Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Efesios 2:19
Vamos a hablar sobre la construcción de una estirpe. Cuando hablamos de raíz y linaje, nos referimos a la descendencia, a una familia. La Biblia reconoce que existe un pueblo que es la familia de Dios y nos llama a hacer bien a todos, especialmente a los de la familia de la fe.
Somos pertenecientes a la familia de Dios y a la familia de la fe. Esta familia no surgió por azar, sino que fue creada por Dios y al estilo de Dios. A veces, uno pertenece a una familia natural, pero no siempre conoce todas las verdades que la sostienen. Es necesario entender de dónde venimos para valorar lo que somos hoy en el Señor.
¿Cómo se construye la familia de Dios?
A veces uno da por sentado que vive en una bonita familia, en una buena familia, y la disfruta, pero a menudo desconoce cómo se construyó esa realidad. En mi caso personal, el primero que conoció el evangelio en mi familia fue un tío, el mayor de todos. Él estaba perdido en el licor, sumergido en una situación difícil. Sin embargo, tras su encuentro con Cristo, vivió cuarenta años sin volver a probar el alcohol, hasta que partió a los setenta y siete años. Si a mí no me hubieran contado esa historia, yo no sabría lo que Dios hizo por mi familia. No sabría que mi presente es el resultado de una intervención divina en el pasado de mis seres queridos.
Yo estoy más que feliz de pertenecer a la iglesia de Dios, pero tengo que saber cómo se formó esta iglesia.
El valor de nuestras raíces espirituales
Podemos estar hoy muy enchaquetados y encorbatados, pero hubo un tiempo en que no teníamos ni chaqueta ni corbata. Al recordar ese camino aprendemos a sentir que pertenecemos a algo que costó algo. La familia de la que formamos parte tiene una historia que necesitamos conocer.
Es fundamental comprender que no estamos aquí simplemente por ser buenas personas, por ser religiosos o por nuestra propia fuerza y valor. Estamos aquí porque alguien hizo algo por nosotros. Dios decidió formar una familia y ese proceso ha tomado tiempo, esfuerzo y sacrificio. He pasado estos días repasando lo que Dios ha hecho y he disfrutado profundamente al sentir que soy parte de esa historia.
Una herencia de alabanza y oración
Recuerdo la voz de aquel anciano que se levantaba temprano para orar y cantar. Era el abuelo del hermano Fernando y fue mi maestro de escuela dominical. Esta iglesia no está dirigida por personas que llegaron ayer: hemos crecido escuchando la alabanza y la oración, viviendo en el calor de la presencia del Espíritu Santo.
Desde pequeños, caminamos en la línea del Señor, aprendiendo que somos sus soldados o cantando sobre ser pescadores de hombres. Sin embargo, hoy vemos una realidad triste: hay quienes saben más de celebridades o de la vida de actores famosos que del profeta Habacuc. Es extraño y preocupante que se conozca más sobre equipos de fútbol, sus goles y sus trofeos, que sobre Jesucristo o los versículos de la Escritura.
Tenemos que tener esa sensación de pertenecer a una familia que merece que le dediquemos el tiempo, la inteligencia y el honor; porque es la familia de Dios, la familia de la fe.
La familia de Dios no se hizo en un día
Esta familia no se creó de la noche a la mañana. Quienes tenemos una familia sabemos que su formación requiere tiempo. Una mujer concibe en un instante, pero atraviesa nueve meses de embarazo con dolores, cansancio, mareos y temores. Luego, vienen décadas dedicadas a la crianza, y eso cuesta mucho más que dinero; cuesta lágrimas, noches sin dormir y un esfuerzo constante por mantener el equilibrio. Uno a veces no sabe qué hacer, pero persiste, porque una familia no se hace en un día.
De la misma manera, Dios se tomó Su tiempo. Su propósito no era simplemente crear al hombre, sino formar una familia. Un hombre puede hacerse del barro, soplándole espíritu, pero una familia debe ser formada con un proyecto específico. Dios tiene Su propio estilo para esto.
Cuando pienso en la creación de Adán, me pregunto cómo escogió Dios el barro. Yo lo relaciono con la idea del barro rojo, aunque no sé explicar ese detalle. Pero al hablar de formar una familia, ya no se trata solamente de crear un hombre: Dios trazó un proyecto y fue a buscar personas donde nosotros quizá no habríamos ido.
