¡NO TEMAS! ESTÁS BLINDADO POR LA FIDELIDAD DE DIOS

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Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios.

Mateo 22:29

Podemos traer nuestras dificultades delante de Dios con confianza en su poder. Lo que para nosotros parece una montaña o una tormenta permanece bajo su autoridad; él conoce también nuestro dolor y nuestra angustia. A lo largo de muchos años en estas labores, a veces duras y a veces fáciles, he aprendido que el Señor realmente resuelve cualquier problema y mueve cualquier montaña.

Jesús fue claro al señalar la raíz de muchos de nuestros errores: erráis ignorando las Escrituras y el poder de Dios. He vivido ya ochenta años y, aunque he pasado tiempo con jóvenes y algo de su energía se me contagia, la realidad de la vida y de la fe se vuelve más clara con el tiempo. Es necesario entender que la honra y la gloria pertenecen únicamente al Dios todopoderoso.

La simplicidad de la vida cristiana: morir para vivir

Hay dos verdades importantísimas en la vida cristiana. A veces uno hace de la vida de fe un problema muy grande, pero en realidad es muy simple. Además, no es difícil. Lo que sucede es que la gente quiere ser cristiana y seguir viva, y para ser cristiano hay que morir. Así de sencillo. Si yo estoy muerto, ni me da hambre ni me voy para ninguna parte. El que está muerto, muerto está.

La muerte del cristiano es una muerte volitiva. El día que uno renuncia a hacer su propia voluntad, ese día se muere. Jesús nos dio el ejemplo máximo en el Getsemaní cuando dijo: «Padre, si es posible, pasa de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». En ese preciso momento, Él murió. Lo demás ya fue carpintería, pero se entregó en el momento en que renunció a su voluntad.

El día que uno renuncia a hacer su voluntad, ese día se muere.

El problema de muchos cristianos hoy es que quieren seguir haciendo lo que quieren y tener su propio «proyecto de vida». No sé quién inventó ese término, pero ahora todos quieren tener uno, en vez de preguntarle al Señor para dónde quiere Él que uno vaya. Él es el Dueño y nosotros somos los siervos, y los siervos van a donde su Señor les indica. A la mentalidad moderna le cuesta entender esto porque vivimos en sociedades que valoran la autonomía, pero en Cristo, la Biblia nos define como esclavos por amor.

El peligro de repetir sin conocer las escrituras

Uno de los problemas más grandes que enfrentamos es que repetimos lo que oímos y explicamos las cosas tal como alguien más las explicó, sin ir a la fuente. Nadie parece querer enterarse de lo que la Biblia dice realmente por sí mismo. Oímos coros y canciones que se cantan mal porque no se ajustan a lo que está escrito.

La precisión de la palabra frente a la tradición oral

A veces parecen diferencias leves, pero no lo son. Por ejemplo, citamos pasajes sobre «todo lo que respira», pero hay una diferencia teológica entre una hipótesis y una realidad presente. Lo mismo sucede con los versículos sobre la esperanza: no es lo mismo «los que esperan en Jehová» que «los que esperan a Jehová». Estas variaciones en nuestra comprensión hacen que la vida cristiana se nos complique, porque terminamos inventando promesas o condiciones que no están en el texto original.

Incluso al hablar de la Gran Comisión podemos quedarnos con la orden de predicar, que leemos en Marcos 16:15, y perder de vista el fundamento del envío. En Mateo 28:18-20 aparece un «por tanto»: lo que sigue es consecuencia de algo dicho antes. ¿Qué se dijo antes? Jesús declaró que toda potestad le había sido dada en el cielo y en la tierra. La orden de ir se fundamenta en su autoridad. Debemos leer el conjunto, no repetir solamente una frase aislada.

Por eso, si de verdad queremos ser cristianos y no simplemente religiosos que siguen una corriente, debemos enfocarnos en lo que Dios dice. No se trata de si el pastor habla bonito, maluco o regular; no es lo que diga el hermano Álvaro. El fundamento de nuestra fe debe ser lo que Dios ha dejado escrito en su Palabra.

