Apocalipsis 15:4
¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? Pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado.
La santidad es algo sencillo. Sin embargo, uno predica un sermón sobre ella y el hermano reconoce lo que dice la Biblia: «Eso es verdad». Pero después sale a enfrentarse a la vida y pregunta: «Hermano, allá lo entendía, pero ahora, aquí, ¿cómo vivo eso?». Esta iglesia fue llamada a vivir en santidad. Debería ser lo nuestro, algo tan propio de nuestra vida como respirar. Esa cercanía de Dios que expresamos en nuestros himnos también tiene que alcanzar la vida cotidiana.
Los pastores conocemos las dificultades que viven los hermanos. Por eso hablamos de estas cosas: queremos ayudar a que usted viva con libertad, que comprenda lo que ha recibido de Dios y no se quede solamente con lo que pudo afirmar durante una reunión.
La iglesia ha sido mi casa y mi familia
Cuando escucho uno de aquellos himnos que aprendimos de niños, lo acompaño, porque esa también es mi historia. Desde pequeño aprendí las canciones de la iglesia. Me crié aquí. Para mí, este es el patio de mi casa. Los que me rodean son mis hermanos; de verdad son mi familia, porque entre ellos crecí.
¿Y por qué no me he ido? No porque alguien me haya obligado. Los que me conocen saben que no es fácil obligarme a hacer algo. Si alguien intentara hacerlo por la fuerza, encontraría bastante resistencia. Pero con el Señor uno se vuelve dispuesto, como si pudiera llevarlo donde fuera. Aquí crecimos, aquí nos criamos y aquí hemos sido felices. He recorrido mucho camino y me encuentro bien.
Yo quiero que usted sea feliz también. Que pueda hablar de la santidad con gozo y gratitud, sin sentir que debe esconderse o temer que alguien lo escuche. La idea no es vivir avergonzado de lo que Dios quiere hacer en nosotros, sino entenderlo y descansar en ello.
Si solo Dios es santo, ¿cómo podemos participar de su santidad?
Volvamos a la expresión del pasaje: «Sólo tú eres santo». ¿Y usted y yo? Ahí está la pregunta que tenemos que resolver. Hemos sido llamados a ser santos, pero el Santo es Dios. Si no entendemos esa relación, comenzaremos por exigirnos algo sin comprender de dónde procede.
No estoy diciendo que nuestro llamamiento desaparezca. Estoy señalando el punto de partida: la santidad no se origina en nosotros. Solo Él es santo y digno de recibir alabanza. Como sucede con nuestra relación con Dios en toda la vida cristiana, no se trata solamente de hacer, sino de ser.
Lo que alguien hace no cambia por sí solo lo que es
Uno ve perros a los que han enseñado habilidades sorprendentes. Algunos parecen sumar; otros llevan la compra hasta la casa. Al verlos decimos: «¡Qué perro tan inteligente!». Pero seguimos diciendo «perro». No decimos que se convirtió en una persona de cuatro patas. Por muy sorprendente que sea lo que aprendió, sigue siendo un animal.
Eso también debe recordarse al tratar a una mascota como si fuera humana. Hay personas que la besan o dejan que les lama la cara, olvidando que el animal tiene sus propios hábitos. O la mantienen encerrada entre cuatro paredes sin considerar su necesidad de movimiento. La apariencia de un comportamiento humano no elimina las necesidades de su naturaleza. No la convertimos en persona por tratarla como tal.
Pensemos también en el caso contrario. Una persona puede vivir en la calle, dormir en el suelo y llegar a buscar comida entre lo que otros desechan. Su situación no la convierte en un animal. Sigue siendo una persona. Lo que hace, o las condiciones en que se encuentra, no cambian por sí solas lo que es.
Con esa comparación quiero que comprendamos por qué no podemos fabricar santidad simplemente acumulando conductas. Tenemos que saber de dónde viene esa vida y cómo la recibimos. Alguien puede preguntarme: «Hermano Álvaro, ¿entonces qué vamos a hacer?». Tranquilo: hay mucho que hacer, pero necesitamos entender bien el fundamento.
La santidad tiene que acompañarnos fuera del culto
La vida cristiana no se reduce a una liturgia. Nos reunimos, escuchamos varios cantos, aplaudimos y disfrutamos de un culto hermoso. Todo eso tiene su lugar. Pero cuando termina la reunión, hay que volver al barro de la vida cotidiana y vivir allí la vida cristiana.