El estilo de Dios: elegir lo que el mundo descarta
Para iniciar Su proyecto de familia, Dios se dirigió a un pueblo con fama de ser difícil. Los babilonios eran inteligentes, pero también idólatras e hipócritas. Allí, en medio de ese entorno, encontró a un hombre perdido en la idolatría. No buscó a un "santito" ya formado. Por eso, nadie debería jactarse de estar en la iglesia por ser justo o recto; si lo fuéramos por mérito propio, quizá no estaríamos aquí.
He observado, a través de los años como pastor, que las personas que más suelen demorar en recibir el bautismo del Espíritu Santo son aquellas que todos consideran "ejemplares". A veces, un hombre es tan correcto, tan buena persona y tan cumplidor, que él mismo llega a creerse bueno. Y Dios no vino a buscarnos porque fuéramos buenos. Todos los que formamos parte de esto estamos aquí reconociendo nuestra necesidad.
Dios buscó a un hombre pagano e idólatra. Me imagino que aquel hombre, siendo inteligente, tendría sus propias inquietudes sobre si esos ídolos eran reales o si existía un Dios superior. Dios vio en él esa inclinación y decidió que le serviría para Su propósito. Sin embargo, el hombre tenía un obstáculo humano evidente: era viejo. Tenía ya el rostro marcado por los años y seguramente pensaba que su tiempo para formar algo nuevo ya había pasado.
La intervención de Dios en la biología de Abraham y Sara
Dios buscó a Abraham, pero se encontró con un hombre viejo. Humanamente, uno podría pensar: «¿Y qué me voy yo a poner a tener una familia a esta edad? Ya lo que fue, fue». Cuando uno ya tiene hijos de cincuenta o cuarenta años y hasta nietos, parece que el tiempo de empezar algo nuevo ha pasado. Este hombre no solo estaba viejo, sino que era idólatra y estaba casado con una mujer hermosa, pero estéril y también mayorcita. No calificaban en ninguna parte para lo que Dios quería hacer.
Al pensar en esto, reflexiono en lo que Dios tuvo que hacer. En mi propia experiencia, yo fui viudo y ya tenía cinco hijos cuando me casé por segunda vez. Mi esposa no tenía ninguno y, lógicamente, ella quería tener siquiera uno. Me parecía justo; yo tenía cinco y ella ninguno. Estaba dispuesto a ir al médico y hacerme examinar para estar en las mejores condiciones, pero si el doctor encuentra que los órganos ya son ancianos, no hay mucho que hacer. Y eso que yo apenas tenía cuarenta y tantos años.
Abraham, en cambio, ya era un hombre de edad avanzada cuando comenzó este proceso. Dios tuvo que meterse en la biología de Abraham y hacerle todo el cuerpo nuevo. Le hizo una reconstrucción total para que estuviera en condiciones, porque debemos recordar que Isaac no nació por virtud del Espíritu Santo. Jesucristo sí nació por virtud del Espíritu Santo y allí no hubo necesidad de renovar nada; Dios lo hizo y ya está. Pero en el caso de Abraham, había que poner al hombre en condiciones de tener un hijo biológicamente, de forma natural pero sanada por el poder divino.
Dios puso a Abraham a punto y también intervino en Sara. Le arregló sus funciones biológicas, sus ovarios, su útero; le puso óvulos nuevos. Fue una reconstrucción total. Me fascina pensar en cómo Dios se toma ese trabajo. ¿Para qué tanto milagro y tanta dedicación? Porque Él quería tener una familia. Dios tenía ángeles, pero no tenía familia, y para tenerla estaba dispuesto a todo.
Dios cuando decide tener una familia la va a tener. Y no hay que se le oponga ni fuerza humana que lo resista ni nada.
El diseño de un entorno para la promesa
No se trataba solo de prepararlos biológicamente. Dios también se encargó del entorno. Para que el niño naciera, Dios buscó un lugar adecuado, porque si se hubieran quedado donde estaban, quizá el resultado habría sido distinto. Por eso le dio una orden clara: «Salga de su tierra y de su parentela». Dios quería llevarlo a un sitio donde pudiera tener a ese hijo en las condiciones que a Él le interesaban.