La falibilidad humana y la firmeza de la escritura

Yo también me puedo equivocar. Como dice el dicho: todo el que tiene boca se equivoca. Por eso tenemos un referente que no cambia. Esta Biblia yo la compré cuando era niño y todavía dice lo mismo, y ahora que tengo ochenta años, veo que no ha cambiado. Yo sí he cambiado; a veces digo cosas y, cuando las pienso después, me doy cuenta de que fueron una torpeza. Pero una vez dichas, ya quedaron ahí para quienes las oyeron ese día.

Por eso es tan importante comprender las doctrinas cristianas. Si uno ignora las Escrituras, no las puede creer ni las puede entender. Es necesario constatar que lo que creemos está en alguna parte, y esa parte es la Palabra de Dios. Nuestra fe está fundada en dos columnas únicas para la vida cristiana: lo que Dios dijo y lo que Dios puede hacer.

Nuestra fe está fundada en lo que Dios dijo y en lo que Dios puede hacer. Son las dos columnas únicas de la vida cristiana.

Si Dios no lo dijo, es mejor no decirlo, o de lo contrario uno se compromete solo. Pero si Dios lo dijo, Él responde por eso. En una ocasión, el Señor estaba hablando con personas que no creían en la resurrección y le plantearon lo que parecía ser un problema inteligente. Le contaron de una mujer que se casó y se le murió el marido; se casó por segunda vez y también murió. Parece que a esta señora le gustaba mucho el matrimonio, aunque habría que investigar por qué se le morían tanto. El punto es que se casó una tercera vez, y una cuarta, hasta llegar a siete maridos. Yo recuerdo una reunión con el hermano Dross en la que me presentaron a una señora de la que había oído hablar. Cuando él me dijo que ella se había casado cinco veces, repetí sorprendido: «¿Cinco veces?». Él me dio un pellizco y me advirtió: «Ella habla español». En el relato que presentaron a Jesús, en cambio, eran siete matrimonios.

Ellos pensaban que su planteamiento era infalible. Le preguntaron a Jesús que, en la resurrección, ¿de cuál de los siete sería ella esposa? Aquella pregunta, que pretendía ser astuta, nació en realidad de la ignorancia. Jesús les respondió con una claridad absoluta:

Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios.

Mateo 22:29

El poder de dios sobre la materia y la vida

Para entender estas verdades, hay que volver a lo que Dios ha dicho y a lo que Dios puede hacer. Alguien me cuestionó una vez: «¿Usted cómo va a resucitar si se cae de un barco y se lo comen cinco tiburones? Luego cazan a esos tiburones en China o Japón, se los comen allá, hacen la digestión y usted desaparece». Eso puede parecer un argumento inteligente, pero no lo es. La Biblia no usa hipérboles cuando habla del cuidado de Dios.

Cuando dice que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, no es solo una expresión bonita. Si se cae un cabello aquí y se mezcla con otros, Dios sabe exactamente de quién es cada uno. Están marcados. Pensemos, por ejemplo, en una nave espacial que va a la Luna, toma fotos y envía esa información. Ese montón de partículas viajan por el espacio sin túneles ni tubos, rozándose con millones de otras partículas, y sin embargo no se confunden. Hay un sistema que las recibe y cada color queda en su lugar: el azul en el azul, el rojo en el rojo, y tenemos una foto nítida. Si el ser humano puede hacer eso, ¿cómo dudamos del Creador? Es pura ignorancia dudar si Dios tiene poder para volvernos a la vida.

Recuerdo que en el colegio mi profesor de ciencias era ateo, pero nos llevábamos bien. Un día en clase dijo: «No es como dice la Biblia, que Dios hizo muñequitos de sapos, ranas y caballos». Yo le respondí: «Profesor, la Biblia no dice eso. El único que fue formado de esa manera fuimos nosotros». Dios no hizo «muñequitos» de animales. Yo lo explicaba con esta imagen: él dio una orden a las partículas de la tierra para que se juntaran y formaran al caballo.

