LOS DOS PILARES DE LA FE GENUINA

Consultando visualizaciones…

Erráis ignorando las Escrituras y el poder de Dios

No hay problema tan grande que Dios no resuelva, ni hay montaña tan alta que Dios no la mueva. Él mueve lo que sea; aquí no se necesitan grúas, porque Él las remueve. No hay tormenta tan densa que Dios no pueda calmar, ni hay dolor ni angustia que Dios no sane. En el Evangelio según San Mateo 22:29 encontramos una declaración determinante del Señor: «Erráis ignorando las Escrituras y el poder de Dios».

A lo largo de los años en estas labores, a veces duras y a veces fáciles, he podido constatar que el Señor mueve cualquier montaña y resuelve cualquier problema. Ahora que he cumplido ochenta años, comprendo con mayor claridad ciertas realidades. Hay dos verdades importantísimas en la vida cristiana. A veces hacemos de la vida cristiana un problema muy grande, pero en realidad es muy simple y no es difícil. Lo que sucede es que la gente quiere ser cristiana y seguir viva, pero para ser cristiano hay que morir. El que está muerto ni tiene hambre ni va a ninguna parte. La muerte del cristiano es una muerte volitiva: el día en que uno renuncia a hacer su voluntad, ese día muere. Cuando Jesús dijo: «Padre, si es posible, pasa de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya», en ese instante murió; lo demás fue la consecuencia física, pero la muerte real ocurrió en el momento en que renunció a su propia voluntad.

El problema actual de muchos creyentes es que quieren hacer lo que desean y tener su propio «proyecto de vida». No sé de dónde surgió esa idea moderna, pero hoy todos insisten en diseñar su propio camino en lugar de preguntarle al Señor hacia dónde quiere que vayan. Él es el dueño y nosotros somos los siervos, y los siervos van adonde su Señor les ordena. En la sociedad contemporánea cuesta comprender esto porque vivimos bajo mentalidades republicanas que rechazan la esclavitud, pero en Cristo las Escrituras afirman que somos siervos suyos.

Jesús advirtió: «Ignoráis las Escrituras y el poder de Dios». Uno de los grandes problemas que enfrentamos es que solemos repetir lo que oímos y explicarlo tal como escuchamos que alguien lo explicó, sin enterarnos verdaderamente de lo que la Biblia dice. Se escuchan coros que cantan versículos de manera inexacta porque el texto bíblico no dice lo que cantan. Por ejemplo, se suele cantar «todo lo que respire», cuando la Escritura afirma: «todo lo que respira». Parecen detalles menores, pero «el que respire» plantea una hipótesis, mientras que «el que respira» describe una realidad concreta. Lo mismo ocurre cuando dicen «los que esperan en Jehová», cuando el versículo indica: «los que esperan a Jehová». Nos inventamos formulaciones que no están en el texto sagrado. Se cita con frecuencia: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura», omitiendo cómo empieza realmente el pasaje: «Por tanto...», lo cual indica una consecuencia directa de lo dicho previamente: «Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra».

Para ser verdaderos cristianos y no simples religiosos, la norma no puede ser lo que diga un predicador según su elocuencia; la norma es lo que Dios dice. Cualquiera que habla puede equivocarse, incluyéndome a mí. Por eso contamos con un referente inmutable. Compré mi Biblia cuando era un niño y hoy, a mis ochenta años, sigue diciendo exactamente lo mismo. Yo sí he cambiado, e incluso he tenido que reconocer equivocaciones pasadas, pero la Palabra de Dios permanece fija. Si ignoras las Escrituras, no puedes comprender ni creer las doctrinas cristianas, porque la fe necesita constatar la verdad en la Palabra de Dios. Nuestra fe descansa sobre dos columnas fundamentales: lo que Dios dijo y lo que Dios puede hacer. Si Dios no lo dijo, quien lo afirme se compromete por su propia cuenta; pero si Dios lo dijo, Él responde por ello.

En el contexto de Mateo 22, los saduceos —quienes no creían en la resurrección— se acercaron a Jesús con un dilema que consideraban sumamente inteligente. Le plantearon el caso de una mujer que se casó y su marido murió; se casó luego con el hermano de este, y así sucesivamente hasta siete hermanos, muriendo todos sin dejar descendencia, hasta que finalmente murió también la mujer. Su pregunta capciosa fue: en la resurrección, ¿de cuál de los siete será ella esposa? Pensaban que estaban formulando un problema insuperable. Sin embargo, Jesús les respondió: «Erráis ignorando las Escrituras y el poder de Dios». Aquella pregunta que aparentaba tanta agudeza nacía de una profunda ignorancia de las dos columnas de la fe: lo que Dios ha determinado y lo que Su poder puede realizar.