Entre el llamado y el nacimiento de Isaac transcurrieron veinticinco años; no se hizo en media hora. Durante ese tiempo, Dios llevó a Abraham por diversas etapas. En el camino iba su padre, Taré, que en ese contexto representaba un estorbo para el crecimiento de la promesa. A veces, hay influencias familiares que no dejan crecer; personas que creen que si no están ellas, los demás no sirven para nada. Dios le había dicho que dejara a su padre y a su parentela, pero Abraham se llevó al papá y también al sobrino.
Dios, que es paciente y estaba decidido a formar su familia, permitió que el proceso siguiera su curso. Cuando murió el padre de Abraham, todavía quedaba el sobrino, Lot. Finalmente se armó una disputa entre ellos y el sobrino, actuando con ventaja, escogió la mejor tierra y dejó a Abraham en el peladero. Pero Dios, de todos modos, tenía a su hombre aparte y el momento de la familia estaba cerca.
Misericordia en medio de la corrupción
En este intermedio, las ciudades de Sodoma y Gomorra se corrompieron profundamente. Dios, por amor a Abraham y porque Lot era su sobrino, tuvo misericordia de él. Le mandó salir antes de la destrucción. En el camino Lot perdió a su mujer y terminó refugiado en una cueva con sus dos hijas.
Allí, en esa cueva, las dos hijas tuvieron la idea de que su padre no podía quedarse sin descendencia. Bajo esa premisa, trazaron un plan para asegurar que la línea familiar continuara, incluso en medio de aquellas circunstancias tan oscuras.
La mayor de las hijas de Lot emborrachó a su padre y se acostó con él; parece que el estado de embriaguez era tal que él ni siquiera se dio cuenta del momento en que ella entró. Así, esa mujer quedó embarazada de su propio padre. Luego, le propuso lo mismo a su hermana, argumentando que no podían quedarse sin descendencia. También emborracharon al padre por segunda vez y la menor también concibió de él. Es necesario reflexionar sobre esto, porque a veces el orgullo que cargamos debería desvanecerse al ver de dónde provienen las historias que Dios utiliza. Cuando Dios decide hacer algo, no hay quien lo detenga.
La descendencia de Lot: Moab y Amón
De esas uniones nacieron dos hijos varones que marcarían la historia. El primero se llamó Moab, cuyo nombre significa «hijo de su padre», y el segundo fue Amón, que se traduce como «del pueblo». De ellos descendieron los moabitas y los amonitas. Es fascinante observar cómo Dios va tejiendo una red. Aunque para muchos estas mujeres y sus hijos representaban un origen vergonzoso, en la genealogía de la fe Dios estaba preparando algo más grande.
No debemos olvidar que en la historia bíblica aparece una mujer muy famosa, Ruth. Ella era de Moab, descendiente de aquel hijo de Lot. Los judíos de épocas posteriores no querían tener trato con los moabitas; los consideraban gente impura. Sin embargo, aunque a los ojos de los hombres parecieran indignos, Dios reconoció en ellos la descendencia de Lot. A veces no leemos con atención las genealogías, pero cuando lo hacemos, encontramos tesoros sobre la gracia de Dios.
Ruth la moabita y la red de la redención
Ruth se casó con un israelita y, tras quedar viuda, demostró tener un carácter firme y una determinación inquebrantable. Cuando su suegra, Noemí, intentó persuadirla para que se quedara en su tierra, ella respondió con una de las declaraciones de fe más profundas de la Escritura:
No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.
Ruth 1:16
Así es como Dios obra. Ruth se integró al pueblo de Israel y se casó con Booz. De esa unión nació la línea que llevaría hasta Isaí, el padre de David. Es una red perfecta donde lo que parece ajeno termina siendo central en el propósito divino.
David: el hijo menospreciado
Al leer la historia de David, me pregunto qué ocurría con él entre sus hermanos. Cuando Samuel llegó a la casa de Isaí, David no estaba entre los hijos presentados: estaba cuidando las ovejas. Algo me llama la atención en esa situación, aunque el pasaje no explica todos los detalles. Samuel pidió que lo trajeran y dijo que no se sentarían hasta que llegara. Del campo vino aquel muchacho, y Dios lo escogió para ser rey.
En los Salmos encontramos también esta expresión de extrañeza entre hermanos:
Extraño he sido a mis hermanos, y ajeno a los hijos de mi madre.