La obediencia de la creación y la promesa de la resurrección

Esta es la razón por la cual algunos creen en la evolución: porque las partículas obedecieron. Pero el día que Dios te llame, no importa dónde estén tus partículas ni cuántos tiburones se las hayan comido; dondequiera que se encuentren, oirán la voz del Todopoderoso. Y de que vienen, vienen. Vamos a resucitar. Yo no sé si otros perderán sus despojos, pero los míos no.

Es fundamental que entendamos lo que Dios ha dicho. El punto no es si Dios tiene el poder o no para hacer algo, sino que Dios se compromete específicamente con lo que Él dice. Si algo no te sucede, antes de cuestionar Su poder, pregúntate si Dios se comprometió a eso en Su Palabra. No se trata de concluir sin más que al creyente le falta fe. Tenemos que preguntar si aquello que esperamos corresponde a una promesa que Dios haya hecho. Él cumple lo que prometió, no lo que nosotros imaginamos. Él dice: "Yo me comprometo y cumplo lo que yo digo, lo demás no".

Dios se compromete con lo que él dice. Si no te pasa, pregúntate si Dios se comprometió a eso.

Edificar sobre la roca: la palabra frente a las tormentas

La Biblia nos enseña que, si construyes tu vida sobre el fundamento de lo que Dios ha dicho, estás edificando sobre la roca. En este contexto, la roca no es una figura abstracta, sino Su Palabra misma. Leemos en las Escrituras:

Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.

Mateo 7:24

A veces caemos en el error de pensar que, por estar sobre la roca, no habrá lluvia, ni tormentas, ni vientos, ni ríos crecidos. Pero el texto no dice eso. No vas a evitar las tormentas nunca; no debemos ser niños en nuestra fe. Algunos cristianos afirman que por ser creyentes no les pasará nada malo, pero eso es una niñez espiritual. Debemos ser adultos y entender que todos tenemos los pies en la tierra, bajo el mismo cielo, y en todas las casas llueve.

Sin embargo, el Señor asegura que el que construye sobre la roca de Sus palabras es un hombre sabio. Vinieron las nubes, cayeron los aguaceros, soplaron los vientos y crecieron los ríos. Todo eso golpeó la casa con ímpetu. Es como la historia sencilla del lobo y los cerditos: sopló y sopló, pero no pasó nada. ¿Y por qué no se cayó la casa? Porque estaba fundada sobre la roca. Dios promete que, si haces tu vida sobre la roca de Sus palabras, nunca vas a caer y, el día que Él venga, estarás listo para irte con Él.

La disciplina de no pensar más de lo que está escrito

Es necesario aprender una lección importante sobre nuestra manera de razonar la fe. Debemos aprender a no pensar más de lo que está escrito, para que nadie se envanezca contra otro. El problema surge cuando queremos especular sobre temas que no nos corresponden, como tratar de imaginar detalles del juicio o del infierno que no han sido revelados. Si no hay una respuesta en la Escritura, la gente suele inventársela.

Pero Dios no está comprometido con lo que tú te inventes. Podrá parecerte muy lógico, pero para Dios hay cosas que no parecen lógicas y, sin embargo, son verdad. Si Dios me dijera que la tierra es cuadrada, yo le creería por encima de cualquier otra evidencia, porque sé que Él no miente y nunca me quiere engañar. Si Él dice algo, tenlo por seguro. El error siempre nace de ignorar las Escrituras y el poder de Dios. Toda creencia debe estar fundamentada exclusivamente en lo que Dios dijo.

El juramento de dios y el ancla del alma

Dios es sumamente serio en lo que dice. La Escritura nos ofrece un consuelo profundo basado en Su carácter inmutable:

Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.

Hebreos 6:18

En este pasaje se nos explica que nosotros, por la fe y la paciencia, alcanzamos las promesas. Cuando Dios hizo la promesa, quiso confirmarla con un juramento. Los hombres siempre juramos por algo más grande que nosotros mismos: por el cielo, por Dios o por la madre. Pero cuando Dios fue a jurar, no encontró a nadie por encima de Él. Por lo tanto, no encontrando a nadie superior, juró por sí mismo. Se comprometió por Su propia grandeza.

