LOS DONES DE DIOS Y EL SEÑORÍO DE JESUCRISTO
No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. Sabéis que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos. Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.
1 Corintios 12:1-3
En el crecimiento espiritual de la vida cristiana es indispensable comprender qué son y cómo operan los dones. Cuando nos acercamos a las Sagradas Escrituras descubrimos que existen cuatro clases de dones generales que Dios reparte a la humanidad, comenzando por aquellos que pertenecen al campo material y que sostienen nuestra existencia cotidiana.
Las cuatro clases de dones y el reconocimiento de la soberanía divina
El salmista, en un día de acción de gracias motivado por la abundancia con que el pueblo ofrendó para la edificación del templo, llegó a una conclusión definitiva: todo es de Dios, y de lo recibido de su mano es de lo que se le da. Bajo esta verdad fundamental, la lluvia que cae sobre los campos, el agua que consumimos a diario y los alimentos que llegan a nuestra mesa son regalos directos del Creador. De la misma manera, la esposa, los hijos, los padres y los abuelos constituyen dones generales que provienen de su gracia.
Cuando consideramos todo lo material que llega a nuestras vidas para beneficio propio, debemos admitir que se trata de dádivas de Dios. Nadie tiene motivos para vanagloriarse diciendo que la finca, las tierras, las corrientes de agua o el dinero acumulado son de su exclusiva autoría; la realidad irrefutable es que Dios lo ha provisto todo. Nadie puede considerarse autosuficiente al margen del Creador, porque está escrito que de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan.
Lo que somos, lo que sabemos, lo que tenemos y dónde estamos es porque Dios ha sido bueno.
Esta verdad debe ser transmitida a las siguientes generaciones. Al momento de pagar la matrícula universitaria de un hijo o al comprarle una prenda de vestir, es necesario enseñarle con claridad: «Este es el regalo que Dios proveyó para que pudieras estudiar; esta es la bendición que Él nos dio». El propósito de esta formación es evitar que los hijos crezcan creyendo que el mundo está rendido a sus pies por mérito propio, que todo se lo merecen o que no tienen deudas de gratitud con nadie. La meta es que entiendan con humildad que cada logro descansa en la bondad divina.
Los dones naturales y las diversas capacidades del ser humano
Existe otro grupo definido que corresponde a los dones naturales, los cuales Dios otorga a cada persona de manera particular y diferenciada. Estas capacidades explican las notorias diferencias en el desempeño humano: una persona emprende un negocio de alimentos y quiebra, mientras que otra establece la misma actividad comercial y prospera de forma extraordinaria. Alguien toma un lápiz y solo consigue hacer trazos confusos, mientras otro individuo desarrolla una destreza admirable que lo convierte en un pintor destacado. Hay quienes intentan cursar estudios de medicina y terminan desertando por frustración, mientras que a otros esa misma carrera les apasiona y crecen en conocimiento cada día.
Lo mismo sucede en las ciencias y el arte. Hay quienes tienen dificultades para realizar operaciones matemáticas básicas, mientras otros poseen una mente tan brillante para el cálculo que superan a un ordenador. Alguien puede matricularse en una academia de música y no lograr interpretar un instrumento, mientras otra persona jamás asistió a un aula de clase y, sin embargo, ejecuta un instrumento a la perfección y canta con afinación, compás y voz privilegiada. Todo esto responde a los dones naturales que Dios reparte según su voluntad.
Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres, y también a los rebeldes.
Salmos 68:18
El texto sagrado afirma que Dios dio dones a los hombres e incluso a los rebeldes. Esto explica por qué existen personas con una inteligencia impresionante y capacidades asombrosas que, sin embargo, no quieren tener ninguna relación con Dios ni con su Palabra. Esos talentos que exteriorizan y que despiertan la admiración pública siguen siendo dones otorgados por el Creador.
En una visita al Museo Rayo observé una obra plástica impactante: sobre un escenario se apreciaba a un buey descuartizando a un hombre tendido. Aquella inversión de la realidad me sirvió para estructurar un mensaje titulado «El mundo al revés», pues lo natural es que el hombre sacrifique al buey y no lo opuesto. Esa mirada particular nace de las capacidades individuales que Dios concede.
Muchos talentos se manifiestan de manera empírica. Conocí el caso de un instructor institucional que enseñaba albañilería: conocía perfectamente la teoría, sabía que la mezcla debía ser tres por uno, explicaba el uso del hilo y la plomada; no obstante, carecía de la habilidad práctica para levantar un muro recto. En cambio, un trabajador que jamás pasó por una escuela técnica, instruido solo por los golpes de la vida, levanta una pared a plomo, con cálculo exacto y perfección estructural. Dios ha llenado la tierra de estos dones naturales para que su obra y sabiduría se vean reflejadas en el ingenio humano.
Esa misma inteligencia providencial se evidencia en la tecnología cotidiana. Un avión de gran escala, cargado con trescientos pasajeros y cientos de maletas pesadas, desafía la gravedad y se mantiene en el aire sin desplomarse por el desarrollo de la ciencia que Dios concedió a los hombres. En la misma línea, causa asombro ver registros de niños de apenas cuatro años en países orientales interpretando partituras complejas en conciertos magistrales. Por ello mantengo mis reservas frente a la tendencia de elevar habilidades puramente naturales a una categoría espiritual; una destreza natural no deja de ser terrenal, aunque provenga del Dios que dota a la humanidad.
La naturaleza de los dones espirituales y el peligro de limitar a Dios
En el terreno de los dones espirituales se identifican dos dimensiones esenciales: los dones generales y los dones ministeriales o específicos. Los generales involucran a cualquier creyente, en cualquier lugar y bajo las circunstancias donde Dios requiera manifestarse. Los dones ministeriales, por su parte, corresponden a los establecidos en las Escrituras con propósitos específicos de edificación, tales como los registrados en la carta a los Efesios.
Cuando nosotros tratamos de meter a Dios en el pensamiento nuestro, estamos limitando a Dios.
No comparto las tesis doctrinales que pretenden delimitar el número exacto de los dones del Espíritu Santo, exceptuando aquellos pasajes bíblicos que presentan un listado numérico concreto, como los cinco ministerios de Efesios capítulo cuatro. En los demás casos, las listas no son cerradas. Hay quienes afirman con ligereza que el apóstol Pablo tenía exactamente nueve dones, o asumen que poseía el don de continencia sin analizar detenidamente el testimonio de sus cartas. Pretender encasillar el obrar divino en clasificaciones humanas finitas es limitar al Dios infinito.
En la mente anticipada y soberana de Dios ya