A veces la gente formula objeciones semejantes. Alguien me preguntó una vez cómo resucitaría una persona si cae de un barco, es devorada por cinco tiburones, luego esos tiburones son cazados y consumidos en distintos lugares del mundo y sus restos asimilados y esparcidos. Parece una pregunta ingeniosa, pero ignora la omnipotencia divina. La Biblia no usa hipérboles vanas cuando dice que aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados; están perfectamente individualizados. Si una nave espacial viaja a la luna, toma fotografías y transmite millones de partículas a través del espacio sin cables ni conductos, y un receptor en la Tierra capta cada señal asignándole a cada punto de color su lugar exacto para reconstruir la imagen perfecta, ¿cómo vamos a dudar del Creador? Pretender limitar la resurrección por razones semejantes revela ignorancia del poder de Dios.

Cuando asistía a la escuela, tenía un profesor de ciencias que era ateo pero muy perspicaz. En una ocasión comentó en clase que la Biblia supuestamente decía que Dios había moldeado figuritas de barro para cada animal. Tuve que aclararle que la Escritura no dice eso; el único ser formado directamente del polvo con esa particularidad fue el hombre. A la materia y a la tierra Dios les ordenó que produjeran los seres vivos, y las partículas respondieron a Su mandato soberano. Del mismo modo, el día en que Dios llame a los suyos, no importará dónde se encuentren sus partículas físicas ni cuántos procesos hayan atravesado: oirán la voz del Todopoderoso y responderán a ella.

Es vital comprender lo que Dios ha establecido, porque Él se compromete estrictamente con lo que ha prometido. Si algo que esperabas no sucede, convendría preguntarse si Dios verdaderamente se había comprometido a ello. En el Sermón del Monte, el Señor enseñó que quien oye Sus palabras y las pone en práctica es semejante a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Construir sobre esa roca no significa evitar las tormentas; las nubes llegaron, los aguaceros descendieron, los vientos soplaron y los ríos crecieron. Las dificultades son inevitables en esta vida y no debemos tener una actitud infantil pretendiendo que por ser creyentes no sufriremos contratiempos. Las tempestades golpean a todos bajo este mismo cielo, pero la promesa divina es que la casa fundada sobre la obediencia a Su palabra no caerá.

El apóstol Pablo escribió que presentaba estas enseñanzas para que aprendiéramos a «no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno os envanezcáis unos contra otros». El ser humano tiende a especular sobre misterios no revelados y, al carecer de respuestas bíblicas, termina inventándolas. Pero Dios no respalda invenciones humanas ni suposiciones lógicas particulares. Si el Señor afirma algo en Su Palabra, es una verdad absoluta porque Él ni miente ni busca engañarnos.

La Escritura en la epístola a los Hebreos señala que, para que por dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo quienes hemos acudido para asirnos de la esperanza propuesta. Los hombres acostumbran jurar por alguien superior, pero Dios, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por Sí mismo. Su fidelidad está sellada en Su propia grandeza; Él no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. En Su carácter encontramos un ancla segura para el alma. En más de sesenta años de ministerio he aprendido que en Dios se puede confiar a ojos cerrados; Su Palabra resiste cualquier prueba sin quebrantarse jamás.

Nuestras expectativas deben estar alineadas con lo que está escrito. A menudo la gente le pide a Dios cosas que Él nunca ha garantizado en la forma en que las solicitan. Por ejemplo, pedir en oración que Dios convierta a un individuo específico como si se tratara de anular su libre albedrío es desconocer cómo opera la gracia. Podemos orar para que Dios envíe obreros a su camino, le otorgue experiencias, toque su conciencia o le hable, pero la decisión de responder corresponde a la voluntad de esa persona. De igual manera, pedirle a Dios que críe o eduque a nuestros hijos contradice el mandato directo que nos dio: «Instruye al niño en su camino». Dios no asume las tareas que expresamente nos ha ordenado ejecutar a nosotros.

De Abraham se dice que estaba «plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido». Asimismo Sara, aun fuera del tiempo natural, recibió fuerzas para concebir porque creyó fiel a Aquel que lo había prometido. Dios reúne estas dos perfecciones: el poder supremo para ejecutar y la fidelidad absoluta para cumplir lo dicho. Isaías describe un camino llamado «Camino de Santidad», donde el que anduviere por él, por torpe que sea, no se extraviará. El Señor coloca en el corazón de Sus siervos discernimiento para reconocer la verdad.

En cierta ocasión escuché a alguien predicar que la armadura de Dios carecía de piezas para la espalda, sugiriendo que quien diera la vuelta quedaba indefenso por cobarde. Aunque en ese momento yo era joven y no dominaba los textos bíblicos en profundidad, algo en mi interior me advertía que esa interpretación omitía la realidad de nuestra dependencia de la gracia. Si nuestra salvación dependiera de nuestra autosuficiencia, la obra de Cristo habría sido innecesaria. Tiempo después corroboré en el Salmo correspondiente la verdad escritural: «Tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí... Por detrás y por delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano». El creyente está completamente resguardado por el Señor; Su fidelidad nos cerca por todas partes.

