración de Juan fue la respuesta a una pregunta milenaria. Isaac, hijo de Abraham, preguntó a su padre en el monte Moriah: "Papi, ¿dónde está el cordero?". Ni Abraham, ni Moisés, ni Elías, ni David pudieron responder esa pregunta. Solo Juan el Bautista, señalando a Jesús, pudo decir: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo."
El ministerio demoledor de Juan, un eco de Elías
Malaquías capítulo 4, verso 5, profetizó: "He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible." Esta profecía se refería a Juan el Bautista, cuyo ministerio era muy similar al de Elías: un mensaje demoledor, sin filtro, que hablaba la verdad a la cara. Elías prepararía el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres, "no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición". El Antiguo Testamento termina con la palabra "maldición", y tras 400 años de silencio, aparece Juan con un mensaje no de maldición, sino de salvación y vida eterna.
La necesidad de valor para predicar es innegable. La generación actual, especialmente los jóvenes y las familias, necesita recibir esta palabra de valentía. Cuando Juan se postró a los pies de Jesús, pidiéndole que lo bautizara, Jesús le dijo: "Lo que está escrito, escrito está; cumplamos toda justicia." Juan, con lágrimas en los ojos, se sintió privilegiado de bautizar a Aquel que no necesitaba bautismo, al que era sin pecado, sin mancha ni contaminación. En ese momento, al bautizarlo, una voz del cielo se escuchó: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia." Esta fue una señal y confirmación para el ministerio de Juan.
Jesús, aunque nacido como niño y vivido como hombre, fue la manifestación de Dios en carne. Fue sepultado como mortal, pero resucitó al tercer día, porque "indefectiblemente él es Dios".
El desierto: Crisol del ministerio
Juan el Bautista representa un ministerio demoledor, uno que soporta aflicciones y sobrevive en el desierto. La "joroba del camello" simboliza la capacidad de soportar cargas y reservar fuerzas. El desierto es para gente que lleva carga, que vive donde otros mueren, que sigue adelante aunque otros abandonen. "Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas te librará el Señor." La soledad y el desierto son los lugares donde Dios comienza a respaldar y promover el ministerio. No es un lugar para personas comunes o con "vestiduras delicadas", que se encuentran en los palacios.
Incluso Juan, en la cárcel, experimentó una crisis de duda, preguntándose si Jesús era realmente el Mesías o si debían esperar a otro. Jesús, conociendo la aflicción de Juan, respondió: "Díganle a Juan que los ciegos ven, los mudos hablan, los paralíticos danzan, y a los pobres les es anunciado el reino de los cielos." Esta respuesta, llena de los milagros que Juan anhelaba ver, confirmaba la identidad de Jesús.
Juan, en su humildad, declaró: "Es necesario que yo mengüe y que él crezca." Esta es una lección fundamental: renunciar a nuestros planes para que el plan de Dios prevalezca. Se necesita un "espíritu de entrega" y pasión por la obra. Dios está abriendo puertas y haciendo cosas extraordinarias, pero requiere personas dispuestas a llevar la carga, a vestirse de camello, a decir: "Lo que tú quieras, Señor, cuando tú quieras, a la hora que quieras."
Conclusión
Dios quiere eliminar el "pero" de nuestras vidas, esa objeción que nos impide ver y vivir lo milagroso. Si usted anhela una intervención directa de Dios en su vida, este es el momento de creer. Jesús dijo de Juan el Bautista que "de los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan." Sin embargo, añadió: "Pero os digo que todos los que nacen en la gracia, mayor serán que Juan." Esta es una perspectiva gloriosa: por la gracia, podemos superar incluso la grandeza de Juan el Bautista.
La invitación es a ponerse "la piel de camello", a asumir la carga de la obra de Dios con un corazón sincero e íntegro. La presencia de Dios está aquí, lista para derramarse de manera extraordinaria. Es un llamado a la acción, a un acto de fe, a decirle al Señor: "Necesito de tu presencia." Que el mensaje de Juan resuene en nuestros corazones: es necesario que nosotros mengüemos para que Él crezca. Solo así, con un espíritu de entrega y pasión, veremos la salvación y el poder milagroso de Yeshua manifestarse en nuestras vidas.