En ese compromiso es imposible que Él mienta. Él no es hombre para mentir, ni hijo de hombre para arrepentirse. En Su palabra y en Su juramento tenemos una segura y firme ancla del alma.

Es fundamental conocer las Escrituras y el poder de Dios. He sido pastor por más de sesenta años; en broma digo que casi me dieron el biberón siendo pastor y en todo este tiempo he aprendido una verdad innegable: a Dios se le puede confiar con los ojos cerrados. Su Palabra es tan firme que no le falta ni una tilde; ahora bien, si una tilde está mal puesta por mano humana, Dios no responde por ella. Pero lo que Él ha dicho realmente es un fundamento sólido: puedes saltar sobre Sus promesas y no se romperán. La Palabra de Dios aguanta el uso y el abuso, y permanece íntegra.

La importancia de fundamentar nuestras expectativas en la promesa real

Nuestras expectativas deben estar limitadas a lo que Dios ha establecido. A menudo, hay personas que esperan de Dios cosas que Él nunca ha prometido. Por ejemplo, alguien puede decir: «Voy a orar por este impío que vive a mi lado para que se convierta». Yo pregunto: ¿dónde hay un versículo que asegure que si yo oro por un impío, él se convertirá obligatoriamente? Si alguien lo encuentra, yo lo hago. Pero la Biblia no dice eso, porque significaría que, a través de la oración, yo podría manipular la voluntad ajena, y Dios no diseñó las cosas así; Él otorgó libre albedrío.

Lo que sí podemos hacer es orar para que Dios le envíe un mensajero, para que tenga una experiencia o un sueño, para que algo lo despierte; pero, en última instancia, esa persona tendrá que decidir si se convierte o no. A veces nos inventamos promesas. Otro ejemplo común es decir: «Le pido al Señor que críe a mi hijo». Pero Dios no va a hacer lo que te mandó a hacer a ti. La instrucción es clara: «Instruye al niño en su camino». Él te da la enseñanza y la sabiduría, pero el trabajo de instruir es tuyo. Dios cumple lo que dice, pero no se compromete con lo que nosotros imaginamos.

Dios es poderoso para hacer todo lo que ha prometido, pero no te pongas a decirle a nadie que Dios va a hacer lo que Él no ha prometido.

Fiel es el que hizo la promesa

En el caso de Sara, leemos que, siendo estéril, recibió fuerza para concebir y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad. ¿Por qué ocurrió este milagro? Porque ella creyó que era fiel quien lo había prometido. Esta es una característica esencial de Dios: además de ser poderoso para actuar, es fiel para cumplir. La vida cristiana no tiene fisuras si se camina bajo esta convicción. Si uno comienza bien, puede terminar bien, porque Dios ha trazado un camino específico.

La Escritura habla de un camino de santidad y de que quien ande por él, por torpe que sea, no se extraviará (Isaías 35:8). Ese es el camino que Dios ha preparado.

Este camino es para cualquiera que decida andarlo. Aunque intenten desviarlo, si usted está en Dios, no se extraviará, porque Él pone un detector de verdad en el corazón.

¿estamos realmente desprotegidos por la espalda?

En una ocasión escuché a un predicador decir que las piezas de la armadura de Dios son todas de defensa frontal y que no hay ninguna para cubrir la espalda; su conclusión era que aquellos que dan la espalda y huyen, caen por estar descubiertos. Mientras escuchaba ese sermón, mi "detector" interno me decía que a esa historia le faltaba una parte. Si Dios creyera que yo puedo sostenerme solo en algún momento, no habría sido necesario que Cristo muriera. Él diseñó una salvación para los incapaces, porque ninguno de nosotros puede por sus propias fuerzas.

Cuando Pablo dice «todo lo puedo», aclara inmediatamente que es «en Cristo». Sin Él, no podemos nada. Buscando en las Escrituras, encontré la respuesta a esa idea de la espalda descubierta. Dios no nos deja un hueco en la protección.

