Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. Mateo 20:28
Qué bonito es ser joven: uno tiene ganas, fuerza, visión e ilusión. Al mirar la Palabra de Dios, quiero hablar del servicio a Dios como un asunto de vida. A veces caemos en el costumbrismo de ir hacia donde va la gente y con eso nos conformamos. Pero nosotros siempre hemos ido contra la corriente. Los cristianos no vivimos en la corriente del mundo; estábamos ahí y Dios nos sacó de ahí, nos puso en la otra corriente.
Este pasaje de Mateo contiene dos verdades fundamentales que definen nuestra identidad. La primera es que los seguidores de Jesús no buscan ser servidos. La segunda es que estamos llamados, como Él, a dar la vida. Esto no es una teoría, es una forma de existir.
Los seguidores de Jesús no buscan ser servidos
¿Qué significa realmente seguir a Cristo en la vida cotidiana? Significa comprender que no estamos aquí para que se nos rinda pleitesía. Personalmente, a veces parezco casi grosero porque me incomoda que me lleven la maleta. Ahora que soy mayor, parece que me voy rindiendo un poco porque el peso se siente, pero sigo sintiendo esa incomodidad. No nací para ser servido; desde pequeño mi temperamento ha sido así, quizás pecando de independiente, pero es que el Hijo del Hombre es nuestra medida: Él no vino para ser servido.
Usted no está aquí para ser servido. «Es que no me atienden, es que no me visitan». Nadie lo llamó aquí para ser servido; no sé quién lo engañó con eso.
Cuando tenemos bebés, los cuidamos porque es necesario, pero en cuanto crecen un poco, deben aprender. Yo crié una familia numerosa y siempre fui claro: "Recoja el zapato". Hay que enseñarles a recoger sus cosas porque, si lo haces todo por ellos, los echas a perder. Les das la falsa idea de que nacieron para que otros les sirvan. Los hijos de Dios, los seguidores de Cristo, debemos entender que como es Él, así somos nosotros en este mundo. No nacimos para ser el centro de atención, sino para ser manos que ayudan.
Servir es una manera de vivir, no una actividad temporal
¿Es el servicio un cargo eclesiástico o una función anual? No. Servir no tiene nada que ver con ocupar un puesto este año porque te nombraron y te gustó la experiencia. Si alguien piensa que el servicio es solo una tarea en una agenda, ha perdido el enfoque. Vinimos para dar la vida. Lo confieso en el temor de Dios: nunca he cuestionado por qué soy pastor, ni he pensado que pude ser otra cosa. Para mí, esto es un matrimonio para toda la vida, a las buenas y a las malas. Si hay que aguantar hambre, se aguanta, pero yo soy pastor y no me voy a mover de aquí.
Ser servidor es una manera de vivir. A veces uno se queja con las mujeres por eso. No sé si todas serán así; yo tuve dos esposas porque quedé viudo una vez. Están pendientes de si se te botó la sopa, si se te cayó la papa o si te salpicaste la corbata. Uno les dice: «Déjame ya», pero ellas siguen atentas. Es su forma de ser, su forma de vivir. El cristiano tiene ese ADN. El cristiano al que hay que forzar a servir tiene que nacer otra vez.
La coherencia del corazón servicial
Es raro pensar en regresar atrás. Si yo he predicado contra el licor porque estoy convencido de que mata a la gente, ¿voy a ir a emborracharme si me voy al mundo? Eso no me queda ni regular. Entonces tendría que reconocer que no creía lo que antes decía. Si digo que mentir es malo y estoy mintiendo, no creo realmente lo que predico: son solo palabras. Así sucede con el servicio: toda la vida sirviendo, porque el Hijo del Hombre vino para servir y dar su vida.
Como el Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida. Insisto en esto porque me parece que a veces hasta los pastores no lo entendemos.
El servicio como identidad innegociable
Insisto en este punto porque me parece que, a veces, hasta nosotros los pastores no lo entendemos. Quizá piensen: «Bueno, es que al pastor le tocó serlo». Recientemente, estaba invitado para un seminario en Madrid, pero me llamaron y me dijeron que me necesitaban en la asamblea. Hay que aprender a sujetarse, aunque uno tenga 81 años. Esto es una forma de vida, no son simples palabras. No se trata de decir: «Soy importante porque soy presidente». Usted será presidente de lo que quiera, pero la regla es la misma para todos: bájese de la nube.