Salmos 69:8
A pesar de no ser aceptado inicialmente por los suyos, Dios lo llamó del campo y lo sentó en el trono. Dios estaba formando una familia según su propio estilo, no según los estándares humanos.
Rahab y la inclusión de los marginados
Para entender completamente esta estirpe, debemos mirar hacia Jericó. Cuando los espías de Israel entraron a la ciudad, buscaron refugio en la casa de una mujer llamada Rahab, conocida por su oficio de ramera. Ella cuidó de los espías y, debido a su fe y protección, Dios ordenó que se le salvara la vida durante la conquista. Rahab no era israelita, era una extranjera con un pasado cuestionable, pero entró a formar parte del pueblo de Israel y se integró a la genealogía que llegaría hasta Booz.
Dios construye su familia con materiales que el mundo suele desechar. Cuando David comenzó a consolidar su reino, no buscó a los nobles, ni a los poderosos, ni a la gente que se consideraba «correcta». En la cueva de Adulam se le unieron todos los que estaban en apuros, todos los que tenían deudas y todos los que estaban amargados de espíritu. Su ejército y su reino comenzaron con lo que algunos llamarían una pandilla de personas con problemas.
Estamos construyendo una estirpe donde no existe la sangre azul. Dios decidió tener una familia y comenzó a edificarla de manera heterodoxa.
Si juzgáramos bajo criterios humanos de élite, quizás muchos de estos personajes no calificarían para formar parte de una historia sagrada. Pero Dios no busca élites sociales; Él toma lo menospreciado para avergonzar a lo fuerte. La familia de Dios se construye con todas las piezas que Él tiene a la mano, sin importar su procedencia original.
¿De dónde salió esa idea de la sangre azul? ¿Y desde cuándo? La mía es roja todavía. Dios estaba dispuesto a construir una estirpe, pero no dijo simplemente palabras mágicas para que apareciera de la nada. Así creó al hombre en el principio, pero cuando Él quiso tener una familia —la familia de Dios—, decidió construirla con todos los ingredientes que tenía a la mano, armándola con todas las piezas disponibles.
A mí me fascina ver cómo es este pueblo. Aquí hay mujeres, niñas, ancianos, jóvenes; personas de todas las clases sociales. Dios es así. Pero fíjese cómo cuida Él Su estirpe, porque es sumamente cuidadoso con ella. Hubo un tiempo en que a las mujeres les mataban a sus hijos varones apenas nacían, pero Dios dijo de uno en particular: «A este me lo guardan».
El cuidado de Dios en medio del enemigo
Ante la orden de muerte, la instrucción fue poner al niño en el río. Humanamente, uno pensaría que allí se ahogaría, pero la fe responde: «Póngalo en el río, que Dios sabrá qué hacer con él». No hay que preocuparse, porque Dios tiene quien nos cuide. Yo mismo, en mi experiencia, he visto que cuando alguien me pone un lazo, Dios me indica por dónde caminar para evitarlo. Por eso sigo aquí.
Pusieron a aquel niño en el río, donde cualquiera diría que se lo comerían los cocodrilos. Pero resultó que llegó una hija de faraón —yo le digo una «cocodrila» por el entorno en que vivía— y vio al niño. Le pareció lindo, porque Dios siempre escoge lo que Él quiere para Sus propósitos. He pensado que esto funciona como un «síndrome de Troya»: Dios pone a Sus enemigos a cuidar lo que Él necesita.
Dios puso al enemigo poderoso a criarle al que lo iba a tumbar. Metió a Moisés allá en la casa del enemigo y el enemigo se lo crió, se lo cuidó y se lo arregló.
Dios es inteligente. Fue una burla grande para el sistema de aquel mundo: el faraón terminó alimentando y protegiendo a quien finalmente libertaría al pueblo. Moisés creció en ese palacio, pero Dios, que sabe lo que hace, permitió que tuviera cerca a alguien que le recordara su verdadera identidad. Alguien que le decía: «Cuidado, que tú no eres de aquí; tú perteneces al Dios verdadero».