Allí ya no están los aplausos, el equipo de sonido, los hermanos que cantan ni el grupo de alabanza. Te encuentras solo frente a lo que debes vivir. Y precisamente allí es donde necesitas ser santo. Por eso hace falta entender cómo Dios comparte con nosotros lo que procede de Él.
La santidad que Dios comparte con sus hijos
Dios tiene atributos que no nos transfiere. Él es eterno, omnipotente y omnisciente. Yo nunca me convertiré en un ser que lo pueda todo o lo sepa todo. Pero al hablar de los atributos morales, encontramos cualidades de su carácter de las que nos hace participar. Una de ellas es la santidad.
Yo no he tenido una santidad que naciera de mí mismo. Dios es santo, y Él puede santificarme. Esa es la distinción que quiero hacer: el Santo es Dios; nosotros somos santificados por Él. Al compartirnos de su santidad, nos va haciendo semejantes a Él. Efesios 5:1 nos llama a ser imitadores de Dios como hijos amados. Nos parecemos a nuestro Padre porque participamos de lo que recibimos de Él.
¿Cómo consigue Dios compartir su santidad conmigo? ¿Me pone una inyección? ¿Me instala un chip? ¿Me da un alimento especial? ¿Me da una cachetada y quedo santificado? No. Basta pensar en el poder de Dios para comprender lo absurda que sería esa última imagen. Dios no comunica su santidad mediante golpes.
Pienso en aquellos castigos de la infancia, incluso con un palo de escoba, y en cuánto dolían. A veces se pretendía enderezar a un niño a fuerza de golpes. Pero ese no es el modo en que Dios nos comparte su santidad. Lo que estoy explicando es otra cosa: Él posee esa cualidad y puede hacernos participar de su manera de responder y actuar.
Las promesas proceden de su gloria y excelencia
Quiero que lo entendamos paso a paso. El Santo es Dios, y Dios puede compartir su santidad con nosotros. ¿Cómo lo hace? Alguien podría empezar a contar días de ayuno, horas de oración o noches de vigilia. Pero no se trata de reunir una cantidad de prácticas que produzca santidad por sí misma. Oramos porque hablamos con Dios; ayunamos y dedicamos tiempo a nuestra vida con Él. Esas prácticas cristianas no convierten a la persona en la fuente de la santidad.
En Segunda de Pedro 1:3-4 encontramos el fundamento: por su gloria y excelencia nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, por medio de las cuales llegamos a participar de la naturaleza divina. Observe de dónde parte todo: de quién es Dios. De su gloria. De su excelencia. De las promesas que Él hace.
Las promesas de Dios no aparecieron porque usted se hubiera portado bien. Cuando nosotros ni siquiera habíamos nacido, Él ya había hecho su promesa. No habíamos actuado bien ni mal, y su palabra ya estaba dada. Dios no necesita retroceder de ella. Él, por ser glorioso y excelente, nos hizo esas promesas y por medio de ellas nos hace participantes de su naturaleza divina.
Ese es el proceso que quiero destacar. No estamos tratando de producir por nuestra cuenta lo que solamente Él tiene. Recibimos lo que Él promete y nos hace compartir. Hablando de santidad, Él nos santifica al hacernos participar de esa vida que procede de Él.
La obra del Espíritu comienza cuando escuchamos y creemos
¿Cuándo comienza la obra del Espíritu Santo? Comienza cuando usted escucha la palabra y la cree. Allí empieza su trabajo en nosotros. Dios, por su gloria y excelencia, nos hace participantes mediante las promesas que nos ha dado.
Jesús habla de quien cree en Él conforme a la Escritura, y de los ríos de agua viva que correrán de su interior (Juan 7:38). La promesa nos lleva a creer en Él y a recibir lo que Él comunica. No se trata de una santidad que yo pueda reclamar como producción propia; Él me la comparte a través de esa fe.
Creer en Jesús es más que emocionarse
Cuando hablo de creer en Cristo, me refiero a creer de verdad. No basta con pronunciar: «Yo creo en Jesús». Hay personas que cantan y lloran, pero todavía no han afirmado sus convicciones en lo que Él dice. Somos sentimentales. Una expresión hermosa o un poema puede conmovernos hasta las lágrimas. Nos secamos con un pañuelo y seguimos adelante; la emoción del momento ya pasó.
El asunto no es si lloró o no lloró. El asunto es que crea en Jesús. La fe tiene que afirmarse como dice la Escritura, no solamente como yo me siento. Mi estado de ánimo es cambiante. Por eso necesito una base que no dependa de la emoción con la que amanecí.