Aquí todos tenemos el vestidito de esclavos. Todos sin excepción de nadie.
Así es la vida cristiana: vivimos para servir; esa es nuestra función. A veces, la gente que no entiende la vida dice tonterías e insulta a otros llamándoles «zánganos». Pero ser un zángano en la naturaleza no es una posición vergonzosa; el zángano cumple una función vital, vive para preservar la vida de las abejas. Ese es su propósito. De la misma manera, nosotros tenemos una función específica en el cuerpo de Cristo que debemos cumplir.
La verdadera libertad en la sujeción a Cristo
Quiero decirles algo a los que les gustan los cantos sobre la libertad, porque los cristianos hemos adoptado un concepto mundano de lo que significa ser libres. Muchos dicen: «Soy libre como el viento». Pero, ¿libre de qué? Con el perdón de todos, aquí ninguno es realmente «libre» en ese sentido humano. La Escritura enseña que, habiendo sido esclavos del pecado, fuimos libertados del pecado para ser siervos de la justicia.
Debemos quitarnos esa idea romántica y mundana de que al salir de la esclavitud del mundo simplemente quedamos sueltos. La realidad es que salimos de una esclavitud para entrar en otra. El que aceptó a Cristo, lo aceptó como Señor de su vida. Si logras entender esto, vas a ser feliz. La felicidad del que llega a Dios y encuentra descanso no nace de la autonomía, sino de la dependencia.
El yugo de Cristo y el secreto del descanso
El Señor nos dice que su yugo es fácil y ligera su carga, pero esa promesa tiene un punto de partida. Él no parte de una suposición, sino de una realidad humana:
En Mateo 11:28-30, el Señor llama a los que están trabajados y cargados y promete descanso. No dice «los que estéis», como una suposición: parte de la realidad de los que ya están así. ¿Cómo nos hace descansar? Nos llama a aprender de él, que es manso y humilde de corazón, y a llevar su yugo, porque su yugo es fácil y ligera su carga. Ahí está el descanso.
Si no te pones el yugo, nunca vas a descansar. Al hablar del descanso, pienso también en lo que hemos conversado sobre la salud mental. Permítanme explicárselo con una vivencia personal. Una noche me acosté sin una sola moneda para el desayuno del día siguiente, y tenía tres niñas pequeñas. Los niños no preguntan si hay dinero; ellos simplemente se despiertan pidiendo su leche o su comida. Me levanté a las cuatro de la mañana angustiado, sabiendo que mis hijas se despertarían pronto.
Una lección de dependencia en la escasez
Mientras yo estaba desesperado, mis hijas dormían plácidamente. Ellas no se preocupaban por el desayuno. ¿Por qué? Porque los niños no tienen esa carga; se preocupa el que tiene la responsabilidad de proveer. El descanso de mis hijas radicaba en que ellas no dependían de sí mismas, sino de su padre.
Muchos de nosotros no descansamos porque nos creemos los señores y los proveedores de nuestra propia vida. Dios quisiera juntarnos como la gallina junta a sus polluelos, pero nos resistimos diciendo: «Yo soy libre, yo puedo solo». Yo ya no intento poder por mi cuenta. He aprendido que cuando reconozco mi debilidad, entonces soy fuerte. El descanso llega cuando reconozco mi incapacidad y confío en quien tiene el control.
A veces decimos que creemos en Dios, pero repetimos el dicho de nuestras abuelitas: «A Dios rogando y con el mazo dando». No digo que me quede esperando a que se me caiga el techo, pero sí confío en Dios y espero, porque no tengo otra forma. Para disfrutar el cristianismo hay que entenderlo, aceptarlo y vivirlo; de otra manera no lo vivimos. Yo aplico ese llamado de Jesús a nosotros: «Venid a mí los que estáis trabajados y cargados». El descanso está en que yo dependo de alguien. Le trabajo todo el día, si quiere, pero él me provee comida y ropa.
Recuerdo otro día en que amanecí sin dinero. De esos hubo varios. Siempre he considerado sagrado el dinero de la casa, pero estábamos construyendo en Valencia y, sin darme cuenta, me gasté el dinero del hogar en la construcción. Eso no me había pasado antes ni me ha vuelto a pasar. El problema era serio.