Leí que el Señor es un escudo alrededor de mí (Salmo 3:3). Allí encontré la respuesta a aquella explicación que me había dejado inquieto.

Un escudo «alrededor» no deja espacios vacíos. Y por si quedara alguna duda, la Escritura lo aclara aún más en otro pasaje:

Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano.

Salmo 139:5

Estamos blindados. Por detrás, por delante y por encima con Su mano. Si alguien se cae, es porque quiere apartarse de esa protección, pero Dios nunca falla. Él es fiel y siempre irá con nosotros.

Nuestro blindaje en la presencia de dios

El Señor es un escudo alrededor de mí. Estas no son simplemente letras de canciones que entonamos en la iglesia para que la gente crea que algo es bonito; es una realidad de vida. Alguien camina conmigo en el correr de los días, a cada momento dándome poder. ¿Cómo podría faltarme la fuerza si Él me la suministra constantemente? Por detrás y por delante me rodeaste; sobre mí pusiste tu mano. Estamos encerrados con Dios, y estar encerrados con Él significa estar blindados.

Dios no nos llamó para hacer experimentos ni para que sigamos a hombres. Él nos llamó para que caminemos con Él, y Él mismo responde por nosotros. No necesitamos depender de nadie más, porque Él es quien nos guarda. Su fidelidad es absoluta: si Él habló, lo ejecutará. Juró Jehová y no se arrepentirá. Lo que Dios dice tiene peso y autoridad eterna.

Dios se compromete con lo que Él dice. Si yo repito lo que Él ha dicho, eso se va a cumplir; pero si yo me invento otras razones, Dios no está comprometido.

El compromiso de dios con su palabra

Es fundamental entender que Dios solo respalda aquello que ha salido de Su boca. Si alguien afirma algo que Dios no ha dicho, Él no tiene la obligación de cumplirlo. En las Escrituras leemos una advertencia seria sobre esto:

Por tanto, así ha dicho Jehová sobre todos los profetas que profeticen en mi nombre, los cuales yo no os envié, y que dicen: "Ni espada ni hambre habrá en esta tierra"; con espada y con hambre serán consumidos esos profetas.

Jeremías 14:15

No todo el que habla en el nombre del Señor ha sido enviado por Él. Hay quienes pueden hacer cosas que parecen correctas externamente, pero su interior no está alineado con Su voluntad. Como aquel rey de quien la Biblia dice que hizo lo recto ante los ojos de Jehová, pero no de perfecto corazón. Él hacía el bien, sí, pero estaba torcido por dentro. Por eso, si yo me limito a repetir lo que Dios dice, veré Su cumplimiento, pero si invento mis propios caminos, no habrá tal respaldo.

La biblia como nuestra plomada

La Biblia es la plomada que determina qué es aceptable y qué no lo es ante Dios. Recuerdo que, cuando era niño, mi pastor, el hermano Larse, siempre nos insistía: "Traiga su Biblia al culto". Hoy en día, hay quienes parecen avergonzarse de llevarla, pero él nos enseñaba que debíamos tenerla en mano para constatar si lo que se decía desde el púlpito estaba escrito.

Llevar la Biblia no es un rito de apariencia; es una medida de control para asegurar que se predique la Palabra y no los deseos personales del orador. Esto es un asunto serio. Cualquiera puede descarriarse, pero tenemos la palabra profética más segura, que alumbra como antorcha en lugar oscuro y no es de interpretación particular. El cristianismo no es una religión subjetiva donde cada uno define su propia verdad según su personalidad o estilo; es la Palabra de Dios la que define cómo debe ser la Iglesia.

Fe en el poder de dios

Cristo nos enseñó que nada hay imposible para Dios. Por lo tanto, debemos creer en lo que Él ha dicho y en lo que Él puede hacer. Sin embargo, hay que tener cuidado con la integridad de nuestra confesión. A veces cantamos letras como "si te tengo a ti, lo tengo todo", mientras nuestro corazón está afanado deseando bienes materiales o buscando soluciones en el banco antes que en Su presencia. Debemos pensar bien lo que hablamos y lo que cantamos, para no decir mentiras ante Su altar.

