LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO Y SU PROPÓSITO EN EL CUERPO DE CRISTO
No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales.
1 Corintios 12:1
Pero sin fe es imposible agradar a Dios. Escuchen cómo dice para que lo entiendan bien: sin fe es imposible agradar a Dios; no quiere decir que el que tiene fe agrada a Dios. Ponga usted el versículo en términos positivos y verá: sin fe es imposible, con fe es posible. No es que pasa; es posible que pase. Ahí está nuestro problema, que nosotros hemos creído que si tengo fe, pasa. No, es posible que pase.
Vamos a hablar de los dones del Espíritu. Este es otro temita que, sobre todo en nuestro caso, es muy importante porque nosotros supuestamente somos pentecostales. ¿Cuánto hace que usted oyó un mensaje en lenguas con interpretación? Si hace un año o si hace dos años, entonces algo raro está pasando. Creo que nosotros nos hemos enamorado de una forma y se nos ha olvidado todo el grueso de la enseñanza sobre los dones del Espíritu. Algunos, además, no tienen realmente idea de eso. Pero si usted habla de un culto, esto ya lo tienen arreglado y saben hasta qué coro hay que cantar para que la gente se anime.
Yo llegué a la iglesia de Bucaramanga Central hace años y un día estaba en el patio. Una niña como de diez años llegó y me dijo: «Ay, hermano, ¿a usted que no le gusta la música?». Le dije: «Bueno, sí me gusta». «Ah, ¿porque a usted como que no le gustaba la música?». «No, sí me gusta». Le pregunté: «¿Pero tú le prestas atención a la música?». «Sí, claro, me gusta mucho». Le dije: «Bueno, ¿cómo es un culto de aquí de la iglesia en términos musicales? ¿Cómo empieza?». «Ah, bueno, hermano, se empieza con unos coros de adoración, eso quiere decir suaves; y luego no, vienen los coros de alabanza, coros alegres; y luego, ¡ahí, hermano, la fogata!». «¿Y cómo terminan?». «En un coro de adoración». «¿Y por qué?». «Hermano, para que se calmen».
Una niña de diez años tenía a ustedes ya clasificados. Es lástima que haya pasado así. No tiene nada de malo lo que hacemos, que cantamos y alabamos al Señor, pero hemos hecho un formato que es tan formato como el bautista; solo que este es un formato pentecostal. La formalidad no es que sea lenta o rápida, sino que es lo mismo siempre. Tenemos una formalidad pentecostal formalizada, porque hemos hecho énfasis en unas cosas y en otras no. Si uno empieza a perder parte de la sustancia, que es muy importante en la edificación del cuerpo de Cristo, nos desenfocamos. Vamos a hacer un repasito, porque es muy difícil agotar un tema como este, sobre qué son los dones del Espíritu Santo. La esencia del pentecostalismo no es el hablar en lenguas; son los dones del Espíritu. Nosotros somos carismáticos; el carisma es el don del Espíritu Santo en alguna de sus versiones.
La preocupación de Pablo: no ignorar los dones espirituales
No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales.
1 Corintios 12:1
Hay una preocupación en el apóstol Pablo que la expresa diciendo: «No quiero que ignoréis». Así que de esto que hablamos es algo que la Biblia dice que Dios no quiere que ignoremos. No es que sea una enseñanza nueva; es que Dios no quiere que ignoremos esto. Y tenemos algunas cosas que no solo las ignoramos, sino que las confundimos.
Yo siempre he sido pentecostal, nunca he pertenecido a otra iglesia y nunca me he ido. He visto la evolución del pentecostalismo y me parece que algunas cosas hay que corregirlas, es decir, retomarlas, porque las hemos tenido pero las personas las tienen confundidas. No saben ni para qué es la fe ni por qué es la fe. La gente habla es de milagros y cosas de esas; hemos como reducido todo a dos o tres cosas y se repite lo mismo y lo mismo, y las personas no tienen inquietud por crecer en todo lo que es el conocimiento del movimiento del Espíritu Santo.
Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo.