La provisión divina en medio de la escasez
Mi esposa, con la preocupación lógica de una madre, me confrontó diciendo que nuestras hijas no pasarían hambre y que, si era necesario, ella misma saldría a fregar pisos. Yo le respondí con sinceridad: perdí a mi padre a los cinco años y desde entonces me tocó trabajar en lo que fuera; mi madre me ponía incluso a lavar botellas si era preciso. Por falta de ganas de trabajar no nos íbamos a detener, pero le hice una advertencia basada en mi convicción ministerial:
El día que yo salga por esa puerta a ganarme un sueldo para la comida, Dios tendrá un pastor menos. No es posible que contrates a un empleado, lo pongas a trabajar y no le des ni el alimento. Eso sería una injusticia, y Dios no es así.
Ella sugirió vender el acordeón, pero me negué porque ese instrumento me lo dio el Señor para Su obra, no para comercializarlo en una crisis. Decidimos creer. Había un poco de sopa en la nevera, así que comimos eso y esperamos. La situación era difícil; no tenía nada, incluso había cambiado hasta unas monedas de colección que guardaba. Salí a caminar sin un rumbo fijo, impulsado por la inquietud, y llegué a pie hasta el centro, frente a la oficina de correos.
En aquel tiempo, el correo internacional se repartía por la mañana y el nacional por la tarde. Yo ya había ido temprano y no había nada para mí, pero al pasar de nuevo frente al edificio, sentí una corazonada. Entré a revisar mi apartado postal y encontré una carta que venía de Cúcuta. Dentro había un cheque que me alcanzaba para cubrir más de quince días de comida. Regresé a casa con la noticia y le pedí a mi esposa que leyera la carta con atención.
La carta tenía fecha del 15 de julio: la habían escrito antes de que a mí me faltara el dinero. Cuando todavía tenía, ya me la habían mandado. Decía que una anciana de la iglesia había tenido un sueño en el que Dios le decía: «Saque los ahorros y mándeselos al hermano Álvaro». Sacó todos sus ahorros y me los envió. Mandé una carta de agradecimiento. Cuando después llegué a aquella iglesia, la estaban llevando al cementerio. No hablo de lo que se me ocurre: cuento lo que viví. Si quieres servir a Dios, bienvenido; es la mejor vida del mundo. Pero tienes que aprender quién es el Señor en esta casa.
Pertenecer al Señor es un asunto de vida o muerte
Lo que más le cuesta al ser humano es rendir su voluntad, pero la Escritura es clara sobre nuestra posición frente al Creador:
Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.
Romanos 14:8
Si me toca morir, muero; si me toca vivir, vivo; pero en cualquier circunstancia le pertenezco a Dios. A veces tomamos nuestra fe simplemente como un folclore de alegría, algo que se limita a cantar y celebrar dentro de cuatro paredes, pero esto es mucho más profundo. El cristianismo no se trata solamente de lo que ocurre en el culto. Una reunión puede durar una o dos horas, pero el día tiene veinticuatro. ¿Qué sucede con las otras veintidós horas?
Si nos limitamos a buscar entretenimiento religioso, estamos perdiendo recursos, fuerzas y el verdadero gozo, porque no estamos descubriendo la grandeza de lo que hemos recibido. Nos quedamos en la superficie.
Más allá del entretenimiento del culto
En mi juventud fui nadador y salvavidas. Recuerdo que en las piscinas de aquella época había un pequeño estanque o charquito antes de entrar al área principal, diseñado para que uno metiera los pies. Hoy en día te piden que te duches antes de entrar. El propósito de ese contacto inicial con el agua es climatizar el cuerpo, preparar el organismo para que el cambio de temperatura no provoque un calambre al lanzarse a lo profundo.
Esa agua del charquito al principio parece sabrosa, está fresquecita, pero si uno se queda ahí mucho rato, se da cuenta de que no lo es tanto. El sol le da todo el tiempo y, como es llanita, se calienta. Sin embargo, uno viene más caliente que el agua y al principio siente alivio, pero la meta es la piscina. Si te quedas en el charquito, al principio te parecerá maravilloso que cantamos y nos alegramos, pero si permaneces mucho tiempo ahí, el agua se calienta y todo se vuelve rutina. Te aburres aunque lo que hagas sea bonito.