La fidelidad no descansa en un sentimiento cambiante
Un poeta describe esos días en que nos sentimos llenos de vida y otros en que todo nos parece sombrío. Uno puede estar hoy en la cima y mañana en el suelo. Se levanta y dice: «Yo soy un guerrero, un luchador». Pero llega una prueba y lo encontramos abatido. ¿Qué sucedió con lo que afirmaba cuando se sentía fuerte?
Los sentimientos no son el fundamento para ser fiel a Dios ni para vivir en santidad. El fundamento es lo que dice la Escritura. La fe producirá sentimientos, porque somos seres humanos y sentimos; pero no es el sentimiento lo que permanece ni lo que debe gobernarlo todo. Hoy siento una cosa y mañana puedo sentir otra. Alguien dice que daría la vida por ti, y cuando llega el momento difícil sale corriendo: ahora siente miedo. El sentimiento cambió.
Dios, por su gloria y excelencia, nos ha dado grandísimas promesas y, por medio de ellas, nos hace participantes de su naturaleza. Nos comunica aquello que nos hace semejantes a él. Aquí empezamos a comprender cómo recibimos esa vida y cómo se mantiene.
Una conexión que nos sostiene
Pienso en una persona que necesita un suministro de oxígeno. Mientras el oxígeno fluye, recibe esa ayuda que necesita; si alguien aprieta el conducto e interrumpe el paso, surge un problema. La enfermedad o la dificultad orgánica no desaparecen simplemente porque exista ese suministro, pero la persona cuenta con un apoyo mientras se atiende lo que está enfermo.
Uso esa imagen para explicar nuestra relación con Dios. Necesitamos que permanezca abierta la conexión por la que recibimos su vida. Puede haber cosas que todavía deban ser tratadas, pero él nos sostiene mientras obra en nosotros. Lo importante en esta comparación es que el flujo no se interrumpa.
Dios tiene una manera de compartir con nosotros su santidad: lo hace a través de la fe, de nuestras convicciones en él y en sus promesas. Nos da grandísimas promesas y nos hace participantes de su naturaleza divina. No estoy hablando de producir por mi cuenta algo que no poseo, sino de recibir de él.
La rama vive porque permanece unida a la vid
Jesús lo explica con la vid y los pámpanos en Juan 15. Él es la vid y nosotros somos las ramas. ¿Qué relación hay entre una planta y sus ramas? Mientras la rama permanece unida, recibe la savia que le lleva los nutrientes. Las raíces toman de la tierra lo que la planta necesita, y esa vida llega hasta las ramas.
Puede venir un pájaro, picar una rama y arrancarle una hoja. Puede subir un gusanito y comerse otra. Pero, mientras siga recibiendo la savia, la rama tiene vida. Esa es la dirección de lo que estoy explicando: la vida no procede de que la rama jamás haya sufrido un daño, sino de su unión con la planta.
Ahora imaginemos una rama hermosa: no tiene ningún gusano, no le falta una hoja y ningún pájaro la ha maltratado. Si la corto, por muy bonita que se vea, terminará secándose. Lo que la mantiene viva no es su buena apariencia, sino que permanece pegada a la vid.
Nosotros tenemos que estar pegados, adheridos, conectados.
Jesús se presenta como la vid y presenta al Padre como el labrador. El Padre, el labrador, quita el pámpano que no lleva fruto. Jesús también advierte lo que sucede cuando nos separamos de él. Esa es la fuerza de sus palabras: separados de él no podemos hacer nada. No se resuelve diciendo: «Yo soy un guerrero». La rama necesita la vid.
La santidad que recibo de Dios
Yo tengo un dedito más pequeño, que incluso puede estar enfermito; pero mientras forma parte de este cuerpo y recibe lo que necesita, está vivo. Así explico lo que estamos tratando acerca de la santidad. ¿Cómo me la comunica Dios? Yo no tengo una santidad propia, independiente de él. Nunca la he tenido. La que tengo es recibida; por eso digo que es prestada. Dios me la comparte.
Es como si me dijera: «Álvaro, te la voy a comunicar de esta manera». Si mantengo esa conexión, recibo de él lo que me santifica. La fuente no es mi esfuerzo, mi trabajo ni mi pelea; la fuente es él, y mi necesidad es permanecer pegado a la vid. Allí está la vida que me sostiene.
La apariencia no revela todo lo que ocurre por dentro
Pensemos también en los exámenes que se usan para observar la circulación, como el Doppler. Se mira si a una mano, a un pie o a un dedo le está llegando suficiente sangre. La sangre transporta oxígeno, y por eso no basta con mirar por fuera y decir que todo parece estar bien.