La identidad preservada en Egipto
A mí me sucedió algo similar. Me criaron inconversos, me educaron inconversos y me pagaron mis estudios los inconversos, pero Dios me cuidaba y me decía en el espíritu: «Álvaro, tú no eres de ahí». Me cuidaron, sí, pero para otro propósito. Dios está formando una familia y utiliza los recursos del mundo para preparar a los Suyos.
Un día cualquiera, el joven Moisés se plantó y decidió que ya era suficiente. Estaba bien alimentado, bien formado y educado, pero entendió que su fe no era compatible con los ídolos de Egipto. Dijo: «Yo creo en un Dios, ustedes creen en un montón de dioses en los que yo no creo. Así que me voy a mantener con el único en el que creo».
Y se fue al desierto. Allí, cerca de un pozo, conoció a una mujer que resultó ser hija de un sacerdote de Madián. ¿Y quién era Madián? Era uno de los hijos que Abraham tuvo con Cetura. Es fascinante ver cómo se entreteje la red de Dios. Moisés, que había vivido toda su vida en Egipto y quizás no sabía de la existencia de los madianitas, terminó uniéndose a una rama de la misma descendencia de Abraham. La madeja sigue, la red de la familia de Dios se extiende por caminos que no imaginamos.
El camino de josé: de la traición al propósito
Cuando Dios ve a Sus hijos en peligro, actúa con una ternura asombrosa. Como dice la Escritura, Él quiere juntarnos como la gallina junta a sus polluelos. Lo vemos claramente en la historia de aquel muchacho llamado José. Sus propios hermanos lo traicionaron, lo vendieron, lo metieron en una cárcel, lo calumniaron y lo golpearon. Parecía que su historia terminaba en fracaso, pero es que a veces no conocemos bien cómo opera Dios.
No vaya usted a celebrar mi funeral todavía. Dios se fue con José por caminos raros, por debajo, por encima, por túneles.
Parecía que José se había perdido en la inmensidad de Egipto, lejos de su hogar y de su herencia, pero Dios caminaba con él en cada paso del proceso, preparando el escenario para la preservación de toda la familia de la fe.
Si usted anda con Dios no se pierde nunca, la familia de Dios no se pierde nunca. La familia de Dios anda con un farol en la cabeza, como hacen los cazadores en la oscuridad. Porque la Palabra es esa guía constante que nos permite avanzar sin temor.
Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.
Salmo 119:105
Esa luz está ahí para que nuestro pie no tropiece en piedra. Así fue como José llegó a Egipto. De la cárcel al poder; ese es un camino que él inauguró mucho antes de que el mundo conociera otras historias similares de superación. José pasó de la prisión al mando de una nación. Allí parecía un egipcio más, hablaba con el acento del lugar y había aprendido tan bien la lengua que ni su propia madre lo habría reconocido. Sus hermanos, cuando volvieron a verlo, no tenían idea de quién era él.
Pero, aunque por fuera pareciera otro, su corazón seguía palpitando con la sangre de Israel. Aleluya. Cuando llegó el momento de desenmascarar las cosas, él les dio una lección de confianza absoluta en el plan divino: «No tengan miedo, ya yo entendí». Es que, a veces, uno mismo no entiende el proceso mientras lo vive.
La dirección de Dios frente a la opinión humana
Recuerdo que un hermano contaba cómo le decían que estaba loco por irse a servir a otro lugar. A mí me decían lo mismo cuando decidí venir a España: «¿A qué te vas? Si aquí tienes un futuro, hasta puedes llegar a ocupar altos cargos en el consistorio». Me daba risa escucharlos. No sea niño; no permita que ni su tío, ni su abuelo, ni su papá, ni nadie decida su destino por encima de la voz de Dios. Usted tiene un Dios maravilloso que lo lleva a donde Él quiere y nadie lo puede evitar.
Usted tiene un Dios maravilloso que lo lleva a donde él quiere y nadie lo puede evitar.
Estamos aquí con Dios armando la familia. José comprendió que, aunque otros intentaron hacerle mal, Dios estaba utilizando esas mismas circunstancias para preservar la simiente y proteger la vida. Es una belleza ver cómo Dios preserva la vida de los suyos en medio de la traición y el olvido.
El propósito divino tras los años de Ezequías
Incluso en los episodios que parecen personales, Dios está moviendo los hilos de Su familia. Alguien me dijo una vez que le pediría a Dios quince años más de vida, tal como hizo Ezequías. Pero hay que entender el contexto de esa historia. Ezequías se enfermó y recibió el mensaje de arreglar su casa porque iba a morir. Al ver la seriedad del asunto, clamó por misericordia y Dios le concedió esos quince años adicionales.