El propósito de ofrecer en el culto

Aunque sabemos que Dios lo puede todo, debemos recordar que Él no es nuestro esclavo. La oración que marca el norte del creyente es la de Pablo cuando cayó a tierra: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?". El enfoque no debe ser qué quiero yo que Dios haga por mí, sino qué espera Él de mi vida.

Popularmente se invita a la gente a los cultos solo para pedir, pero ese no es el propósito primario. El culto es el lugar donde venimos a ofrecerle algo a Dios. No es que esté prohibido presentar nuestras necesidades, pero nuestra intención principal debe ser rendirle culto. Cuando cantamos, debemos hacerlo para Él, con plena conciencia de lo que estamos ofreciendo.

Es necesario distinguir entre un canto y una verdadera alabanza. No todo lo que se canta es alabanza. Alabar es reconocer y exaltar las virtudes o las obras de alguien. Me trajeron un café y dije lo sabroso que estaba, reconociendo a la hermana que lo había preparado. Yo no estaba cantando, pero sí estaba alabando. Reconocer la bondad de un gesto o la excelencia de algo que recibo también es alabar. De la misma manera, la alabanza a Dios consiste en poner cada cosa en su sitio, reconociendo Su carácter y Su poder, rindiéndonos ante Él por quien es y no solo por lo que nos da.

La diferencia entre un canto y la verdadera alabanza

Debemos aprender a poner cada cosa en su sitio para que nos salgan bien. A veces cantamos: «Perdóname, perdóname». Eso es un canto, pero no es necesariamente una alabanza. Puede ser un canto de arrepentimiento o una petición, como cuando decimos: «Dame, Señor, tal cosa». No está prohibido pedir ni expresarse así, pero es vital que lo hagamos a conciencia, distinguiendo entre lo que es ofrecerle algo a Dios y lo que es pedirle algo para nosotros.

Cuando ponemos el culto y nuestra actitud en el lugar correcto, las cosas empiezan a funcionar. Dios tiene todo el poder, pero espera de nosotros una respuesta específica.

La fe como requisito indispensable

En las Escrituras vemos que, al pasar Jesús por un lugar, le siguieron dos ciegos dando voces y diciendo: «Ten misericordia de nosotros, Hijo de David». Al llegar a la casa, los ciegos se acercaron a Él y Jesús les hizo una pregunta fundamental:

¿Creéis que puedo hacer esto?

Mateo 9:28

Tú necesitas hacer algo antes de recibir. La mayor parte de la gente en nuestras congregaciones, ya sean creyentes o visitantes, vienen simplemente «para ver». Dicen: «Voy a orar, ojalá que el Señor me ayude, ojalá que Dios me oiga». Pero no funciona así. Es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe y que es galardonador de los que le buscan. No es un «a ver si por si acaso» o «de pronto el Señor se equivoca y me cae la bendición».

Esta relación con Dios es seria. Cuando Cristo dice que puede sanar, es porque realmente puede sanar; cuando dice que puede salvar, es porque tiene el poder para hacerlo. Sin embargo, Él pone las condiciones, no nosotros.

A veces somos atrevidos y le decimos a Dios: «Si Tú me sanas, entonces yo te voy a servir». Tú no puedes ponerle condiciones a Dios.

El costo de seguir a cristo sin condiciones

Si buscas en la Biblia, jamás encontrarás que Jesús aceptara condiciones de ese tipo. Su llamado siempre fue: «Sígueme». Y los que le siguieron de verdad, lo hicieron dejándolo todo. A veces nuestra mentalidad libertina nos hace creer que podemos negociar los términos del discipulado, pensando que si algo no nos conviene, podemos rechazarlo.

Pero al conocerlo a Él, entendemos que no es un ventajista; Él no se aprovecha de nadie. Recordemos al joven rico que se angustió por sus muchas propiedades. Él pensaba en lo que perdía porque no conocía a Jesús. Si lo hubiera conocido, lo habría dejado todo sin dudar, porque el Señor pensaba darle cien veces más de lo que dejaba. Si Dios te pide dejar algo, no te preocupes, déjalo. Tienes que confiar en que Él es distinto a cualquier hombre.