Una mano puede verse entera y, sin embargo, tener un problema serio de circulación. Por otro lado, puede haber una mano hinchada, con un aspecto desagradable, cuya situación deba valorarse de otra manera. La apariencia por sí sola no nos dice todo lo que está sucediendo.
Una mano con una infección puede verse muy mal y necesitar tratamiento, aunque conserve circulación. No se decide qué hacer únicamente por lo desagradable de su aspecto. Puede requerir una limpieza, un drenaje o una operación; eso corresponde a la valoración de su estado. La comparación que quiero destacar es que una apariencia deteriorada no significa por sí sola que haya desaparecido toda vida. Del mismo modo, algo que por fuera parece entero puede tener un problema grave porque no recibe lo que necesita.
A muchos nos ha pasado con un pie o con una mano: se inflama, se ve mal y necesita atención. Lo decisivo en esta ilustración no es aparentar que nunca hubo una herida, sino comprender la importancia de lo que sigue fluyendo hacia esa parte del cuerpo.
Primero recibimos vida; lo que hacemos es su consecuencia
Dios quiere, por su excelencia y su poder, compartir con nosotros su naturaleza mediante sus grandísimas promesas. De allí viene la santidad. Por eso estoy hablando de conexión: estar conectados con él y recibir de él aquello que nos hace vivir como él quiere.
No estoy poniendo el origen de esa vida en mis esfuerzos, mis peleas o mis luchas. Estoy mirando a quien me la comunica. Se trata de ser, y de que lo que hacemos sea consecuencia de lo que somos. El hacer viene después, como expresión de esa vida.
El chofer que no se veía viviendo el evangelio
Un día viajaba de Cartagena a Barranquilla. Había llevado a las hermanas Dorcas a Cartagena, y ellas tenían sus picardías. Me dijeron: «Hermano Álvaro, quisiéramos comprar camarones». Yo miré por la playa y no vi ningún puesto de venta. ¿Dónde iban a comprar camarones, si por allí no estaba vendiendo nadie?
Entonces comprendí que aquello era una excusa para bajarse, chapotear en el agua y correr un rato por la playa. El chofer venía hablando conmigo, y le dije: «Párales ahí a las hermanas, que van a comprar camarones; tienen que ir a pescarlos primero». Ellas estaban felices corriendo por la playa.
Mientras conversábamos, el chofer me dijo: «La verdad, pastor, a mí me gusta eso del evangelio. Es bonito. Lo que pasa es que no me veo viviendo como ustedes. A mí me gusta la parranda, me gusta el trago, me gustan las mujeres. No me veo viviendo así como ustedes».
Había un cangrejo allí, con sus ojitos alargados, y parecía que nos miraba. Le dije al conductor: «Mira cómo nos está mirando ese cangrejo. ¿Qué estará pensando?». Él lo observó y yo comencé a imaginar en voz alta lo que aquel animal diría si pudiera hablar.
La comparación del cangrejo transformado
«Los hombres sí son raros —imagino que pensaría—. Tienen solamente dos patas. Yo tengo tantas, y ellos apenas dos. ¿Cómo hacen para andar? Además, caminan hacia adelante. Yo me desplazo de lado. No me veo viviendo como un hombre, con dos patas y caminando de esa manera. Esto es demasiado diferente».
Entonces le propuse al chofer una escena imaginaria: pasa alguien por la playa con una varita mágica, toca al cangrejo y lo convierte en un hombre. ¿Cuál sería ahora su preocupación? Ya no tiene el mismo cuerpo ni las mismas patas. Si intentara moverse exactamente como antes, se caería. En cambio, al caminar hacia adelante descubriría que esa es la manera de andar que corresponde a lo que ahora es.
¿Por qué? Porque ya no es un cangrejo: en nuestra comparación, se ha convertido en un ser humano. El cambio de manera de andar viene de una transformación, no de obligar al cangrejo a fingir que es hombre.
Eso era lo que quería explicarle. Dios quiere convertirte, transformarte. Cuando esa transformación ocurre, lo que antes te parecía ajeno empieza a corresponder a la nueva vida que has recibido. En la imagen que estábamos usando, caminar hacia adelante con dos piernas resulta natural porque ya no se tiene el cuerpo del cangrejo.
Segunda de Corintios 5:17 presenta a quien está en Cristo como una nueva criatura: lo viejo pasó y ha comenzado una realidad nueva. No estoy hablando solamente de esforzarme por aparentar una condición distinta. Estoy hablando de la transformación que Dios hace.