1 Corintios 12:4-6
Si yo pregunto cuántos han escuchado a los hermanos hablando en lenguas, todos. Esta mañana oyeron lenguas, todos, ¿cierto? Y pare de contar. No puede ser que todo se reduzca a eso. La Biblia claramente nos habla de los dones del Espíritu como herramientas para la edificación del cuerpo de Cristo, que es la verdad que el apóstol no quiere que ignoremos.
¿Qué es un carisma y en qué se diferencia del talento humano?
Hay diversidad de dones. ¿Cómo son y dónde están? ¿Qué es un don? Nosotros tenemos personas que tienen talento para el canto, pero ese no es un don del Espíritu. Los seres humanos tenemos habilidades naturales; el que canta bien tiene su destreza, la dirección espiritual de eso ya sería otra cosa. Hay personas que son dotadas de un buen oído, de oído absoluto, y cantan bien y oyen bien; aunque sean inconversas tienen esa capacidad. Pero eso no es un don del Espíritu; ese es un don natural.
La palabra que se usa en la Biblia para hablar de los dones del Espíritu es carisma, que es una habilidad dada por el Espíritu Santo. Sería como una persona muy desentonada a la que de pronto un día Dios le concede cantar muy entonado, cuando no cantaba así, porque en ese momento Dios le dio esa gracia. Eso sería un don carismático, un don dado por Dios. Es importante entender que hablamos de las habilidades que da el Espíritu Santo, no de las habilidades naturales que las personas traen consigo.
Yo puedo servir a Dios con la habilidad que tengo, y en ese sentido es dado por Dios porque todo lo que tenemos proviene de Él, pero no como un carisma. Lo que se llama carisma es algo especial que yo no tenía naturalmente y que Dios me otorga de forma extraordinaria. Una cosa es tener un don natural y usarlo para la gloria de Dios; otra cosa es no tenerlo y que Dios lo dé para servir. Conocí a un pastor en los Estados Unidos hace muchos años cuyo hermano era pianista. Él intentaba tocar y nada; quería servirle a Dios en la música, pero no le salía como al hermano. Lloraba y le pedía al Señor que le diera la habilidad de tocar el piano; se convirtió y empezó a tocar. Eso fue algo dado por Dios de manera sobrenatural.
Aquí la Escritura habla de habilidades específicas que da el Espíritu Santo para edificación del cuerpo de Cristo. No son para la gloria de las personas. Nosotros tenemos una desviación que a veces tomamos de otros medios donde explotan lo que Dios da para ganancia personal, y eso no es así. Un don del Espíritu es para edificación del cuerpo de Cristo y no para ensalzar al hombre.
El milagro que ocurrió allá en la puerta del templo la Hermosa fue espectacular. La gente se reunió para exaltar a Pedro y a Juan, pero Pedro les dijo:
¿Por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este?
No es porque yo sea piadoso ni porque sea poderoso, sino por la fe en el nombre de Jesús de Nazaret que este hombre está en vuestra presencia sano. Nosotros no podemos tomarnos la gloria que no nos pertenece. Tenemos este tesoro en vasos de barro para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros. Es una lucha que tenemos los seres humanos: querer llevarnos la gloria como si por nuestro poder o piedad ocurrieran las cosas. Dicen: «Vamos a orar por fulana, llamémosla a ella que sí ora». Si Dios la usa, gloria a Dios, pero la gloria no es para ella ni para él. «Es que mi pastor...». Nada de tu pastor; es solo un instrumento.
Dones, ministerios y operaciones
Un carisma es una habilidad. Cuando yo uso esa habilidad para servir a otros, estoy prestando un servicio, es decir, ejecutando un ministerio. Así que el ministerio es la actividad del don: el que sirve, en servir; el que enseña, en la enseñanza; el que reparte, con liberalidad. La actividad que se realiza por causa de un don se llama ministerio, y los resultados que se obtienen de ejercer ese don de forma ministerial se llaman operaciones. Por eso hay diversidad de dones, diversidad de ministerios y diversidad de operaciones, porque cada uno va produciendo lo que le corresponde. Un don es la habilidad; un ministerio es esa habilidad en acción; y una operación es el resultado que se obtiene al ejercer ese servicio.