Incluso en el ministerio, la preocupación de muchos es la seguridad económica. Alguien puede pensar: «Yo gano tanto dinero ahora, ¿qué haré si me dedico a esto y solo recibo el mínimo o lo que caiga?». Ante esa duda, el Señor nos confronta con la realidad del discipulado:

Jesús advierte que no puede ser su discípulo quien ame a su familia, su propia vida o sus posesiones por encima de él. El seguimiento requiere renunciar a todo lo que compita con su lugar en nuestra vida; esa es la enseñanza que estoy considerando en Lucas 14.

Echar cuentas: la seguridad de un negocio con dios

En ese mismo contexto, Jesús hace una advertencia que a menudo se malinterpreta. Él pregunta qué hombre, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y echa cuentas para ver si tiene lo que necesita para acabarla. Dios te autoriza a echar cuentas. Él te permite sentarte y pensar: «¿Será que me conviene dejarlo todo y seguir a Cristo?». Dios te espera mientras haces tus cálculos.

Pero al hacer esas cuentas, asegúrate de saber con quién estás negociando. Los hombres pueden retirarse de un trato, pero Dios no. La Escritura dice que es bienaventurado el varón que, aunque jure en daño propio, no se echa atrás. Si Dios te pide algo, puedes tener la absoluta certeza de que Él tampoco se echará atrás en Sus promesas.

La fidelidad de dios en la experiencia familiar

Yo tuve seis hijas; una de ellas murió, y crié a cinco. Cualquiera que tenga hijos sabe que eso siempre representa un desafío. Si tienes uno solo, ya piensas mucho antes de tener el segundo porque echas cuentas de lo que implica la crianza. Sin embargo, puedo decir que todos han crecido, han sido educados y nunca les faltó el alimento.

Claro que pasamos dificultades, como todo el mundo. Si sales a la calle y le preguntas a cualquier persona si alguna vez se ha levantado sin dinero, seguramente te dirá que sí. Estar en este mundo implica enfrentar esas realidades, no es algo que solo le pase a los pastores o a los cristianos.

A veces se piensa que los que servimos a Dios estamos exentos de las dificultades económicas, pero la realidad es que estamos en este mundo y este mundo es así. La diferencia no está en la ausencia de problemas, sino en la fuente de nuestra provisión. Yo viví en España como misionero y recuerdo una madrugada en la que me levanté sin un solo peso; de hecho, la verdad es que me había acostado sin nada. Tenía tres niñas que alimentar al día siguiente y no había para el desayuno.

En España, levantarse a las cuatro de la mañana es como estar en plena medianoche. Me desperté con la carga de orar por esa necesidad. Me levanté suavecito para no despertar a las niñas. Al pasar por el cuarto de la mayor, ella hizo un gesto que yo entendí perfectamente: quería que la levantara o armaría el desorden. La llevé conmigo y la senté en una butaca acolchada que tenía allí. Cuando me iba a arrodillar para orar, la niña metió la mano entre el brazo y el asiento de la silla y sacó un billete de mil pesetas. Eso, en aquel tiempo, me alcanzaba para unos quince días de comida. Le dije que metiera la mano otra vez, a ver si encontraba algo más; pero con aquel billete ya era suficiente.

No hay problema tan grande que Dios no pueda alcanzar. Ese es el Dios con el que caminamos. Hay días difíciles, pero tenemos un Dios que cuando ve la dificultad, entiende que le estamos buscando y obra. Para Él no hay obstáculo que no pueda arreglar.

El compromiso voluntario de dios con nosotros

En el ministerio de Jesús, un leproso se le acercó y le dijo algo fundamental: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». No se trataba solo de si Cristo tenía el poder, sino de si tenía la voluntad. Debemos entender que a Dios nadie lo obligó a hacernos promesas. Él es Espíritu; nadie le puso una pistola para decirle que se comprometiera con nosotros. Él solo, por su propia voluntad, decidió comprometerse con su pueblo.