«Agárreme por si acaso me pierdo»
Cuando comprendemos esto, cambia nuestra manera de enfrentarlo. Ya no se trata de anunciar que vamos a hacer más fuerza para sostenernos solos. Se trata de reconocer de quién debemos agarrarnos.
En mi casa estábamos criando a un niño. Una vez mi tío nos llevó a un parque muy grande de Barranquilla. Era grande para nosotros; para aquel pequeño debía de parecer todavía mayor. Había mucha gente y todos salimos corriendo.
Él, que era el más pequeño, se volvió hacia mi tío y le dijo: «Oiga, señor Camargo, agárreme por si acaso me pierdo». Había entendido algo sencillo: en medio de tanta gente, podía pedir que alguien más fuerte lo sostuviera. No necesitaba confiar toda su seguridad a sus propias fuerzas.
Aquel niño pidió que lo agarraran. Esa es la confianza que estoy describiendo: no es una fidelidad que yo produzca separado de Dios, sino Dios obrando en mí. Podemos verlo en las Escrituras. A veces nuestro problema es que queremos ser los protagonistas, demostrar que podemos resolverlo todo solos.
La hija que sabía hacia dónde correr
Hay quien sale a la calle, le aparece un perro y enseguida se pone a pelear con él: le tira patadas, busca piedras o toma un palo. Yo recuerdo algo distinto que ocurrió con una de mis niñas.
Llegué a tener cinco hijas, aunque en aquella época tenía cuatro. Las enseñé a caminar en fila, cerca de la pared, mientras yo iba por el lado de afuera. Les decía que al llegar a la esquina esperaran y no atravesaran la calle. Pero los niños van como van los niños: saltando, danzando, entretenidos con todo lo que encuentran.
Una de ellas iba caminando cuando le salió un perro. Apenas apareció, mi niña ya estaba corriendo. ¿Para dónde? Hacia su papá. No se detuvo a pelear con el perro, a darle patadas ni a demostrar que era capaz de enfrentarlo. Corrió hasta mí y se agarró de mi pierna. De allí no se soltaba.
Alguien podrá decir: «Qué cobarde, le tiene miedo a un perro». Yo digo: ¡qué inteligente! Sabía dónde estaba su protección. No necesitaba convertirse en la protagonista de una pelea; necesitaba llegar a su padre.
Así entiendo nuestra confianza en el Señor: buscamos refugio en él y dejamos que su amor sostenga nuestra vida. Quizá a alguien le parezca poco heroico. Bueno, nuestra valentía está en saber para dónde correr. Sabemos para dónde correr.
Tenemos una fuente de santidad: Dios, que es quien la posee y quiere compartirla con nosotros. Por la fe en sus grandísimas promesas participamos de esa naturaleza que él nos comunica. Mientras permanecemos tomados de su mano y unidos a él, recibimos esa vida. Es la misma imagen de la planta que recibe la savia y de los órganos del cuerpo que reciben alimento por la sangre.
Separados para pertenecerle a Dios
Cuando hablo de santidad como consagración, hablo de estar separados exclusivamente para un propósito. Pensemos en los vasos sagrados: no eran sagrados porque el material tuviera por sí mismo una virtud moral. Habían sido apartados para el servicio de Jehová, para un uso que le pertenecía a él.
El pecado de Belsasar, en Daniel 5, consistió en tomar aquellos vasos consagrados y llevarlos a su banquete para que sus invitados bebieran con ellos. Lo que estaba reservado para el culto se empleó en una borrachera. Dios juzgó aquella profanación.
Podemos entender la idea con algo muy cotidiano: uno reserva un vaso para su uso y no quiere que se emplee de cualquier manera. Pero en el caso de aquellos vasos el asunto era la consagración a Dios. No estaban destinados a cualquier propósito. De esa misma manera, Dios nos ha separado para él, para pertenecerle a él.
La claridad de saber para qué fui llamado
A los setenta y ocho años podía mirar una vida de servicio: había empezado a predicar a los trece, y a los quince ya era pastor. A lo largo de la vida me ofrecieron muchas cosas: más dinero, mejores oportunidades, otras ocupaciones. Pero yo me preguntaba: ¿para qué quiero más, si con él tengo lo que da sentido a mi vida?
No me interesó cambiar por esas ofertas. Tenía claro que había sido separado de entre mis hermanos para servir al Señor. Esa convicción me ha ayudado a entender lo que soy y para qué estoy aquí.