¿Sabe por qué Dios le dio ese tiempo? No fue capricho. Fue porque en ese periodo Ezequías engendró a Manasés, quien era necesario para la genealogía, para la lista que Dios ya tenía trazada. Dios sabe exactamente lo que está haciendo; usted no le gana una a Dios ni aunque haga lo que quiera. Por eso, no hay que cuidarse de lo que pueda hacer el hombre.
Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron. Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado.
Salmo 27:1-3
Esto no es un juego, es algo maravilloso: Dios está formando una estirpe. Si usted está en un lugar o en una iglesia determinada, no piense que es por sus ingresos o por conveniencia humana. Usted le pertenece al Señor y, dondequiera que vaya, su propósito es hacer la voluntad de Dios con alegría y con el orgullo de ser miembro de Su familia.
Una familia formada por lo que el mundo menosprecia
Al leer las Escrituras, comprendí lo que Pablo explicaba sobre la composición de esta familia. No busquen entre nosotros a los grandes nobles o a los más poderosos según los estándares humanos.
Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es.
1 Corintios 1:26-28
Si usted está aquí es porque, a los ojos del mundo, quizás era un «nadie». Dios escogió lo que no era para avergonzar a los que se creen que son algo. Usted está aquí para ser el testimonio que avergüence la soberbia humana. Aleluya. Aquella que era estéril hoy se goza siendo madre de hijos; la que estaba abandonada tiene ahora más descendencia que la que se casó. Dios hace maravillas con lo que otros desechan.
Qué bueno es ser parte de esta familia. Siéntase lo que realmente es. Al salir a la calle, levante la cara, ponga la barbilla en alto y camine con la seguridad y la dignidad de pertenecer a la familia de Dios. Aleluya.
De un cuerpo ya casi muerto salió una descendencia como las estrellas del firmamento. Esa imagen de Hebreos 11:12 me alegra: Dios estaba construyendo una familia con pericia, inteligencia y amor eterno, cuidándonos cuando todavía no sabíamos que nos cuidaba. Y al considerar la prueba de Abraham con Isaac, recuerdo que aquel hombre estaba convencido de que Dios podía levantar aun de los muertos a su hijo, como se explica en Hebreos 11:17-19. Ya tenía el cuchillo dispuesto, pero su confianza estaba en Dios. Hizo milagros para tener una estirpe.
Dios quiere una familia que le dé honra, de la que pueda decir: «Esta es mi familia». Pensemos en un padre que escucha el nombre de su hijo cuando en el colegio entregan un diploma: se siente orgulloso y dice que ese es su hijo. Deja que Dios se sienta honrado por ti. Él nos formó con sumo cuidado.
Recuerdo un himno en inglés que me parece hermoso y que no he querido traducir de cualquier manera. Su imagen habla de Dios cuidando una semilla hasta verla crecer como árbol, aun sabiendo que de él saldría la madera de la cruz. Esa comparación me hace pensar en el cuidado con que Dios ha preparado esta familia.
Él nos ha construido todo, Él lo ha sembrado y la semilla está en plena producción. Dios hizo a esta familia, pero además de darle existencia, decidió darle un carácter.
El propósito de las maravillas de Dios
Cuando el pueblo de Dios llegó a un punto de madurez, el Señor llamó a Moisés para explicarle algo fundamental. A veces la gente no entiende el propósito de las bendiciones. Hay quienes dicen: «Dios me usó para sanar a un enfermo», y se jactan de ello. Pero la gloria es de Dios. El Señor le dijo a Moisés que nadie había escuchado la voz de su Dios como ellos la oyeron, ni había visto a Dios sacar a un pueblo de entre otros con señales, prodigios, brazo poderoso y mano extendida.
¿Para qué vieron todo eso? ¿Para gozarnos simplemente? Debemos ser serios. Claro que nos gozamos y no estamos tristes, pero ese no es el propósito final. Todo eso le fue mostrado a Moisés y al pueblo para que supieran y entendieran quién es su Padre. Aquí tenemos un Padre que sí es Padre. Todo fue para que entiendas que Él es Jehová y que fuera de Él no hay otro.