La soberanía de Dios en la asignación del lugar en el cuerpo
Los dones son producidos por el Espíritu Santo y hacen referencia a las capacidades que Dios da a cada persona. Dios reparte dones; a unos puso Dios en la iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, maestros, pastores. Dios los puso; yo no le pedí a Dios eso. Uno no le pide a Dios los dones; Dios reparte los dones como Él quiere, dice la Palabra. No es porque yo se lo haya pedido.
Cuando yo nací, mi ojo estaba ahí; él no pidió que lo pusieran en la cara. ¿Y para qué sirve el ojo? Para ver. No es que con los años se desarrolle y ahora aprenda a cantar. Los ojos no cantan; no importa lo maduro que esté, el ojo no canta nunca. Esa función que el ojo tiene no va a cambiar. Yo soy pastor; ya estoy viejo y así me voy a morir, porque yo no le pedí a Dios que me hiciera pastor. Cuando tú entras en el cuerpo de Cristo, Dios te asigna un lugar. Una oveja no se puede convertir en pastor; una oveja es un ser distinto a un pastor. Lo que pasa es que cuando yo entré, era un pichoncito y no sabía bien qué función tendría, porque la Escritura dice que entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo.
Cuando estaba niño en la escuela dominical, nos repartían unas hojas con historias. En una de ellas se contaba de un campesino que se encontró un pichón en el monte. Creyó que era de gallina, lo trajo y lo echó en el corral con los pollos. El animal creció grandote, pero era distinto a las gallinas. Un día entró una zorra a perseguirlas. Las gallinas correteaban haciendo ruido, pero este pájaro pesado no podía correr bien, solo se balanceaba. La zorra pensó: «Este es el mío», y le tiró la mordida. El pájaro saltó a la alambrada, abrió las alas para equilibrarse, y cuando la zorra saltó otra vez para alcanzarlo, dio un salto más alto y empezó a volar. No era una gallina; se había criado en el corral, pero era un águila. Si no viene la zorra a morderlo, no descubre lo que era. Eso le pasa a los pichones de pastores: al principio parecen uno más del gallinero, pero nadie cambia de posición esencial en el cuerpo.
Siendo muchos miembros, somos un solo cuerpo, y no puede decir el pie porque no soy mano, no soy del cuerpo. Todos tienen su función. No tiene que ver con la importancia de unos sobre otros, sino con que hay muchas funciones y Dios designa a los miembros según Su voluntad. Y fíjese que no necesariamente escoge al que tiene la habilidad natural. La Escritura dice: «¿Y para estas cosas, quién es suficiente?», pero Él nos hizo ministros competentes. Dios no escoge a la persona simplemente porque tenga un talento humano; ese es un criterio secular que tenemos nosotros al decir: «Ese muchacho sirve porque canta bien o habla bien». Habrá que ver si tiene el don del Espíritu, porque de lo contrario vienen los fracasos.
Las ovejas conocen la voz de su pastor y le siguen. Eso no se lo puede dar un hombre a nadie; no se hereda porque uno sea hijo de pastor. Al que Dios llama, lo equipa para esa labor. Esos dones no se consiguen pasando una noche de vigilia tratando de convencer a Dios para que entregue una habilidad a capricho. Él nos coloca en el cuerpo y nos entrega lo necesario para la función asignada; nadie se ubica a sí mismo donde quiere sin correr el riesgo de quedar en vergüenza por no estar donde Dios lo llamó.
Aquí todos tienen una función; eso de «calienta bancas» no existe en la Biblia. Una anciana se sienta todos los domingos, apenas puede cantar o aplaudir, pero de pronto alguien se entrega al Señor. Cuando le preguntan qué sermón lo tocó, responde: «No fue el sermón, es esa anciana que vive orando por mí y me habló del Señor». Resulta que la que parecía solo estar sentada ganó a la persona. Cada quien cumple su parte. La mayoría de los creyentes que se entregan cuando predica el pastor ya vienen tocados por el testimonio y la oración de otros hermanos; el predicador hace su parte, pero no puede atribuirse la gloria.