No nos podemos quedar en la orilla. Todos hemos crecido; éramos niños y nos gozábamos en cosas de niños, pero cuando uno se hace grande, debe dejar las cosas de niño. Esto que hemos recibido es grande y maravilloso, y hay que descubrir su profundidad. A mí me fascina cantar, pero no me gusta que nos dediquemos nada más a eso. La cigarra se pasó cantando todo el verano y en invierno se murió. Hay que cantar y hay que trabajar; hay que guardar las dos cosas. Dios se merece que le cante todo el día, pero la vida no es solo eso.
La satisfacción de una vida entregada al servicio
¿Qué es lo que da sentido a nuestra existencia? Yo quisiera que descubriéramos que esta vida cristiana es extraordinaria. Servir da una satisfacción impresionante. Yo no he hecho otra cosa en mi vida y puedo decir con seguridad que soy feliz. El día que me toque partir, quiero que sepan que me iré con una sonrisa, porque estar con Cristo es lo mejor. Como dice la Escritura:
Si vivimos, para él vivimos.
Romanos 14:8
Con los años me ha tocado servir a muchas clases de personas. Hay gente agradecida y gente que no lo es. Recuerdo una noche en que me desperté y mi primera esposa estaba llorando. Estaba pensando en la ingratitud de las personas; recordaba a alguien a quien incluso le había lavado y planchado la ropa, y esa persona le había pagado con una grosería. Yo le dije en ese momento: «Eso te pasa por servirle a los hombres». Nosotros todo lo hacemos como para el Señor.
Si yo te sirvo a ti, en realidad no te sirvo a ti, sino a Él. El día que yo llegue a su presencia, Él me dirá: «Gracias por el vaso de agua». Y aunque yo le diga que nunca se lo di a Él directamente, Él me recordará que, si se lo di a uno de sus pequeños, a Él se lo di. El servicio es algo extraordinario y trascendente, pero hay que entenderlo desde esta perspectiva divina.
El rostro de pedernal ante la ingratitud
Si una persona a la que ayudaste te contesta con una grosería, es necesario ponerse «piel de cocodrilo». Hay que poner el rostro como un pedernal, como una piedra que no siente el golpe. Hay que estar dispuestos a dar la mejilla incluso a los que tiran de la barba. Si vas a servir, ponte cara de pedernal. Como decía mi abuelita: «El que ríe de último, ríe mejor», y llegará el momento en que tú reirás.
Hace poco tuve una experiencia relacionada con algo que pasó hace 45 años. A veces recibes un golpe y te queda la marca por décadas, pero de repente, esa persona que te hirió viene y te dice: «Hermano, perdóneme». Yo ya vivía feliz, pero esa persona no lo estaba; necesitaba desahogarse. Ahora somos felices los dos. Por eso, lo que compartimos es fundamental: servir no es simplemente cumplir con una actividad.
Las cosas no son grandes por lo que hacemos, sino para quién las hacemos.
Hay tareas que yo no haría por nadie, ni por todo el dinero del mundo, porque sencillamente no me gustan. Pero las he hecho por el Señor y con gusto. Él se merece que yo haga lo que sea. Si tengo que agachar la cabeza, la agacho. Es difícil, pero tenemos que aprender esa maravilla de carácter. Así como es Él, así somos nosotros; Él no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida.
La ley de la siembra y la paciencia
No vivas para ti mismo, porque el que vive para sí, pierde su vida. Los que guardan su vida para sí mismos la terminan perdiendo, pero el que la entrega, la encuentra. Es el principio de echar el pan sobre las aguas para recogerlo después de muchos días. Pablo nos exhorta con claridad:
No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.
Gálatas 6:9
Debemos entender que la siembra y la siega no son automáticas ni inmediatas. Cuando tú siembras, hay un tiempo de espera. Recuerdo mi primera experiencia con la siembra cuando tenía apenas unos tres años. Entré en aquella cocina vieja que teníamos en el patio y mi mamá, que se levantaba muy temprano a preparar el almuerzo, estaba cortando un ñame.
