EL JUICIO FINAL ANTE EL GRAN TRONO BLANCO Y LOS CINCO TRONOS DE DIOS
Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.
Apocalipsis 20:11-15
Hay un juicio final que le espera a la humanidad. Hay un gran trono blanco que está esperando a todos los desobedientes y a todos los rebeldes, cuando ellos resuciten para comparecer frente a él y frente al que está sentado en ese estrado supremo. La Escritura nos habla de múltiples juicios, pero los estudiosos de la escatología han señalado con claridad siete juicios principales, y entre ellos, el último de todos es el juicio ante el gran trono blanco.
Para comprender la magnitud de este acontecimiento, es necesario entender que la Biblia enseña la existencia de cinco tronos fundamentales. Frente a cada uno de esos tronos hay una comparecencia: algunos comparecerán para un propósito y otros comparecerán para otro totalmente distinto. El gran trono blanco es el último trono ante el cual los seres humanos habrán de presentarse.
La importancia de discernir frente a qué trono estamos hoy
Cierto día me encontraba en una congregación y la persona que dirigía la alabanza le pidió a la congregación: «Por favor, cierren los ojos todos y adoremos porque estamos frente al gran trono blanco». En ese instante abrí los ojos y pensé: «Yo no estoy ahí». Por situaciones como esta es que la escatología resulta indispensable para el creyente.
Hoy no estamos frente a ese tribunal de condenación. Según leemos en Hebreos 4:16, los creyentes nos acercamos confiadamente ante el trono de la gracia. Ese trono quedó plenamente establecido con la primera venida del Señor Jesucristo, consumado con su muerte expiatoria, su gloriosa resurrección y su ascensión a los cielos. Allí permanece sentado Jesucristo como nuestro sumo sacerdote, extendiendo misericordia y gracia para el oportuno socorro. Todo aquel que hoy acude a ese trono no se encuentra con un Dios airado ni encolerizado, sino con un Dios compasivo que anhela manifestar su favor inmerecido a la humanidad.
En el primer capítulo de Apocalipsis encontramos la revelación gloriosa de Jesucristo en su dignidad sacerdotal. El apóstol Juan relata que se volvió para ver la voz que hablaba con él, y vio siete candeleros de oro —que simbolizan los períodos o etapas de la iglesia en la tierra— y en medio de ellos a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Esa vestidura no describía a un rey, sino al sumo sacerdote. El cinto de oro cruzado sobre el pecho era el distintivo del sumo sacerdote al concluir su labor en el lugar santísimo.
En el ritual antiguo, cuando el sacerdote salía tras haber rociado la sangre expiatoria y colocaba el cinto cruzando su pecho, los demás sacerdotes afuera comprendían de inmediato que la ofrenda había sido aceptada. A partir de esa señal comenzaba el regocijo de la fiesta de Yom Kipur: Dios manifestaba que estaba propicio con el pueblo. Cuando el Señor se le reveló a Juan en la soledad de la isla de Patmos, lo hizo mostrándole que el sacrificio perfecto ya se había presentado, no en un santuario terrenal hecho por manos humanas, sino en el santuario celestial. Nos reveló que vivimos bajo una dispensación de misericordia donde Dios ha mostrado su complacencia hacia nosotros por medio de la sangre derramada en el Calvario.
Hoy no importa qué clase de pecado haya cometido alguien ni hasta dónde haya descendido: si viene y se postra delante del trono de la gracia, el Señor abre sus brazos para recibirlo.
No necesitamos inventar ceremonias veterotestamentarias pretendiendo calmar a Dios o inducirlo a contentamiento. Dios ya miró con agrado la obra de su Hijo; él no está airado con el redimido. Frente a ese trono de gracia presentamos nuestra alabanza, seguros de que él recibe con gozo a los que lavó con su propia sangre.
El trono de la adoración y la coronación del Rey
Cuando la iglesia sea arrebatada y llevada a la presencia de Dios, el trono de la gracia dará paso a una nueva realidad en el cielo: el trono de la adoración. En este tiempo presente adoramos y glorificamos a Dios continuamente, pero la comparecencia descrita en Apocalipsis capítulos 4 y 5 pertenece al momento en que la dispensación de la gracia haya culminado y se abra paso la dispensación del reino.
Juan fue arrebatado en el espíritu y vio un trono establecido en el cielo y a uno sentado en él. En ese escenario, quien ocupaba el lugar como sumo sacerdote se manifestará plenamente como Rey soberano. Aquel mismo Jesús que padeció la ignominia, colgado de un madero en el cuerpo de su humillación, ocupará el trono de la adoración en su cuerpo resucitado y glorificado.