El olivo, la vid y la higuera conocen su fruto
En Jueces 9 encontramos la fábula de los árboles que buscan un rey. Al olivo le proponen gobernar, pero él considera el aceite que produce, con el cual se honra a Dios y a los hombres. ¿Por qué dejar eso para ser grande sobre los demás árboles? En esa respuesta veo a alguien que conoce el valor de lo que ya está haciendo.
La vid también tiene una respuesta. Produce el mosto que alegra a Dios y a los hombres; no quiere abandonar ese fruto para ocupar el lugar de rey. Yo lo expreso así: estoy contento produciendo alegría. No necesito cambiar mi función solo porque me ofrezcan un título más alto.
Y la higuera piensa en su dulzura y en su buen fruto. ¿Por qué renunciar a ellos? Prefiere seguir dando lo que le corresponde. Estoy contento dando dulzura; estoy contento dando vino; estoy contento dando aceite. ¿Para qué quiero ser rey, si conozco lo que soy y disfruto el fruto que puedo dar?
No es difícil ser fiel cuando uno sabe lo que es y está contento con ello. Esa es la aplicación que encuentro en estas respuestas.
La alegría de dedicarme a predicar
Por entonces hacía pocos meses que había dejado de ser presidente. Y yo me preguntaba: ¿por qué tendría que seguir buscando la presidencia, si lo que quiero es predicar la Palabra? Quiero predicar, y ahí está mi alegría.
Recuerdo haberme levantado a las tres y veinte de la madrugada para ir a predicar. A los setenta y ocho años, eso se siente. Pero servir de esta manera me produce alegría; para mí es algo sabroso.
Agradezco haber tenido la oportunidad de servir en una responsabilidad administrativa. Lo hice de corazón. Pero también pude decir: «Estoy más contento predicando. Voy a predicar. Suéltenme, que voy a predicar».
Cuando uno sabe quién es, para qué lo llamó el Señor y cuál es la función que tiene en la vida, no lo mueve cualquiera de ese lugar. Lo afirmo desde esa convicción: no es difícil ser fiel cuando se sabe a quién se pertenece.
Santidad a Jehová: pertenecerle por completo
En Éxodo 28:36, entre las instrucciones sobre las vestiduras del sumo sacerdote, se manda hacer una lámina de oro y grabar en ella, como se graba un sello, estas palabras: «Santidad a Jehová». La llevaba el sacerdote como señal de que estaba puesto aparte, consagrado para el servicio de Dios.
La exclusividad de ese servicio se ve también en las restricciones que Levítico 21:10–12 establece para el sumo sacerdote: no debía descubrir su cabeza ni rasgar sus vestidos en señal de duelo, ni acercarse a un cadáver, aunque fuera el de su padre o de su madre. Su consagración alcanzaba incluso una situación tan dolorosa. Así de profundamente estaba comprometida su vida con el servicio de Jehová.
Cuando uno entiende que le pertenece a Dios, cambia la manera de vivir. A veces una persona se hace evangélica, aprende a cantar y a aplaudir, y piensa que eso es todo. Ser cristiano es más que decir: «Señor, Señor». Está bien que lo llamemos Señor, pero Dios espera que entendamos lo que estamos diciendo: somos de él.
Cada mañana, cuando despierto, no tengo que salir a buscar mi mano ni averiguar para dónde cogieron mis dedos. Están unidos a mi cuerpo. Puedo dormir tranquilo porque siguen ahí. El asunto es reconocer quién es él, quién soy yo y cuál es mi relación con él. Cuando creo eso y entiendo esa unión, encuentro un descanso maravilloso. Eso expresa para mí aquella inscripción: «Santidad a Jehová».
La santidad como fruto y la bendición que recibimos
Lo que hace la carne se presenta como obra; lo que produce el Espíritu, como fruto. Ese contraste nos ayuda a entender de dónde viene la santidad. No estoy hablando de fabricar santidad mediante un esfuerzo independiente de Dios: estoy hablando de un fruto que él produce en la vida que permanece unida a él.
Piense en la reacción que nos provoca una comida de esas que popularmente llamamos «levantamuertos». Esa reacción aparece sin que uno se ponga a trabajar para producirla. La comparación me sirve para señalar que hay algo que brota como resultado de lo que recibimos. Dios nos usa porque su vida obra en nosotros.
Leemos muchas veces la respuesta de Pedro al hombre que pedía limosna, pero no siempre nos detenemos a pensarla. Pedro no tenía plata ni oro para darle; sin embargo, tenía algo que podía comunicarle, como relata Hechos 3:6. ¿De dónde había recibido aquello? No estaba entregando un poder que él hubiera fabricado. Había recibido de Dios y, de lo que tenía, daba.