La paciencia en la siembra y el fruto del servicio
Mi mamá estaba cocinando; ella se levantaba muy temprano, y yo también. Recuerdo que empezó a preparar el almuerzo y cortó un ñame. Para quienes lo conocen, saben que tiene unas raíces particulares. Ella me dijo: «Vaya, mi hijito, siembre este ñame». Yo busqué un árbol grande, hice un hueco, lo puse allí, le eché agua, arena y lo tapé.
Todos los días, al levantarme, le echaba un poquito de agua. Hasta que un día salió una cosita verdecita. «¡Mami, salió una plantita!», grité emocionado. Ella me confirmó que ya tenía una planta y esta empezó a crecer. Es una enredadera, así que se pegó al árbol, luciendo bonita con sus tonos verdes y marrones. Un día salí y vi algo nuevo: «Mami, esa tierra se está rompiendo ahí». Ella vino, sacudió la tierra y se veía el lomo de algo; lo limpió y sacó un ñame grande. Fue el primer fruto de mi siembra.
Pero ese fruto no nació el mismo día que lo puse en la tierra. Hay que tener paciencia, pero también la seguridad de que lo que se siembra, crece y produce. Servir produce. Con los años uno adquiere una ventaja: ha visto cómo empiezan las cosas, cómo se desarrollan y cómo terminan. Eso te da seguridad y paciencia. A veces vemos a un niño y pensamos que no tiene remedio, pero hay que esperar; él cambia, hay que enseñarle, va a crecer.
El arte divino de moldear la vida
Quienes hemos sido pastores por muchos años hemos visto creyentes llegar en condiciones difíciles. Es asombroso ver cómo el Señor los toma y los va moldeando. A veces ni ellos mismos se dan cuenta, porque Dios es un experto; lo hace de forma suave, firme y paciente. No te duele, pero de repente te miras y dices: «Yo ya no soy el que era». El cambio ocurre milagrosamente si te pones en las manos del Señor. Él te moldeará para que puedas servir.
Por eso, no debemos cansarnos de servir. A veces veo que las personas no entienden lo que significa poner la vida, porque piensan que servir es simplemente ocupar un cargo por un año o dos. Se quejan diciendo que llevan mucho tiempo haciendo lo mismo y piden un cambio. Pero el servicio no funciona así; esto es una cuestión de compromiso.
Gastarse por amor: el compromiso de Pablo
A veces leía mal las palabras de Pablo, como si fueran solo una posibilidad, pero él no dice «yo gastaría», sino «yo gastaré». Él expresa una determinación absoluta sobre su entrega:
Yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos.
2 Corintios 12:15
Recuerdo al hermano Dross; él no era un consejero formal, tenía una manera de ser distinta, pero un día me dijo algo sobre el dinero que se me quedó grabado. Me dijo: «Álvaro, esta plata que está aquí no es mía. Esta plata es de Dios. De aquí coge todo el mundo, y yo también». Me enseñó que el dinero que entra es como una rueda que da vueltas; todo el que necesita mete la mano y toma, y yo también tomo de allí. Pablo decía: «Yo gastaré lo mío y me gastaré a mí mismo por amor». Aunque yo ame mucho y reciba poco amor a cambio, sigo adelante, porque esto no es un intercambio de favores. Uno no sirve con el propósito de recibir, aunque la promesa sea que al dar se nos dará.
La vocación nace del amor, no del cargo
El secreto de todo esto está en la vocación, que es una invitación de Dios. Cuando Dios te invita, no te pregunta simplemente si quieres ocupar un puesto. A veces los pastores lo hacen así, pero el proceder de Dios es distinto. Él nos hace competentes; lo que yo no era, Él lo hizo en mí. Él nos ofrece algo incluso cuando no tenemos la habilidad inicial, porque Él nos hace ministros competentes.
Cuando Jesús habló con Pedro, no le preguntó: «Pedro, ¿quieres ser apóstol?», ni «¿quieres ser diácono?» o «¿quieres ser el líder del grupo musical?». La pregunta fue otra:
Pedro, ¿me amas?
Ese es el problema central. Yo toco y tengo el talento, pero amo a Dios. Podría estar tocando en una esquina; prefiero tocar aquí porque le amo a él. Todo lo que soy y tengo se lo he dado. Al leer el diálogo con Pedro, distingo las palabras griegas agapao, que relaciono con amar a pesar de todo, y phileo, el afecto entre compañeros. En esa diferencia veo que Pedro no fue capaz de responder con aquella entrega total. El amor de Dios es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo; no lo producimos nosotros mismos.