Somos solo instrumentos en las manos del Maestro
Muchos no se imaginan lo que es predicar donde nadie conoce el evangelio. Recuerdo cuando llegué a Valencia, en España, con veintitrés años; en una campaña repartimos como veinte mil folletos de casa en casa, en trenes y buses, y al culto no llegó nadie. Uno sigue orando y trabajando. Una noche, levantándome a iniciar el culto sin gente, entró una muchacha. Cuando entra una persona nueva en un lugar así, uno predica con todas las fuerzas, y esa muchacha se entregó. Hace más de cuarenta años de eso y todavía sigue fiel.
Al terminar le pregunté quién la había invitado. Me dijo que nadie, que vivía cerca y le llamaba la atención la iglesia, pero al asomarse vio tan poquita gente que le dio pena y quiso irse. Sin embargo, me dijo: «Pastor, quise soltar la manija de la puerta y no podía, tenía la mano como pegada; intenté zafarme y no pude, así que tuve que abrir y entrar». ¿Quién la trajo entonces? No fui yo; la trajo el Señor. ¿Cuál gloria nos vamos a atribuir nosotros? Solo somos instrumentos.
Un instrumento musical puede ser muy fino y tener muchos controles, pero si nadie lo pulsa, se queda en silencio. La hermosura del sonido no le pertenece al aparato, sino al que lo toca. Así somos nosotros: si el Maestro no pone Su mano sobre la vida de uno, no sale nada provechoso. Había una historia sobre la subasta de un violín viejo, empolvado y desafinado; ofrecían sumas insignificantes y nadie subía la oferta, hasta que un anciano afinó las cuerdas y tocó una melodía maravillosa. Entonces todos empezaron a ofrecer grandes cantidades. El violín era el mismo, pero las manos del maestro hicieron toda la diferencia. El don es una habilidad recibida de parte de Dios que funciona verdaderamente cuando Él la ejecuta.
Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.
1 Pedro 4:10
Fíjense en ese detalle: nos citan pasajes para hablar de dinero cuando la Biblia dice: «Téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios». Dios está interesado en que Su multiforme gracia, Su bondad expresada de muchas maneras, sea bien administrada por personas que se dispongan a ser utilizadas sin buscar su propio provecho.
La distinción necesaria entre fe, milagros y sanidades
Porque a este es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas.
1 Corintios 12:8-10
Encontramos esta lista en Corintios, así como en Romanos doce se habla de servicio, enseñanza, exhortación y presidencia, y en Efesios cuatro de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Pero a veces confundimos los dones que se mencionan en Corintios. Decimos: «El hermano tiene don de fe porque ora por los enfermos». Si la fe fuera para eso, ¿para qué está entonces el don de sanidades o el de hacer milagros? Si se tiene don de fe para sanar y luego hay dones de sanidades y además don de milagros, es evidente que cada uno tiene un propósito diferente que conviene precisar.
¿Para qué sirve el don de fe?
La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Es la capacidad firme de creerle a Dios sin vacilar. El don de fe no se dio para obligar a que ocurra un milagro mecánico, sino para mantenerse creyendo incondicionalmente lo que Dios ha determinado, sea favorable a nuestras comodidades o nos toque enfrentar tribulación.
Muchos creen que tener fe garantiza que la enfermedad desaparecerá de inmediato, y si no ocurre, entran en crisis pensando que oraron mal o que carecen de fe. La fe verdadera cree a lo que Dios dice, tanto cuando promete librarnos como cuando advierte dificultades. La Escritura no dice: «Si acaso pasas por las aguas», sino: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo». En el mundo tendremos aflicción, y creerle a Dios implica aceptar Su soberanía completa.
Esa fue la actitud de los tres jóvenes hebreos ante el horno de fuego:
He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses.
Eso se llama una fe definida: creer que Dios tiene todo el poder para librar, pero mantenerse firme adorándole aunque Su voluntad en ese momento permita el sufrimiento o la muerte. En Hebreos once leemos que por la fe muchos escaparon de filo de espada y apagaron fuegos, pero por esa misma fe otros fueron aserrados, murieron apedreados y anduvieron errantes en cuevas, esperando una mejor resurrección. El don de fe nos sostiene creyéndole a Dios en cualquier circunstancia, sin retroceder.