Así sucede cuando recibimos una bendición mediante un predicador o un cantante verdaderamente ungido. Esa persona da de lo que ha recibido. No se trata solamente de una buena voz: lo que comunica es la unción. Hay algo que viene de Dios, entra en su vida y alcanza a otros mediante su servicio.
El perfume y la consagración de Aarón
Quiero explicar esa diferencia con algo cotidiano. ¿Por qué compro perfume si ya huelo tan bien? ¿Por qué usamos desodorante? La pregunta tiene su gracia, pero señala algo que conocemos: la sudoración y el paso del tiempo pueden producir olores que no resultan agradables. Uso esa comparación para distinguir lo que nosotros producimos por nuestra cuenta del perfume que recibimos de Dios.
Aarón se presentó para ser consagrado, puesto aparte para el uso exclusivo de Jehová. Cuando pienso en aquel escenario del desierto, imagino el polvo, el sudor y la ropa de un hombre que ha vivido en esas condiciones. No imagino las comodidades de nuestro baño, nuestro champú y nuestro perfume. Es una manera de representarme el contraste de la escena; el relato bíblico describe su lavamiento, sus vestiduras y su unción.
En Levítico 8, conforme a las instrucciones de consagración, Moisés hizo acercar a Aarón y a sus hijos y los lavó con agua. ¡Qué cuadro tan hermoso! Pienso en Moisés lavando a su hermano y preparándolo para aquel servicio. Después le puso las vestiduras que Dios había mandado hacer. No era Aarón quien había decidido presentarse con cualquier ropa: llevaba lo que Dios había dispuesto para su función.
La diferencia era grande. Aquel hombre era revestido con unas prendas especiales, preparadas para el sumo sacerdote. Yo me lo imagino limpio, vestido de una manera que lo distinguía para el servicio de Jehová. Pero sigo con la comparación: el cuerpo volvería a sudar. ¿Qué aroma iba a caracterizar esa vida consagrada?
Dios había dado también una fórmula especial para el aceite de la santa unción, con especias aromáticas, como se describe en Éxodo 30. El perfume no lo había producido Aarón. Lo recibía. Y la imagen del Salmo 133 no es la de una gotita apenas puesta sobre la frente: habla del buen óleo sobre la cabeza, que desciende sobre la barba de Aarón y baja hasta el borde de sus vestiduras.
Yo contemplo esa imagen como la de un hombre y unas vestiduras impregnados de aceite. Cualquiera que haya tenido que lavar una prenda manchada de grasa conoce la dificultad. Al hijo o al esposo le cae aceite en la ropa y enseguida viene la pregunta: «Ahora, ¿quién le saca eso?». Esa comparación ayuda a sentir la fuerza de la imagen: el aceite alcanza la ropa y la impregna.
La grasa puede quitarse, pero sabemos lo difícil que resulta. Al mirar a Aarón en esa imagen, veo sus vestiduras impregnadas de aceite y de perfume. El aroma que lleva no nació de él. Jehová mandó preparar aquel aceite con especias aromáticas, se lo derramaron y ahora él lleva un perfume que recibió.
El olor grato procede de lo que Dios nos da
Así entiendo lo que sucede en nuestra vida. El olor grato no procede de mi voz ni de lo bien que toco un instrumento. Gracias a Dios si lo hago bien, pero él tiene músicos y cantantes celestiales; no depende de mi habilidad para recibir alabanza. Cuando una persona entrega a Dios el perfume que recibió de él, la casa se llena de ese aroma.
El ungüento santo no se origina en nosotros. Parece que yo oliera bien por mí mismo, pero lo que llevo lo recibí. Por eso, al pensar en las ofrendas del Antiguo Testamento, me detengo en el holocausto: una ofrenda que se quemaba por completo y cuyo olor grato se ofrecía a Jehová. Esa entrega entera me ayuda a expresar lo que significa pertenecerle exclusivamente.
Había también ofrendas en las que los sacerdotes recibían una porción para comer. Esa participación me recuerda nuestra necesidad de recibir de Cristo y vivir de él. Pero, cuando destaco el holocausto, quiero señalar la entrega de la ofrenda entera a Dios: no se reservaba una parte de ella para el provecho del que la ofrecía. Esa es la imagen de consagración que estoy usando.