Principios que dan estabilidad y dignidad
Ese entendimiento debe trascender las generaciones. La instrucción divina es clara: esas palabras deben repetirse a los hijos en la noche, en la mañana, en el desayuno, en el almuerzo, en el viaje y al acostarse. Hay que decirles que Él es Dios y que no hay más. Esos principios son los que dan estabilidad y dignidad a esta familia.
Dios forma el carácter. Recuerdo que un día, en un colegio con unos doscientos estudiantes, tocaron el himno nacional y yo me puse de pie por respeto. Todos los demás se quedaron sentados. Un compañero me susurró: «Oye, siéntate». Pero yo decidí permanecer así porque quería estar de pie. No debemos avergonzarnos de lo que somos, de lo que creemos ni de lo que pensamos.
Dios necesita varones y mujeres firmes, gente seria. No importa lo que el mundo crea, nosotros creemos lo que creemos. Tenemos estirpe y la clase que nos dio el Señor.
Llamados a caminar en amistad con Dios
Además de darnos principios, el Señor desea que andemos cerca de Él, en una relación de amistad. Él quiere que caminemos juntos. La Escritura nos lanza un desafío sobre la comunión con lo divino:
¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?
Amós 3:3
Esa es la clave de la relación que Dios busca. ¿Saben por qué a Abraham lo llamaron el amigo de Dios?
Abraham fue llamado amigo de Dios porque no hizo nada que Dios no quisiera. Andaba con Dios, hablaba con Dios y le preguntaba a Dios. En nuestros cantos celebramos esa amistad celestial, que permanece cuando las relaciones interesadas del mundo fallan. Tú tienes un amigo de verdad.
¿Cómo cultivar una amistad verdadera con Dios?
Para ser parte de esta familia, es vital tener un amigo de verdad. Recuerdo a un viejo pastor que me decía: «Álvaro, cuando voy a orar me encierro en un cuarto para que nadie me escuche. No quiero que nadie oiga lo que yo le cuento al Señor, porque si los hombres lo escuchan, lo cuentan; pero Dios me guarda el secreto. Dios no se lo cuenta a nadie». Aquel anciano tenía razón: con el Señor puedes hablar con total confianza. Él es un sepulcro para tus confidencias; lo que tú le digas a Él, ahí se queda. Él no te va a traicionar.
Cuando mantienes una relación íntima con Dios, esta familia se mantiene firme. Dios sembró una semilla, y esa semilla fue Cristo. Fue una semilla regada con sudor, con lágrimas y con la sangre de Jesús, y ha crecido hasta convertirse en un árbol grande que nos cobija a todos.
La reconciliación como fundamento de la familia
En las Escrituras leemos que ahora en Cristo Jesús, nosotros, que en otro tiempo estábamos lejos, hemos sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación y aboliendo en su carne las enemistades —la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas— para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz.
Esta familia que Dios está formando se fundamenta en la reconciliación. Dios te quiere reconciliar para que seas parte de su casa. Yo me siento honrado de ser parte de su familia. Me crié en esta fe en una época en la que ser evangélico no era popular; nos apedreaban, nos insultaban y nos echaban de los lugares. No importaba si uno era niño o adulto.
Identidad y firmeza frente a la oposición
Cuando tenía apenas ocho años, recibí veinte golpetazos con un palo porque no quise ir a una misa. Pero aunque era solo un niño, ya me habían dado identidad: yo sabía que pertenecía a una familia. Recuerdo que le dije a la profesora que me iría a mi casa, y aunque ella se opuso, me mantuve firme y regresé con mi tía, con la ley y con el Señor. A nosotros nos enseñaron a pararnos firmes por lo que creemos, a no comprometer nuestra fe con nada ni con nadie, ni por dinero, ni por dolor, ni por ninguna presión externa.
Nosotros tenemos la mirada puesta más allá de las nubes, hasta el cielo. Nuestros ojos contemplan la gloria de Dios y nuestro ser vive en Él. Nuestra comunión es con el Dios Todopoderoso y estamos satisfechos de caminar con Él, sabiendo que podemos contarle todo y que Él obra a nuestro favor. No hay nadie que haya cuidado mejor de mi familia que Dios.
