El reposo del corazón en el Dios que es nuestro Padre
En el evangelio según San Juan, capítulo catorce, verso uno, la Escritura nos enseña: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí». Es una exhortación directa a que nuestro ser interior no se agite ni pierda la serenidad: si creemos en Dios, debemos creer de la misma manera en Cristo.
Con frecuencia recuerdo la edad que tengo. Por más que intente olvidarlo, al levantarme de la cama vienen a la memoria mis ochenta y un años, y lo mismo ocurre al acostarme, al sentarme o al ponerme de pie. No obstante, el paso de los años tiene la virtud de permitirnos observar los procesos con perspectiva: ver cómo comienzan las cosas, cómo se desarrollan y cómo concluyen. Asimismo, brinda la oportunidad de reflexionar sobre la labor realizada, evaluando si las enseñanzas impartidas fueron las correctas, si se omitieron detalles esenciales o si algunas verdades se transmitieron de manera incompleta. La relevancia de esto radica en que cualquier falta u omisión se refleja inevitablemente en la vida de los creyentes. Si se omite un principio, la congregación aprende con esa carencia; y al momento de llevar la fe a la práctica, experimentan incomodidad e incertidumbre sin comprender su origen. Es indispensable enseñar con claridad y rectitud, pues el Señor afirmó que su yugo es fácil y su carga es ligera.
Durante la época de la pandemia, al observar y escuchar los testimonios en diversos medios y redes sociales, se hicieron evidentes falencias graves vinculadas con la salud mental, la paz interior y la cotidianidad. Resultaba desconcertante ver a personas que profesan la fe gritando con desesperación desmedida ante la sepultura de un familiar, cuando las Escrituras exhortan a no afligirse como aquellos que no tienen esperanza. Esta indicación bíblica no constituye una reprensión severa, sino la descripción de una realidad: la desesperación surge de la falta de certidumbre. Cuando la esperanza está arraigada en el alma, la respuesta ante la pérdida es completamente distinta. Por ello, es necesario instruir al creyente para que adquiera esa convicción que disipa la angustia.
Sucede a menudo que se ora de forma incesante por una persona anciana, prolongando vigilias y cadenas de oración para evitar su partida física. Sin embargo, cuando finalmente fallece, surgen cuestionamientos sobre si Dios escucha o responde. Con ochenta y un años de vida comprendo bien este proceso: una persona anciana que ha cumplido su ciclo tiene el derecho de descansar. Resulta infundado pensar que la muerte de un creyente anciano sea una catástrofe provocada por fuerzas destructivas. El dolor por la partida de un ser querido es natural y comprensible —lo viví con la muerte de mi propia madre—, pero ver la muerte del justo como una calamidad contradice la perspectiva de la Palabra de Dios.
En este mundo siempre habrá tempestades, lluvias torrenciales, vientos y dificultades. No podemos concebir una vida cristiana exenta de adversidades, ni es tarea de quien predica presentar un camino sin contratiempos. Jesús advirtió claramente que en el mundo tendríamos aflicciones. Si ya conocemos de antemano esta advertencia, no deberíamos sorprendernos cuando sobrevienen los problemas. Las dificultades son necesarias para madurar la fe. Un matrimonio joven no puede asumir que jamás enfrentará estrecheces económicas para el sustento básico; los contratiempos llegan a todos los hogares, y la madurez consiste en saber afrontarlos.
Al explorar las diversas corrientes de pensamiento contemporáneas, abundan las teorías y soluciones humanas. El pensamiento secular ofrece sus salidas, las tradiciones ancestrales presentan sus métodos y las posturas materialistas formulan sus respuestas. Si se intenta adoptar cada una de esas propuestas, la mente se desorienta. Los creyentes no necesitamos acudir a fórmulas ajenas, pues el mensaje de Cristo contiene una respuesta propia e integral. La dificultad surge cuando, viviendo inmersos en una sociedad secular, asumimos automáticamente sus dictámenes sin acudir a la perspectiva superior del Reino de Dios.
Hace más de dos décadas experimenté una condición médica de extrema gravedad, con diagnósticos sumamente desfavorables donde la ciencia médica no ofrecía posibilidades de recuperación. Desde el punto de vista natural, aquel dictamen respondía a la realidad visible; sin embargo, las Escrituras declaran que hemos sido trasladados del reino de las tinieblas al reino del Hijo de Dios, permitiéndonos acceder a una dimensión superior. Acudí a esa dimensión espiritual, Dios preservó mi vida y me ha concedido más de veinte años adicionales. Esto no desestima la medicina terrenal, a la cual acudí en su momento, sino que evidencia que la fe dispone de recursos que trascienden el plano material.