El que no escatimó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?

Romanos 8:32

Si Él ya entregó lo más valioso, ¿cómo se nos ocurre pensar que nos negará lo que necesitamos? Dios puede y Dios quiere. El compromiso es suyo y emana de su propio carácter.

Una fe equilibrada frente a la realidad de la muerte

Sin embargo, necesitamos balancear nuestra fe. A veces tenemos una mentalidad un poco infantil. Dios sana, es cierto, pero también está establecido que los hombres mueran una vez. A veces queremos orar por alguien de cien años como si no tuviera derecho a descansar de este mundo tan difícil. Si un enfermo muere, hay quienes dicen: «No voy más a la iglesia porque Dios no me dio lo que pedí».

Yo he vivido la pérdida de cerca. Mi papá murió cuando yo tenía cinco años; él tenía cincuenta. Mi mamá murió, mi abuela murió, mi nieto murió y mi primera esposa también murió. La gente muere a cualquier edad. No podemos portarnos como niños que hacen una rabieta porque no les dan el helado que querían. A veces solo pensamos en nosotros y no en el proceso que Dios tiene con el que sufre.

A Dios le interesa más tu perfección que tu curación.

Si Él permite que pases por algo que te va a perfeccionar, debes entender que no ignorar las Escrituras y el poder de Dios implica saber que la vida no se termina, solo cambia. A los que nos quedamos aquí nos duele, pero para el que se va, la realidad es otra.

La aflicción y la soberanía en el mundo de los humanos

Dios nos ayuda en este mundo, pero Él fue claro al decir: «En el mundo tendréis aflicción». No podemos quedarnos solo con la mitad del versículo que nos gusta y desechar la otra. Job lo entendió perfectamente cuando cuestionó si recibiríamos solo el bien de Dios y no el mal. Ambas cosas vienen en la misma jornada de la vida.

No es que Dios sea malo o que haya fallado; es que estamos en el mundo de los humanos. Dios no lo diseñó originalmente para que fuera así, pero nosotros lo echamos a perder. A pesar de eso, Dios nos está dando lo mejor que puede en medio de las circunstancias que se presentan. Si me toca partir mañana, ya he dejado todo en orden aquí, porque en el cielo no voy a necesitar nada. Nuestra confianza descansa en que, sea en la vida o en la muerte, estamos en sus manos.

Qué bueno es haber conocido a Dios. Él está comprometido por su palabra y es plenamente capaz de sostener lo que ha dicho en cualquier lugar. Él prometió y él puede cumplir. Tengo la seguridad de que si alguien necesita algo de lo que Dios ha prometido, él lo puede dar, porque además es amplio en perdonar y su deseo es ayudarnos.

La fe como requisito para acercarse a dios

La clave reside en creer, porque el que se acerca a Dios debe hacerlo con fe; esto no es algo opcional. No podemos decir: «Voy a ver si él lo hace y entonces creeré». El principio espiritual nos enseña que es necesario creer antes. Si tenemos un problema que él puede resolver y deseamos que lo haga, debemos estar dispuestos a confiar plenamente en su capacidad.

El que se acerca a Dios debe creer; no es opcional. No es «voy a ver si él me lo hace y entonces creeré»; tienes que creer antes.

Sanidad para las heridas del alma

Dios está dispuesto a ayudar y quiere hacerlo, especialmente cuando hay heridas, porque hay heridas del alma que duelen profundamente. A mí Dios me sanó el alma y, cuando digo eso, lo digo con absoluta verdad. Esos dolores profundos, Dios los sana. Tengo la convicción de que, ante una herida abierta, él derrama aceite fresco para traer sanidad.

Podemos acercarnos a él sin temor y con derecho. No es porque nosotros nos hayamos ganado ese derecho por méritos propios, sino porque Cristo en el Calvario compró el derecho para que todo aquel que quiera venga, se acerque y reciba de Dios.

Predicador y expositor: Álvaro Torres. 

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