Dios nos está pidiendo que le amemos. No se trata simplemente de querer servir, sino de amarle a Él, porque si le amas, harás por Él lo que sea. Lo que se te mande hacer, lo harás con disposición. No es una cuestión de "querer ser" por ambición personal.
Recuerdo que un día me levanté con esa inquietud que a veces llega y se me dio por ser escritor. El poema que sentí que Dios me dio tenía un título: No tuve tiempo de querer ser porque cuando quise ser, ya era. Nunca decidí ser; cuando me hablaron de ser, ya Dios me había hecho. En el reino de Dios, el asunto no es el "liderazgo" como se entiende en el mundo. Esa palabra, que viene del inglés leadership, ni siquiera existía originalmente en nuestro idioma con ese peso. Dios no está buscando líderes bajo conceptos humanos; Él despierta el don que ya puso en ti. Dios busca gente que le ame.
¿Qué significa realmente servir?
Servir es estar dispuesto a suplir la necesidad de otros sin esperar nada a cambio. Aquí es donde muchas veces confundimos los conceptos. Tenemos un problema al diferenciar las ofrendas de las ventas. Una venta no es una ofrenda. Cuando tú compras algo, no estás colaborando en el sentido estricto de la palabra; te estás llevando algo por lo que pagaste. Si compras una carne asada, pagas y recibes tu comida. Pero cuando pones dinero en el platillo de la ofrenda, no esperas nada: ni carne, ni empanadas, ni beneficios materiales. Eso es una ofrenda.
No damos nada por algo o para algo. Tenemos que cambiar nuestra manera de pensar.
A veces le faltamos el respeto a Dios sin darnos cuenta por nuestra manera de pensar. Necesitamos cambiar esa mentalidad de intercambio y entender que el servicio y la entrega son desinteresados.
La lección de David: ¿Quién soy yo para darte?
David salió un día a la puerta de su casa. Tenía una casa hermosa, elegante, como la que Dios le había permitido tener. Estaba contento, pero al mirar enfrente vio una tienda de campaña cubierta de cueros rojos mal teñidos: era la casa de Jehová. Le dio una especie de lástima. Pensó: «Yo, con esta casa tan buena, y Jehová con esa casita tan maluca ahí. No puede ser. Le voy a hacer una casa a Jehová como se la merece».
Al pensar en David y su deseo de preparar una casa para el Señor, recuerdo que apartó plata y oro. Para acercar la escena a nosotros, la cuento como si llegara un pastor conocido, el hermano Villegas. En el relato bíblico, quien conversa con David es Natán. Imagino el diálogo con esa familiaridad: «Oiga, estoy pensando en hacerle una casa al Señor». Y la respuesta inmediata: «Adelante, eso está bueno, que Dios le bendiga». Pero los hombres de Dios tenemos un Señor al que debemos escuchar.
Cuando aquel mensajero llegó a su casa, el Jefe lo estaba esperando. Dios le cuestionó: «¿Y a ti quién te dijo que le dijeras a David que me haga una casa? Yo no he pedido casa a nadie. No he hablado con supervisores, ni con el pueblo, ni con sacerdotes. Nadie te autorizó a decir que sí. Vuelve y dile a ese señor que la casa que él tiene, se la di yo. Que el puesto de rey que ocupa, se lo dio Dios. ¿Qué es lo que él me va a ofrecer a mí?». El mensajero tuvo que regresar a recoger sus palabras y contarle a David lo que Jehová había dicho.
Me gusta cómo David reconoce lo que ha recibido de Dios. Ese reconocimiento aparece también cuando, al hablar de las ofrendas para la casa de Dios, pregunta:
Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos.
1 Crónicas 29:14
Reconociendo que nada es nuestro
Tú nunca has dado una ofrenda que realmente te pertenezca. Ni yo, ni ningún pastor ha "dado" nada propio, porque todo es de Él. Lo que yo decía que era mío, en realidad me lo dio Él. Por eso, cuando ofrendamos, no nos estamos desprendiendo de algo nuestro, simplemente estamos devolviendo una parte de lo que ya hemos recibido de su mano.
