La tierra gime: señales proféticas y el clamor de la creación

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La tierra gime: señales proféticas y el clamor de la creación

La creación fue sujeta a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sujetó en esperanza. La misma creación será libertada de la esclavitud de la corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Como está escrito en la carta a los Romanos, capítulo ocho, verso veintidós: «Porque sabemos que toda la creación gime a una voz y a una está con dolores de parto hasta ahora». Este pasaje nos invita a reflexionar profundamente sobre la realidad del planeta y los acontecimientos que observamos día tras día.

Si observamos con detenimiento los últimos acontecimientos, como los movimientos telúricos registrados en Colombia y en diferentes latitudes, nos daremos cuenta de que hemos atravesado periodos intensamente cargados de fenómenos naturales. El sismo en territorio colombiano no ha sido un hecho aislado, sino una manifestación más de la constante actividad en el Cinturón de Fuego del Pacífico. La Escritura declara que la creación entera fue sujeta a vanidad. En el principio, Dios creó una tierra perfecta y colocó al hombre en un sistema homeostático en absoluto equilibrio, donde no existían cardos ni espinas. Al contemplar su obra, Dios vio que todo lo que había hecho era bueno en gran manera. El Creador y Diseñador perfecto de todas las cosas estableció un orden sin defecto.

Sin embargo, sobrevino la desobediencia del ser humano hacia Dios. Aquel fruto prohibido representó la fractura de la relación con el Creador. Al consumarse la caída, la creación entera se estremeció. Los animales sintieron el dolor y emitieron sus gemidos, y el miedo se apoderó de ellos. A partir de ese momento, el diseño pacífico cambió: especies como el león pasaron a ser carnívoras y depredadoras, cuando originalmente Dios sustentaba a todas las criaturas directamente de la tierra. Había un orden nutricional y natural perfecto antes del pecado, pues Dios sustentaba al hombre con todo árbol del huerto. El pecado marca un antes y un después, operando como una fuerza destructiva que arruina matrimonios, hogares, llamamientos y propósitos. Aunque Dios ama a la persona, aborrece de forma indefectible el pecado.

El apóstol Pablo escribió que la creación gime a una y está con dolores de parto. Esta afirmación no es una metáfora vacía ni una simple figura poética; la ciencia misma, a través de sus datos, hace eco de lo que la Escritura anticipó hace siglos.

En primer lugar, consideremos la deforestación. En Génesis 2:15, Dios plantó un jardín y encomendó al hombre la tarea de labrarlo y guardarlo. No obstante, el planeta pierde cobertura vegetal a un ritmo alarmante. Organismos como Global Forest Watch documentan la pérdida de millones de hectáreas de bosque; imágenes satelitales confirman que zonas que hace cincuenta años eran verdes, hoy son paisajes áridos. Esta pérdida de masa forestal impacta de forma directa en el clima. Regiones fundamentales como la Amazonía, considerada uno de los pulmones del planeta, así como la cuenca del Congo y el sudeste asiático, registran índices críticos de deforestación. La comunidad científica advierte sobre un punto de no retorno: la tierra sufre la pérdida de cada árbol talado y con ello se agota el respiro que necesita. El libro de Apocalipsis, en el capítulo once, verso dieciocho, habla del juicio sobre aquellos que destruyen la tierra. A esto se suma la minería y la extracción desmedida de minerales y combustibles fósiles, el llamado petróleo u oro negro, demandados por la tecnología y la fabricación de dispositivos como los teléfonos móviles. Cada una de estas intervenciones hace gemir al planeta.

En segundo lugar, se manifiesta el efecto invernadero y el calentamiento global. Dios diseñó la atmósfera con capas perfectas, destinadas a retener el calor necesario para preservar la vida. Sin embargo, la emisión constante de gases tóxicos debilita la capa de ozono, acelerando de forma crítica el efecto invernadero en las últimas tres décadas. La actividad humana ha provocado que la temperatura global ascienda de 1.1 a 1.5 grados Celsius, registrando un incremento significativo en comparación con épocas anteriores. La alta concentración de dióxido de carbono en la atmósfera provoca el desprendimiento y derretimiento de los casquetes polares en el Ártico y la Antártida. Esta agua congelada pasa a los océanos, elevando el nivel del mar y comprometiendo gravemente las zonas costeras.

El profeta Isaías describió esta condición en el capítulo veinticuatro: «Se marchitó la tierra, se secó la tierra, languideció, se marchitó el mundo a causa de los soberbios. La tierra se contaminó bajo sus moradores porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno». Desde que el hombre falló en el Edén, comenzó un proceso de desgaste. El debilitamiento de la atmósfera permite una mayor filtración de radiación ultravioleta, lo que repercute en el incremento de enfermedades como el cáncer de piel, evocando las palabras proféticas sobre el calentamiento del sol.