Si estoy cantando para Dios, mi propósito no puede reducirse a agradar a la gente, a cobrar una entrada, a organizar un concierto o a conseguir que me reconozcan como artista. Aquí necesitamos adoradores. No estoy diciendo que sea malo que alguien ejerza un arte; estoy señalando qué buscamos cuando nos presentamos delante del Señor. Necesitamos personas que abran el alma, dejen salir el perfume que recibieron y adoren a Dios.
La Biblia habla de nosotros como grato olor de Cristo y como olor de vida. Esa imagen expresa una vida que lleva lo que ha recibido de él. Somos para la honra de Dios. «Santidad a Jehová» significa que le pertenezco y que estoy apartado para su servicio.
Los vasos apartados y el olor de la ropa
En una casa puede haber un vaso que es del papá y no se usa para otra cosa. Otro es el de la mamá; otro, el del bebé, y se cuida especialmente su uso. Entendemos perfectamente lo que significa reservar algo para una persona. Jehová tiene vasos santificados para él. La separación no está en una virtud que el vaso se haya dado a sí mismo, sino en que pertenece a su dueño y está dispuesto para su uso.
También las casas tienen un olor característico. Cuando uno llega muy temprano a visitar a una familia, a las cinco y media o a las seis de la mañana, percibe ese ambiente particular. La casa tiene el olor de quienes viven allí.
Lo reconocemos también en las prendas. Alguien toma una ropa y dice: «Esto huele a mi marido», o: «Esto huele a mi esposa». Quien conoce a esa persona reconoce su olor. Otro podrá notar que la prenda estuvo donde no debía o que quedó guardada en determinado lugar; pero, para quien conoce a su dueño, conserva algo que lo identifica. La ropa tiene el olor de quien la lleva.
La Escritura dice que los que hemos sido bautizados en Cristo estamos revestidos de Cristo, como leemos en Gálatas 3:27. Al hablar de nuestro bautismo en el nombre de Jesús, relaciono esa verdad con la imagen de las vestiduras: la santidad que exhalo es el olor de Cristo, el dueño de la ropa que llevo puesta.
Revestidos de Cristo y conformados a su imagen
A veces lo expreso con humor y digo que a Dios le gusta vestirnos con lo que no teníamos. Por nosotros mismos no tenemos con qué presentarnos ante él. No basta con que el hermano Álvaro, o cualquier otra persona, alegue que se ha portado bien. Todos necesitamos lo que Cristo hace por nosotros.
Romanos 8:29 habla de ser conformados a la imagen de su Hijo. Y en 1 Corintios 15:49 encontramos la relación entre la imagen del terrenal y la del celestial. Yo lo represento como si nos estuvieran moldeando, como se moldea la plastilina, para parecernos a Cristo. La entrada que espero tener depende de él: necesito su imagen y sus vestiduras.
Con esa idea hago una escena imaginaria que me causa gracia: pienso en San Pedro desconcertado porque han entrado como cuarenta mil personas con la imagen de Jesús. «¿Por dónde sale que vuelve a entrar?», preguntaría. «¡Si ya entró!». Es una forma humorística de representar que todos llegan llevando la imagen del que entró primero. No describo un trámite del cielo; represento nuestra dependencia de Cristo.
La comparación de la ropa y del olor me recuerda el episodio de Jacob en Génesis 27. Su madre lo preparó para presentarse ante Isaac con las vestiduras de Esaú y con pieles de cabrito que cubrían sus manos y la parte lisa de su cuello. Jacob temía que su padre lo reconociera, porque él era lampiño y su hermano no.
Al dramatizar la escena, imagino a Jacob diciéndole a su madre: «No, mamá; él me conoce», y a ella respondiendo: «No se preocupe, yo lo arreglo». Añado en tono de broma la preocupación por el olor: «Él huele distinto; yo sí me baño». Ese diálogo sobre el baño es parte de la dramatización, no de las palabras de Génesis. Lo que el relato sí presenta es la importancia de las vestiduras y del olor que Isaac reconoció.
En aquella representación, Jacob todavía podría objetar: «Es que yo hablo distinto», y su madre seguiría buscando cómo resolverlo. En el relato hubo engaño: Jacob quiso que su padre lo tomara por su hermano para recibir la bendición. Esa es la historia de Jacob; la imagen que tomo de ella es la ropa y el olor de otro.
Cuando vuelvo a la escena imaginaria de nuestra llegada al cielo, el reconocimiento es: «Jesús otra vez». Llevar su imagen, estar revestidos de él y tener el olor de Cristo: así represento nuestra entrada por lo que él nos da, no mediante un engaño a Dios.
Predicador y expositor: Álvaro Torres. Prédica: Hablemos de santidad. Ver la prédica original en YouTube.