La diferencia práctica entre dones de sanidades y operaciones de milagros
La Escritura habla de «dones de sanidades» en plural. La raíz de la palabra sanidad se vincula al término terapéutico, un proceso donde Dios utiliza medios o guía a intervenciones que restauran la salud de manera progresiva. No siempre se trata de una alteración inmediata de las leyes naturales, sino de una providencia de recuperación otorgada por Su gracia.
En cambio, el don de hacer milagros es una intervención directa e instantánea donde el poder de Dios actúa por encima del orden natural. Recuerdo cuando estuve postrado sufriendo dolores intensos en la columna; me tocaba predicar sentado y me cargaban entre varios hermanos. Alguien sugirió que fuera donde una persona que aplicaba supuestas terapias, pero cuando me di cuenta de que pretendía mover «energías», me levanté y dije que mi cuerpo era templo del Espíritu Santo y que no permitiría que nadie pusiera manos ajenas a la fe sobre mí. Si me tocaba quedarme lisiado por fidelidad al Señor, así me quedaría. Tiempo después, mientras predicaba la Palabra, Dios obró de manera directa y la sanidad ocurrió por Su poder, levantándome de esa condición.
También he visto casos instantáneos, como una niña en una escuela dominical que sufrió un colapso cardíaco repentino y quedó sin vida; en ese instante Dios puso una autoridad en mi corazón para ordenar en el nombre de Jesús que se levantara, y la niña revivió. Eso es un milagro donde no intervino tratamiento alguno. Ambos dones provienen de Dios, pero responden a operaciones diferentes que no debemos confundir.
El uso oportuno de los dones en la edificación común
La Biblia aconseja procurar los mejores dones, pero debemos entender el contexto de primera de Corintios catorce. Pablo no está afirmando que una manifestación del Espíritu sea intrínsecamente superior a otra en valor espiritual, sino que en la asamblea pública el mejor don es aquel que resulta más oportuno y provechoso para la edificación de los oyentes.
Si una persona llega acongojada buscando dirección espiritual para una crisis, de nada le sirve que alguien le hable en lenguas sin interpretación; lo oportuno allí es una palabra de sabiduría que le muestre el consejo de Dios para su situación. En la iglesia primitiva, cuando surgió una gran discusión doctrinal respecto a las costumbres judías, el problema no se resolvió hablando en lenguas de forma desordenada; intervino Jacobo con una palabra de sabiduría clara que trajo paz y dirección a toda la comunidad.
No se trata de restar valor a ninguna manifestación; el apóstol mismo daba gracias por hablar en lenguas más que todos, pero priorizaba la edificación clara de la iglesia:
Pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida.
1 Corintios 14:19
Así como el cuerpo físico necesita variedad de alimentos para no desnutrirse comiendo siempre lo mismo, la iglesia necesita la diversidad de dones, ministerios y operaciones manifestados en orden para su pleno desarrollo espiritual.
¿Cómo descubrir el don que Dios te ha dado?
El don que Dios te otorgó no se descubre quedándose inactivo ni forzando nombramientos. Se descubre en el ejercicio cotidiano del servicio cristiano. La Escritura dice con sencillez: todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas.
Cuando un joven empieza a cantar, al principio siente temor; pero al cantar, la iglesia percibe la gracia de Dios y le animan a perseverar, hasta que con el tiempo esa función queda plenamente manifiesta. Así ocurrió en mi propia vida con la predicación. A los catorce años me pidieron predicar; subí temblando y cometí errores propios de la inexperiencia, pero seguí atendiendo la necesidad que se presentaba. A los quince años, acompañando a un predicador veterano a una congregación lejana, él me dijo de improvisto que me correspondía predicar esa noche. Aunque yo no me sentía preparado, él vio el llamamiento y me empujó a cumplirlo.
En el transcurso del servicio es donde uno descubre para qué sirve en el cuerpo de Cristo. Dios no te pide que imites la función de otro, sino que te dejes usar en el lugar donde Él te ubicó como instrumento útil en Sus manos.