A veces somos atrevidos al decir: «Voy a dar tal cantidad», como si el dinero fuera nuestro. Hay quien dice: «Es que me lo gané con el sudor de mi frente». Pero ni siquiera tendrías glándulas para sudar si Dios no te las diera. Ni el sudor es tuyo. Nabucodonosor presumió de la fuerza de su brazo y de su grandeza, y terminó comiendo hierba en el campo hasta que entendió quién es el que manda.
Quitémonos esa grandeza que no es nuestra. Vistámonos como los siervos que somos y vivamos para Dios. Si entra mucho, bien; si entra poco, también bien. Dios no es injusto.
El valor de permanecer en nuestro llamado
En el libro de los Jueces leemos sobre una reunión de árboles que se juntaron para elegir un rey. Se acercaron al olivo y le pidieron que reinara sobre ellos, pero él respondió que estaba ocupado produciendo el aceite para la unción celestial y que no quería dejar su función. Luego fueron a la vid, y ella respondió que producía el vino que alegra a la gente y no pensaba abandonar su propósito. Todo aquel que servía para algo quería permanecer en aquello para lo cual fue creado.
Si a mí Dios me hizo pastor, ¿yo para qué quiero ser otra cosa? Todo el que sirve para algo quiere estar en lo que está.
Yo nunca he querido ser otra cosa, entre otras razones, por las experiencias que me han marcado. Estudié en un colegio donde el rector era un psicólogo muy famoso. Cuando llegamos a décimo grado, comenzaron las entrevistas de orientación profesional. Llamaban a cada estudiante y, basándose en los exámenes realizados durante años, les recomendaban qué estudiar. A mí no me llamaban, y como mi apellido es Torres, pensé que era por ser el último de la lista.
La vocación que Dios confirma
Al finalizar el año, le pregunté al doctor por qué no me había entrevistado y me dijo que estuviera tranquilo. Comenzó el siguiente año y, al ver que llegaba marzo y seguía sin ser llamado, volví a insistir. Él me miró y me dijo: «Hijo, usted ya es pastor. Usted no tiene que cambiar, está bien donde está».
En ese entonces yo ya era estudiante y pastor a la vez. Entendí que si Dios me llamó y hasta el psicólogo me confirmaba que eso era lo mejor que podía hacer, de aquí no me movería nadie. Cuando uno está seguro de lo que Dios tiene para su vida, uno es feliz haciendo su labor. No importa si me tocaba estar en la oficina; yo llegaba a las siete, antes que los empleados, y me alegraba saludar a los hermanos cada día. Uno hace los trabajos con alegría porque le está sirviendo al Rey de reyes y Señor de señores. Él se merece que le sirvamos con lo mejor de nosotros.
Servir con alegría o por necesidad
La Escritura nos presenta una advertencia muy seria sobre la actitud con la que servimos:
Por cuanto no servisteis a Jehová vuestro Dios con alegría y con gozo de corazón... servirás a tus enemigos.
Deuteronomio 28:47-48
A veces se asignan tareas de limpieza o mantenimiento y surge la queja: «¿Por qué conmigo? Yo en mi casa ni limpio, yo le pago a alguien para que lo haga». Pero Dios merece que seas tú mismo quien le sirva, no un representante al que tú le pagas. No queremos delegar nuestra expresión de amor.
Un servicio personal e intransferible
Pensemos en una relación de pareja. Si yo quiero un beso de mi esposa y ella me dice: «Ya le pagué a la vecina para que te dé el beso por mí», ¿me gustaría eso? Por supuesto que no. Yo quiero que sea mi esposa quien me exprese su afecto. De la misma manera, Dios quiere que seas tú quien le sirva; Él necesita que tú mismo le expreses tu amor.
Cuando el Señor habla con Pedro en el evangelio de Juan, le hace una pregunta que hay que leer con cuidado. A mí me pasó que la leía y me sonaba al revés. Entiendo que no le dice «¿me amas más que a ellos?», sino «¿me amas más que estos?», refiriéndose a las otras personas que estaban allí. Es la diferencia en la que quiero que nos fijemos.
Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?