Allí se llevará a cabo una coronación sin precedentes. La revelación bíblica señala que las cuatro jerarquías angelicales —los serafines, querubines, ofanim y malajim— rodearán el trono para exaltar al Cordero. Posteriormente, la multitud incontable de los redimidos de todas las edades se unirá en un cántico universal, proclamando al que está sentado en el trono la bendición, la honra, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Contemplaremos al Rey cuya cabeza ostenta muchas diademas y que lleva inscrito en su vestidura y en su muslo: Rey de reyes y Señor de señores. Frente al trono de la gracia acuden los pecadores para alcanzar salvación; pero frente al trono de la adoración solo comparecerán los redimidos y las huestes celestiales para contemplar su rostro luminoso y rendirle pleitesía eterna.
El tribunal de Cristo y la recompensa del creyente
Después de esta adoración sublime, los salvos habremos de comparecer ante otro trono: el tribunal de Cristo, conocido también como el trono Bema. Es fundamental no confundir este evento con un juicio condenatorio. Ningún creyente comparecerá allí para determinar si es salvo o si pierde su salvación, porque la salvación jamás ha sido una recompensa por méritos humanos.
La salvación no es una compensación por algo que hayamos hecho; todo lo que hacemos para Dios es el fruto de la obra poderosa que él ya operó dentro de nosotros.
Nadie produce su propia redención. El que comenzó en nosotros la buena obra es quien la perfecciona hasta el día de Jesucristo. Por lo tanto, de ese tribunal nadie saldrá devuelto a la perdición. La comparecencia ante el tribunal de Cristo tiene un propósito exclusivo: evaluar las obras del creyente para galardón o para pérdida de recompensa.
Todo el tiempo, la consagración y los recursos dedicados a la extensión del evangelio son tomados en cuenta por Dios. Las oraciones en secreto por los necesitados, la enseñanza de la palabra, el consejo brindado, el socorro material y el esfuerzo en la obra quedan registrados fielmente en el cielo. La Escritura advierte que nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Sobre ese fundamento cada cual edifica con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno u hojarasca, y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno.
La fidelidad en el servicio y el galardón celestial
Dios no recompensa el activismo vacío ni la búsqueda del favor de los hombres. El apóstol Pablo lo expresó con claridad: si yo todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Allá no se premiará la lisonja pastoral ni las apariencias humanas, sino la devoción genuina al Señor.
Recuerdo el caso de un pastor que comprendió la realidad del tribunal de Cristo a través de una experiencia profunda. Al asumir una congregación, le incomodaba una anciana que oraba en voz muy alta e intercedía por todos los ministros y líderes. Con dureza, el pastor le pidió que se fuera a los últimos asientos para no perturbar. La anciana, con humildad, obedeció. A los pocos meses, la hermana partió con el Señor. Poco tiempo después, la iglesia comenzó a enfrentar una ola terrible de conflictos, divisiones y dificultades.
Angustiado, el pastor dedicó una noche entera a la vigilia y la oración. Durante esa madrugada, experimentó una visión donde contempló un estrado resplandeciente. Desde la gloria, una voz fuerte llamó por su nombre a la anciana que había fallecido. La mujer avanzó hacia el trono y le fue colocada una corona resplandeciente, reconociendo cómo había derramado su alma protegiendo la obra en intercesión. Luego fueron llamados otros siervos fieles a recibir sus respectivas coronas. El pastor esperaba ansioso que pronunciaran su nombre, pero el llamado nunca llegó para él. Al despertar conmocionado, se arrojó al suelo llorando ante Dios, comprendiendo que aquella mujer humilde era quien sostenía espiritualmente a la congregación y que nada de lo que se hace para el Señor en lo secreto queda sin recompensa.
Nuestro trabajo en el Señor no es en vano. Quien evangeliza, quien enseña, quien intercede o quien sirve recibiendo a las almas en la puerta de la iglesia debe perseverar, pues esta es la obra del Dios vivo que compró a la iglesia con su propia sangre. Habrá quienes en aquel tribunal sufran pérdida, habiéndose salvado apenas como por fuego, con las manos vacías y sin corona, habiendo vivido con negligencia espiritual. La exhortación bíblica es a servir con diligencia para no presentarnos avergonzados, pues los redimidos conformarán el gobierno que vendrá a reinar con Cristo en la tierra.