En tercer lugar, destaca la actividad en el Cinturón de Fuego del Pacífico. Esta franja abarca naciones como Chile, Argentina, Ecuador, Colombia, Panamá, Guatemala, México, la costa de California en Estados Unidos, y se extiende hacia Japón y Filipinas. Las placas tectónicas bajo la superficie terrestre están en constante fricción y desplazamiento. En regiones como California, el movimiento sísmico forma parte de la vida cotidiana debido a la proximidad de las fallas geológicas a la superficie, donde la ciencia incluso advierte sobre la posibilidad de fracturas tectónicas mayores. Los sismos a poca profundidad se sienten con particular fuerza en la superficie. En las profecías de Mateo 24, Jesús advirtió con claridad: «Y habrá terremotos en diferentes lugares». Esto no debe provocar pánico, sino sobriedad y prudencia preventiva, tanto física como espiritual, reconociendo que nuestra redención está cerca.

En periodos breves hemos visto registrarse sismos en Japón, Chile, California, Venezuela, Colombia, Ecuador y Filipinas. La Escritura señala que los tiempos se acelerarían por causa de los escogidos. Fenómenos astronómicos y geofísicos nos hacen percibir que el tiempo corre a mayor velocidad. La palabra griega que se traduce como dolores en Romanos es odín, término que designa específicamente los dolores de parto. La tierra conoció al ser humano en su diseño original antes de la caída; por ello, gime anhelando la manifestación plena de los hijos de Dios, mientras sobrevive a las consecuencias de la degradación ambiental.

El libro de Apocalipsis también describe impactos celestes, como la caída de cuerpos que alterarán los ecosistemas, representada en la estrella llamada Ajenjo que tornará amargas las aguas. Ante tales juicios venideros, el Evangelio ofrece el agua dulce y viva de la salvación en Cristo Jesús, quien declaró ser el camino, la verdad y la vida.

Asimismo, los océanos, al elevar su temperatura, aportan mayor energía calorífica a las tormentas, intensificando los huracanes en el Atlántico y los tifones en el Pacífico. El aire cálido se combina con las corrientes frías generando vientos de gran devastación que impactan las costas. No obstante, reconocemos que existe un Dios Soberano que gobierna los vientos y el mar.

La Iglesia no camina persiguiendo señales; las señales la siguen y confirman que la verdad de las Escrituras se cumple con exactitud. En la segunda carta de Pedro, capítulo tres, verso diez, leemos: «Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas». Ante esta perspectiva, nuestra esperanza descansa en la promesa de cielos nuevos y tierra nueva.

Debajo de nuestros pies, el planeta resiente el impacto humano: las placas se comprimen, la masa forestal cede y los mares ascienden milímetro a milímetro. La creación clama a la espera de la consumación divina. Llegará el día en que sonará la trompeta, los cielos se abrirán y el Rey de reyes descenderá; entonces la tierra dejará de gemir y entonará cánticos de alegría, los montes saltarán de gozo y los ríos batirán sus manos.

Todo esto constituye una llamada de atención respecto al amor y la misericordia de Dios, quien mantiene abierto el trono de la gracia para todo aquel que desee acercarse. El panorama actual refleja las advertencias bíblicas: sociedades donde los valores morales se desmoronan, la confusión entre el bien y el mal se generaliza y, como anunció Mateo 24:12, la multiplicación de la maldad provoca que el amor de muchos se enfríe. Se aprecia una convergencia entre las características de la generación prediluviana y los tiempos de Lot, buscando desplazar los principios de la justicia y la familia. Sin embargo, la Iglesia permanece como una presencia que frena el avance desmedido de la iniquidad.

Los conflictos bélicos y los rumores de guerra confirman el carácter de la época. Frente a tensiones geopolíticas, temores económicos e incertidumbre global, la fe no debe claudicar.

Conclusión

Estamos ante un planeta que gime y da señales inequívocas de agotamiento físico y moral. La respuesta frente a esta realidad no es el desánimo ni la frialdad espiritual, sino una consagración renovada. La Escritura nos exhorta a perseverar en santidad, a vivir conscientes de la gracia recibida y a mantener la mirada puesta en Jesucristo, el autor y consumador de nuestra fe.

El mensaje bíblico permanece vigente: el regreso de Cristo es seguro. Es tiempo de acercarse a Dios, de fortalecer los fundamentos de la fe y de aferrarse a la esperanza eterna. Conforme a la exhortación del libro de Apocalipsis, retengamos lo que tenemos para que nadie tome nuestra corona, viviendo con la certeza de que el Señor no retarda su promesa.

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