El cuidado de Dios sobre nuestra descendencia
Yo tenía cinco hijas y estaba solo, pero puedo decir que nadie ha cuidado mejor de mi familia que Dios. Él me guiaba hasta donde estaban. Yo salía de casa, llegaba al lugar donde se encontraban y ellas se llevaban una sorpresa: sabían que tenían un padre que andaba con Dios.
Recuerdo que una de ellas tenía un problema grave y, cuando le avisaron que yo había llegado al aeropuerto, su reacción fue de total descanso: «Si mi papá llegó, esto se arregla». La verdad es que yo no puedo arreglarlo todo, pero ella tenía esa sensación de seguridad porque en nuestra casa tenemos comunión con un ser maravilloso. ¿Quién no quisiera tener un amigo como este? ¿Quién no desearía pertenecer a esta familia donde, a pesar de la bajeza del pecado, Dios te levanta?
Del polvo a la mesa de los príncipes
Recuerdo el testimonio del hermano Filadelfo. Él me contó que cuando fue a la primera convención de pastores en Bucaramanga, se sentía indigno. Él había sido brujo, un hombre violento que se enfrentaba a cualquiera, y ahora era pastor. Cuando el presidente de la asamblea llamó a los pastores al frente para tomarse una foto, él se quedó paralizado.
Pensaba: «¿Cómo voy a pasar allá con esos hombres, si yo fui tan malo?». Mientras estaba allí, casi llorando por la lucha interna de no sentirse digno de subir, Dios le susurró un versículo al corazón:
Él levanta del polvo al menesteroso, y al desvalido hace alzar del estiércol, para hacerlos sentar con los príncipes de su pueblo.
Salmos 113:7-8
Esa es la invitación: ven y siéntate a la mesa con los príncipes. Vamos a tener comunión, a participar de la mesa y a recibir un nombre digno. A mí no me importa si me reconocen por mi apellido terrenal; ese nombre pertenecía a un pecador. Pero ahora tengo el nombre de Jesús, y ese es el que me enorgullece. Yo soy de Jesús. Tengo un nombre que es sobre todo nombre, porque me lo dio mi Padre nuevo.
Tengo un Padre del que no me avergüenzo. Él nunca ha dicho una mentira, nunca ha cometido un pecado; es un Dios santo y único. He aprendido a amarlo profundamente y hoy quiero invitar a otros a conocer esta misma realidad.
Un padre del cual no hay que avergonzarse
Este es un Dios que no se mezcla con la maldad. Es santo. Y miren cómo Él ha decidido formar su iglesia: no le importó que en los orígenes de esa familia hubiera historias de pecado, de incesto o de cualquier otra falta. Dios dijo: «Voy a formar una familia y la voy a formar como yo quiero». Nosotros somos parte de ese «yo quiero» de Dios.
A pesar de lo que hayamos sido, él nos ofrece un lugar. Tengo el nombre de Jesús, y ese es el que me enorgullece. Yo soy de Jesús. Tengo un nombre que es sobre todo nombre porque me lo dio mi Padre nuevo.
La decisión de pertenecer a la familia de Dios
¿Qué significa integrarse a esta familia? No se trata de un simple registro, sino de reconocer que Dios nos ha mirado con amor. En ciudades como Barranquilla y Cali, recientemente más de mil doscientas personas buscaron ayuda y decidieron acercarse a Dios. La pregunta hoy es: ¿serás tú una de esas personas que decide dar ese paso?
Si deseas pertenecer a esta familia, podemos orar por ti. Después, Dios te busca. Aquí todos somos hermanos y con cariño podemos acompañarte para que conozcas la realidad de la comunión con él.
Una oración por la revelación de la verdad
Soberano Dios, invoco el nombre de Jesús. Te doy gracias por esta gran familia que has convocado de toda tribu, pueblo, nación, lengua y clase social. Tú nos has mirado en nuestra bajeza.
Tú nos has levantado del polvo y del muladar para sentarnos con los príncipes de tu pueblo.
Te suplico, Dios, que reveles la verdad a quienes hoy te buscan. Muéstrales que esto no son solo palabras, sino la realidad de vivir en comunión contigo, el Dios Todopoderoso, y de sentir tu presencia cada día. Te lo pido en el nombre de Jesús.
Predicación: Álvaro Torres. Ver la prédica en YouTube.