Juan 21:15
Dios necesita que tú le ames de una manera especial. A veces preguntamos por qué no mandan a otro, como si otro tuviera corona. Pero tú sí tienes esa responsabilidad: por eso te mandaron a ti. Si siempre te ponen a hacer lo mismo, debe ser que eres bueno en eso. Para todo hay que tener altura y capacidad, hasta para limpiar el piso. No todo el mundo limpia bien: hay quien deja el polvo debajo de la alfombra, en las esquinas o bajo la cama. En mi casa trabajaba una hermana que, apenas yo le abría la puerta, empezaba a limpiar desde la entrada hacia adentro. Esa señora sí trabajaba.
Identificación con el vituperio de Cristo
¿Por qué nos resulta pesado venir al culto o prestar un servicio al Señor? Si uno murió por todos, la consecuencia lógica es que todos vivamos para aquel que murió por nosotros. Si Él salió fuera de la ciudad llevando nuestro vituperio, nosotros debemos estar dispuestos a salir con Él y sufrir con Él. Esto no es solo una cuestión de lo que sucede durante el culto. Damos gracias por el tiempo de alabanza, pero el servicio no se puede convertir únicamente en un canto.
Necesitamos que nuestra vida entera sea un acto de servicio. En mi experiencia personal, he sido inmensamente feliz sirviendo al Señor. Desde que era un adolescente de unos catorce años, siempre tuve esa inclinación y ese deseo en mi corazón.
Una rueda cambiada bajo la lluvia
Recuerdo al hermano Larsen. Él solía llevar en su camioneta a personas que vivían muy lejos porque, a esas horas de la noche, ya no había autobuses. Yo siempre intentaba subirme con él, aunque me dijera que ya no había espacio. «Hermano Álvaro, no cabe más gente», me decía. Pero yo insistía: «Sí, yo me voy aquí con usted por si se le pincha una rueda». No había forma de que me bajara; allí me quedaba firme.
Él era un hombre del norte, calvo, y el sol le castigaba la piel hasta sacarle ampollas, mientras que de noche el frío le provocaba sinusitis. Yo me sentaba a su lado y no me movía. Una noche, mientras regresábamos, comenzó a llover y se pinchó un neumático. Él se dispuso a bajar para cambiarlo, pero yo lo detuve: «No, siéntese. Yo vine para esto». Me subí al techo de la camioneta, bajé la rueda de repuesto, quité la dañada y puse la nueva. Me sentía un campeón, de verdad. Experimenté una alegría inmensa en aquel momento.
El privilegio de ser útil
Es que servir es un placer. Si uno no descubre el placer de servir, la vida no tiene sentido, no sabe a nada, porque significa que no se ha aprendido a amar bien. La grandeza de la iglesia del Señor no reside en ostentar un cargo, un liderazgo o un rango. El verdadero servicio es sentir que los demás tienen una necesidad y que yo, con mucho gusto, puedo ser su solución.
El alfarero y el vaso restaurado
El canto del alfarero expresa la disposición de dejarnos restaurar por Dios para ser útiles en sus manos. Con esa imagen de entrega, vuelvo a una experiencia que marcó mi vida.
La mayor ofrenda: nuestra propia vida
Escuché una vez la historia de un niño que quería entregar una ofrenda en su iglesia, pero no tenía dinero. Cuando el encargado de recoger los dones pasó por su lado, el niño le pidió: «Hermano, baje el platillo». El hombre lo bajó un poco, pero el niño insistió: «Bájelo más». El encargado lo bajó hasta ponerlo en el suelo, y entonces el niño se paró encima del platillo y dijo: «No tengo plata, pero yo me doy de ofrenda».
Ese era exactamente mi caso. Yo me encontraba en esa misma situación: quería dar una ofrenda y no tenía nada material. Así que, una noche, cuando toda la gente se había marchado y me quedé solo, me acerqué al altar y le hablé al Señor con sinceridad:
Señor, tengo una vida; si te sirve, te la regalo.
No me arrepiento. ¿Tú de verdad quieres algún día dar una buena ofrenda al Señor? ¿Por qué no pones tu vida a su disposición, no para salvarte, sino para servirle en lo que sea, pero de verdad en lo que sea? Te invito a hacerlo. A mí no me ha ido mal.
Puedes decirle: «Señor, de verdad quiero regalarte una ofrenda. Quiero servirte en lo que sea. Ponme a ser útil». Y decirle al pastor: «Cuente conmigo. Llámeme para lo que sea. Estoy lista. Estoy listo».
Predicación: Álvaro Torres.