Lo que Dios declara tiene una trascendencia inquebrantable. En el libro de Jeremías el Señor advirtió severamente respecto a los profetas que hablaban visiones de su propia cosecha diciendo que no habría espada ni hambre: «Con espada y con hambre serán consumidos esos profetas, porque yo no los envié». No todo el que invoca el nombre del Señor cuenta con Su respaldo; es posible realizar obras exteriormente correctas sin tener un corazón íntegro, como se escribió de aquel rey que «hizo lo recto delante de Jehová, pero no de perfecto corazón». La Biblia es la plomada inalterable. Desde mi juventud, pastores fieles nos instruían a llevar la Biblia a las reuniones para verificar cada palabra expuesta desde el púlpito. La Escritura es la antorcha que alumbra en lugar oscuro y no admite interpretaciones particulares acomodadas al capricho humano.

Nada hay imposible para Dios. Sin embargo, Él no es servidor de nuestros caprichos. El apóstol Pablo, al encontrarse con el Señor, cayó a tierra y preguntó con rectitud: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?». No pretendió invertir los roles. El culto cristiano es esencialmente un espacio de ofrenda y adoración al Creador, no una simple tribuna de peticiones utilitarias. Debemos llamar a las cosas por su nombre: no todo canto es alabanza genuina, pues alabar implica exaltar las virtudes y la grandeza de Dios con sinceridad y discernimiento.

Cuando dos ciegos siguieron a Jesús clamando por compasión, el Señor les preguntó de forma directa: «¿Creéis que puedo hacer esto?». La fe no consiste en una aproximación tentativa para ver si ocurre algo fortuito. La Escritura en Hebreos sentencia: «Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan». El Señor no opera bajo condiciones impuestas por la arrogancia del hombre. A quienes pretendían seguirle bajo reservas, Jesús les demandó entrega absoluta. Cuando un joven de grandes posesiones se entristeció ante la demanda de dejarlo todo, no comprendió que el Señor jamás busca empobrecer al ser humano, sino enriquecerlo espiritualmente de manera muy superior. El Señor advirtió la necesidad de calcular los gastos antes de construir la torre: quien decide seguir a Cristo debe saber que entrega su vida a Alguien que jamás falta a Su palabra.

Durante mi servicio misionero en España junto a mi familia, enfrenté momentos de profunda estrechez material. Recuerdo una madrugada en la que nos encontrábamos sin recursos económicos para el sustento del día entrante con nuestras hijas pequeñas. Me levanté a orar en silencio para no despertar a la familia. Al pasar por la habitación, mi hija mayor despertó e hizo señas de querer que la cargara. La llevé a la sala y la senté en una butaca; al disponerme a arrodillarme para clamar al Señor, la niña introdujo su pequeña mano en una hendidura del mueble y sacó un billete de mil pesetas, provisión que cubrió nuestras necesidades por varios días. Para Dios no existen imposibles cuando dependemos de Él en Su camino.

Dios tiene el poder soberano y también la voluntad de actuar. Sin embargo, es necesario mantener una fe madura. Está establecido que los hombres mueran una vez, y no debemos caer en rabietas espirituales cuando la voluntad de Dios difiere de nuestros deseos inmediatos. A lo largo de mi vida he despedido a seres muy queridos: mi padre falleció cuando yo apenas tenía cinco años, y con el tiempo partieron mi madre, mi abuela, un nieto y mi primera esposa. La existencia física en esta tierra tiene un límite terrenal, y la gloria de la resurrección confirma que la muerte física no extingue la existencia de los redimidos, sino que la transforma. Como expresó el patriarca Job: «¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?». La madurez cristiana descansa en la certeza de que Dios utiliza cada circunstancia para perfeccionar nuestro carácter y que Su gracia es suficiente en medio de cualquier aflicción.

Conclusión

La seguridad de nuestra vida cristiana no descansa en nuestras emociones fluctuantes ni en promesas humanas, sino en el doble fundamento indestructible de las Escrituras y el poder de Dios. Él está comprometido con Su verdad y es plenamente capaz de sustentar cada una de Sus palabras. Quien se acerca al Señor con un corazón contrito, reconociendo Su soberanía y confiando en Su fidelidad, encontrará el socorro oportuno y la sanidad que solo Su gracia puede impartir en lo más profundo del alma.

¡Comparte esta bendición!

Envía este artículo a alguien que lo necesite.

Facebook WhatsApp X Telegram LinkedIn Pinterest Reddit Correo

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente